Viaje al corazón de la capital Venezolana.¿La ciudad más insegura del mundo o la más estigmatizada? La belleza oculta de Caracas en la mirada de un viajante incansable.
Por Federico Firpo*
Si uno simplemente se dejara llevar por ciertos formadores de opinión se haría difícil comprender las razones a partir de las cuales puede hablarse tan bien o tan mal de determinadas cuestiones, determinados lugares. Es entonces que nos decidimos a caminar los alrededores de esta Caracas tan llena de Historia. La parada que nos marcó el corazón a partir del cual comenzar “la aventura”: Capitolio. Luego de tomarnos el metro (algo así como el subte) desde Chacaito, que costó 4 bolívares (traducido a la moneda de intercambio: medio centavo de dólar aproximadamente), luego de 15 minutos allí arribamos. Como consecuencia de las festividades de carnaval, la plaza Bolívar del centro de Caracas se encontraba llena de niños y niñas disfrazados/as. Niñas rumberas, pequeñas tigresas, maléficas, power rangers, llaneros, etc. Entre los paisajes urbanos colonialistas no podemos dejar de destacar jóvenes y ancianos jugando al dominó, cantando al compás de los cuartetos rancheros y a padres e hijos tirándose papel picado, “amenazando” con la espuma del momo. Tanta diversidad, al interior de varias generaciones conviviendo en el mismo lugar, me hicieron sentir recorriendo un escenario mágico, el cual de a poco me iba alejando de aquella visión temeraria que, lógicamente, provoca caminar por tal ciudad; “la más peligrosa del mundo”. Al punto que, debiera sentirme de las personas más afortunadas luego de haber transitado y curioseando sin llevarme rasguño alguno.
La segunda estación: Bellas Artes. Allí nos esperaban las instalaciones del Museo-Teatro Teresa Carreño. Entre actores de teatro, que ensayaban sus obras en los pasillos, skaters y raperos nos dimos paso hacia el sector de los museos. Habiendo visualizado una serie de cuadros con la figura de Simon Bolivar y mensajes anti-consumo nos sentamos a tomar mate en el bar del edificio, “La Patana”, rodeados por jóvenes artistas, bohemios, todo ambientado con fotos del Che, Silvio Rodriguez y Hugo Chavez.
Otro de los destinos que ofrece la capital es el teleférico. Tras diez minutos de una subida que permite ver bien desde arriba todas las bellezas del valle, en el que posan edificios, plazas y barrios (así es como se le dice a las villas en este país, pero en este caso con la particularidad de ir creciendo montaña arriba, al mejor estilo favela), llegamos al pico del Ávila. De un lado la ciudad, del otro, aunque borrosa, La Guaira (nombre que recibe el océano a la altura del mar caraqueño). A la bajada, como para no despuntar el vicio, tras seguir caminando nos topamos con “El Calvario”: una especie de parque en las alturas al cual se accede a través de una escalera infinita, interminable. Cansados, como consecuencia de siete días caminando sin parar, llegamos a la grata satisfacción de despedirnos de una capital venezolana inigualable, festiva, alegre, llena de encrucijadas, historia, cultura y con una esencia que más allá de ser particular recoge en si aspectos de todas las regiones del país.
Así como, la lectura es una base fundamental de todo aprendizaje y conocimiento, es no menos importante “saber” leer. Es decir que, teniendo en cuenta los intereses que se esconden por detrás de encuestadoras afines a empresas transnacionales, no es casualidad que la ciudad más importante de Venezuela sea, a su vez, la más insegura del mundo.
*Argentino, viajero por los caminos de las Amèricas.
