LA ARGENTINA Y LA TEORÍA DE LOS DOS DE MOÑO

Por Federico Firpo para Ancap

En algún universo paralelo, del cielo porteño típicamente nublado, dos escritores optan por acercarse a la Biblioteca Nacional, uno de ellos Jorge Luis Borges con la esperanza de poder encontrar libro alguno que le propiciase una escritura nacional original, la cual denote a la argentinidad despojada de toda huella española. Por el otro lado, Leopoldo Lugones quien se deja ver sentado, leyendo aventuras gauchescas que le permitan avanzar en esta temática, buscando a partir de ello, algún día de mañana, escribir el libro que encierre al ideal del verdadero argentino. Al encontrarse, estos dos autores, es esto lo que se dirán….

JL- Jorge Luis Borges

LL- Leopoldo Lugones

 

LL- Jorge Luis… ¿Qué tal? ¿Cómo le va?

JL- Leopoldo…tanto tiempo, ¿Cómo anda?

LL- Muy bien por suerte…Dígame hombre ¿Qué anda haciendo?, ¿Qué lo trae por aquí?

JL- Y como usted sabrá soy de recorrer sin fin las bibliotecas…Y usted ¿Por qué razón se encuentra en este lugar?

LL- Ocurre que yo he trabajado aquí y conozco este lugar como la palma de mi mano. Aparte nunca viene mal una ojeada a nuestra literatura. Sobre todo, en un día como hoy

JL- Es cierto… día de sol al campo, día nublado a la biblioteca (risas)

LL- Y en este caso ¿Ha elegido la biblioteca nacional por alguna razón en particular?

JL- La verdad tengo que decirle que me he acercado a este recinto con el profundo deseo de poder encontrar escritura alguna que me permita conocer una lírica argentina auténtica…

LL- Y bueno…Imagino yo que no ha tardado en encontrarla…

JL- Me temo que no, no he podido encontrarme aun con una literatura argentina acabada, mucho menos en su plenitud…pero es esta mi esperanza y por eso sigo aquí…se que seré feliz el día que pueda cumplir este objetivo…pero a la hora de ser realista soy consciente de que es muy probable que no llegue a cumplir con este sueño…no lo sé, usted dirá.

LL- Pero hombre, ¿por qué está usted tan atacado? Si es maravillosa la escritura de nuestro país. Basta con leer las aventuras de cualquier gaucho para poder identificarse con ellas

JL- Puede ser, existe una parte de mí que recibe aun con cariño a nuestra gauchesca. Pero debo aclararle que en este caso solo podría referirme a nuestros mayores, a quienes han escrito desde sus vivencias personales y no a las meras palabrerías de quienes al día de la fecha reivindicando al gaucho no hacen más que entorpecer la visión que se pueda tener de ese espíritu.

LL- Pero… ¿ha leído usted mis escritos respecto del tema?

JL- Imaginará usted que sí lo he hecho.

LL- Y entonces… ¿no ha encontrado inspiración alguna?

JL- Ciertamente no, pero no lo culpo.

LL- Sepa usted disculparme, pero no entiendo su punto ¿me explica?

JL- Le explico. Lamentablemente hemos sido herederos de una lengua que no hace más que llenarnos de palabras, pero al mismo de tiempo de vacíos de contenido. La creencia de que la lengua española es la mejor por tener más palabras nada tiene que ver con la nefasta utilización que se le ha dado a las mismas. Como si se tratara simplemente de una superioridad numérica.

LL- Pero hombre ¿no cree usted que el hecho de tener más palabras nos permite explicar con mayor claridad?

JL- Es que justamente ahí radica mi problema, la utilización sin fin de palabras para explicar cualquier situación no hace más que entorpecer lo que de la imaginación pueda surgir. Me explico; en el afán de redundar constantemente en lo que se relata la escritura pierde su esencia al intentar sacar del lugar el papel de la imaginación. Hoy en día al leer estas meras palabrerías que nos han sido impuestas cierro los ojos y no puedo más que perderme en una nebulosa despojada de todo sentimiento.

LL-Déjeme entender… ¿está usted insinuando que la lectura argentina que yo le proveo a mis lectores es pura mediocridad?

JL – No me ha entendido bien Leopoldo. Lamentablemente no hay genialidad alguna en la literatura española, por el contrario, esta ha sido siempre fastidiosa. Se nos ha aparecido como la mejor y, sin embargo, creo yo que es la más densa; se presenta carente de sentimientos, sin poner en juego la imaginación y despojada también de todo carácter poético. Y es en esa herencia que radica mi problema.

LL- Supongo yo que al ser tan crítico alguna propuesta al respecto tendrá…

JL- Lógicamente, debemos inventar un nuevo orden para nuestra literatura. Salirnos de la mera palabrería; existen ejemplos acabados en Europa a ser tomados en cuenta. Tal es el caso de la escritura francesa. En este sentido reivindico a Sarmiento quien no solo ha comprendido la época que le tocó vivir y la ha escrito tal como la vivió, con el dialecto de sus días, sino que debemos al día de la fecha dar utilidad a sus críticas respecto de la argentinidad que se ha pretendido forjar en nuestro suelo.

LL- Bueno. Veo que por lo menos en algo estamos de acuerdo. Considero al igual que usted lo imprescindible del papel del Sarmiento.

JL- Pero por favor, no creerá usted que yo me dejaré envolver por su prédica…por favor Leopoldo, no se confunda.

LL- Permítame decirle que de algún modo estoy empezando a incomodarme. Veo en usted todo el tiempo aires de superioridad y una soberbia que lo hacen creer depositario de la verdad. Le he dicho que estoy de acuerdo con usted respecto de Sarmiento y no hace más que responderme insultantemente.

JL- Bueno, por lo que veo su falsa modestia no hace más que poner en evidencia su mediocridad. ¿Ha leído usted sus obras? Porque yo sí lo he hecho y sinceramente creo que su afán de generar ídolos no ha hecho más que poner en el mismo a lugar a figuras tales como Domingo Sarmiento y León Trotski si entiende usted a lo que me refiero. De ningún modo podría identificarme con su manera de escribir ni siquiera cuando tratando de hacerse llamar poeta implementa rima alguna. Porque déjeme decirle que también le he encontrado rimas totalmente absurdas que lo único que me permiten pensar es que tiene usted una terrible necesidad simplemente por llenar espacios en blanco. Pero créame usted que no lo culpo porque es usted una de las víctimas de la esencia que nos ha sido dejada como legado…

LL-Es usted un sinvergüenza, más debería de estarme totalmente agradecido. Haré caso omiso a toda su sed de arrogancia. Ni usted ni nadie podrá sacarme del vuelo que por mis propios medios he adquirido.

Lugones enfurecido por las críticas que Borges le propiciará y en una mezcla de impotencia y de nervios responderá con una trompada en la cara de Jorge Luís. En medio de esta situación ambos caerán al piso. Borges se dará el rostro contra el suelo y Lugones se desmayará en medio del ataque de nervios. Luego de este episodio los dos serán internados. Al cabo de una semana, Lugones fallecería como producto de un ataque al corazón mientras que Borges saldría del hospital en condición de no vidente. De ahí en adelante, se lo recordará a Lugones como un personaje autoritario y a duras penas se lo nombrará en lo que a los términos de la argentinidad respecta. Borges, por su parte, aparecerá en programas de radio y televisión exponiendo que el hecho de haberse quedado ciego le ha permitido imaginar con claridad el mundo de sus sueños. Años después, sin embargo, Jorge Luís fallecerá… sin haber podido ser feliz.

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