DE RECETAS Y DICTADURAS

Por Carlos Pagés

Dibujo Martín vera

Habíamos entrado al teatro conversando y riendo. La platea estaba casi llena. Nos llamó la atención que el telón estuviera bajo y no se viera el escenario y los instrumentos.

Recién terminábamos de acomodarnos en el asiento cuando se escuchó un megáfono que desde afuera del teatro aullaba: «Policía ordena desalojar la sala de inmediato». Nos miramos entre nosotros, miramos alrededor, nadie se movió. Un instante después el aullido fue mucho más explícito: «Policía ordena desalojar la sala de inmediato o será desalojada por la fuerza».

Empezamos a salir en fila india. Cuando llegamos al lobby nos separaron en hileras de varones y mujeres. Antes de llegar a la puerta, un cana pedía documentos mientras otros dos cacheaban y revisaban bolsillos y morrales. No recuerdo si había mujeres policías en esa época, pero de haberlas no participaban de operativos: a las minas también las manoseaban dos tipos. Cada tanto, sin que se entendiera muy bien por qué, separaban a alguien y a patadas en el culo lo hacían subir al camión celular.

«Documentos» me gritó en la cara el cana de marras. Todavía puedo sentir su saliva impactando en mi rostro. Le dí el DNI. Los otros dos me revisaron y por supuesto no encontraron nada, apenas la guita para volver a casa. A fuerza de golpes uno aprende a vivir en dictadura y sabe que cuanto menos se lleve encima, mejor. Después de manosearme un rato me devolvieron el documento y me hicieron salir.

Mientras esperaba a mis amigos veo que paran al flaco que estaba detrás mío en la fila. El tipo tenía un aspecto mucho más legal que yo, que en ese entonces tenía el cabello por la mitad de la espalda y no vestía precisamente de manera formal. Pelo corto, saco, prolijo, el flaco parecía un oficinista. Repiten con él la rutina hasta que uno de los manoseadores encuentra un papel en el bolsillo interno de su saco. El cana que pedía documentos lo abre, lo lee y agitándoselo frente a la cara le escupe: «¿Qué es esto?». Con cara de nada, el flaco le dice: «Es la receta de un pan de salvado. ¿Ve? Harina, levadur…» No terminó de decir la palabra que los dos revisadores lo agarraron y cagándolo a patadas en el culo lo subieron al camión.

No hay día que amase pan en el que no me acuerde de él.

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