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A PROPÓSITO DE «TOCAR FONDO»

Por Alberto Lezin

Imágen Martin Vera

El «Presidente» Javier Milei afirmó hace unos días, en entrevista transmitida por Radio Rivadavia, que entre los meses de marzo y abril, según los cálculos del FMI, la economía argentina va a «tocar fondo». La subterranea metáfora, eufemismo para decir que la calidad de vida de millones de habitantes de nuestro país decenderá hasta el límite de lo soportable, hace recordar a lo dicho por la ex Vicepresidenta Gabriela Michetti cuando, cumpliendo con su parte del trabajo de despojo y en un rapto de dudosa inspiración, vaticinaba la «luz al final del túnel». Siguiendo esta linea estética de profundidades diremos que, neoliberalismo de por medio, la sociedad argentina está asistiendo a su propio entierro.
Es que el deterioro ético y moral sufrido por el conjunto del pueblo argentino, cuya responsabilidad les cabe principalmente a quienes estuvieron al frente del Poder Ejecutivo (al menos desde los años ´70), es consecuencia de una involución cultural condicionada por las políticas planificadas en los centros de poder real y aplicadas inmisericórdemente sobre una población cuyo tejido social no pudo recomponerse tras el desgarramiento provocado por la sanginaria dictadura cívico-militar instaurada en 1976.
El Holocausto socio-económico/ecológico-cultural desatado nos sumerge hoy en abismos insondables y alcanza su climax con un 57% de pobreza, un 254% de inflación interanual, hambre y miseria en los barrios populares, incremento escalofriante de la inseguridad, desfinanciamiento en investigación, salud y educación, profundización del extractivismo a manos de empresas extranjeras, persecución y represión de toda forma de oposición, cancelación y estigmatización de expresiones culturales disidentes, exacerbación del individualismo operada a través de la industria del entretenimiento, desubjetivación de las personas por medio de la saturación de estímulos informativos distractivos, todo lo cual se traduce en la pauperización de los vínculos societarios y en el descenso de los niveles de empatía necesarios para proyectar la exhumación de un pueblo al que, en su marasmo, pretenden enterrar vivo.
En tanto se produce el soterramiento, los sepultureros ya están hechando tierra sobre la víctimas. Al borde de la fosa común se regocijan la Barrick Gold; Mekorot; Livent y Sales; Chevron; COFCO y toda la cohorte de chupasangres convocados por los sucecivos gobiernos, cuyo corolario es Milei, para asistir al funeral de la sociedad argentina tal cual la hemos conocido hasta ahora y de la cual «se prueban la ropa» mientras ésta, dando batalla aun, se retuerce en estertores de protesta.
El coro de plañideras, hipócritas participes necesarios del genocidio cultural, emulan a Boabdil cuando perdió Granada y, notálgicos tuertos, se razgan las vestiduras mientras asisten impávidos a las dispersiones de sus séquitos de ciegos.
Pero lo que no saben los enterradores es que toda la descomposición que se genere cuando acaben su faena, producirá el abono del que se nutrirán los nuevos «arboles de conocimiento», cuyos frutos alimentarán los espíritus de la generación que desatará la redentora revolución social que inexorablemente se avecina.

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