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Reflexiones sobre Identidad, género y poder:

Por Dario Vallejos.

Nota de autor: El siguiente artículo se compone con base en diferentes entrevistas realizadas, con previa investigación sobre los temas abordados, tomando varios testimonios para enriquecer el texto y la lectura. Agradezco el tiempo compartido y aprecio cada palabra, argumento y opinión dicha.

Butler sostiene que el género es una construcción social y cultural, y que se realiza a través de actos repetitivos y performativos, y que no es algo que se «tiene o se es», tampoco es algo con lo cual se nace, sino algo que se hace, se construye, se interpreta y se practica continuamente. Nuestros actos, como el levantarnos todos los días y desayunar, tomar el transporte público para ir a trabajar o estudiar, realizar actividades deportivas, entre otras, son parte de nuestra identidad y nos construyen (y deconstruyen) en la lógica binaria establecida y socialmente aceptada desde que el ser humano se interiorizó en la práctica dogmática eclesiástica.

En esta lógica del capitalismo, los seres humanos estamos condicionados a meros estropajos de producción. Somos reducidos en ser y esencia, algo que Hegel plantea en el rol del «Amo y Esclavo» (Fenomenología del espíritu, 1807). El amo busca afirmar su propia identidad a través de la dominación sobre el esclavo, mientras que el esclavo se constituye a sí mismo a través de su trabajo y resistencia a la opresión del amo. Es decir, el amo será amo siempre y en cuanto tenga al esclavo a su merced, mientras que el esclavo lo seguirá siendo mientras mantenga el rol sumiso frente a la autoridad. Sin embargo, el esclavo, al ser sometido, violentado, explotado y obligado a trabajar, desarrolla una conciencia de sí mismo como individuo que puede resistir y superar la opresión. A través de este proceso, el esclavo alcanza una forma de autoconciencia que no depende del reconocimiento del amo.

La vulnerabilidad de los cuerpos, que el capitalismo considera de producción, nos retrotrae a todo tipo de explotación física y mental. Sin embargo, las exigencias que el mismo sistema plantea no son las mismas entre hombres y mujeres. Las normas de género y los roles tradicionales asignados a hombres y mujeres perpetúan estas desigualdades. Para muchas personas, sin embargo, esto no es así.

Dentro de la sociedad, sobre todo las latinoamericanas, el sistema patriarcal sigue siendo predominante en cuanto a la formación identitaria. Es por eso que aún se escuchan ecos de voces que mencionan que los grandes avances del feminismo deberían ser considerados aceptados y no se debería seguir la lucha. Este reduccionismo que el sistema patriarcal denota se asemeja a la violencia moral que plantea Rita Segato, a la cual, cito textualmente: «denomina el conjunto de mecanismos legitimados por la costumbre para garantizar el mantenimiento de los estatus relativos entre los términos de género» (Segato Rita, Las estructuras elementales de la violencia, 2003. Pág: 107.) Nota del autor: Sugiero profundizar en la lectura de Segato, que trae grandes debates.

Existe entonces, un plus adicional que los cuerpos de las mujeres enfrentan a diario y que no solo recaen bajo las alas del capitalismo, sino que el rol patriarcal del estado puede actuar como un instrumento para perpetuar y reforzar las estructuras de poder buscando incluso derogar leyes, como la de la IVE (interrupción voluntaria y legal del embarazo y a la atención postaborto de todas las personas con capacidad de gestar), la cual en ciertas sociedades ha sido símbolo de lucha y de construcción de una identidad colectiva. Y, no hay nada más totalitario que la pérdida de identidad.

Por otro lado, es peligroso comprender la animosidad y la victoria de las luchas como una meta alcanzada y satisfactoria, cuando las estadísticas a nivel mundial arrojan que si bien hoy en día, por ejemplo, existen cargos jerárquicos tomados por mujeres en rasgos generales, si ese mismo trabajo lo realiza un hombre, este mismo ganará entre un 25% a 36% más por la misma labor. Esta problemática no es actual, ya que hace tres cuartos de siglo Simone de Beauvoir en su obra «El segundo sexo», 1949, argumenta que el trabajo remunerado y valorado socialmente ha sido reservado principalmente para los hombres.

Esta reflexión invita a cuestionar las estructuras de poder que sustentan nuestras identidades y roles en la sociedad. ¿Hasta qué punto estamos conscientes de que los actos repetitivos contribuyen a la construcción de nuestra identidad? Sumado a esto, lad Ientificación del ejercicio del poder que ejercen los regímenes capitalistas sigue demostrando la falta de equidad entre hombres y mujeres (sin hablar aún de los transfeminismos, para loc ual recomiendo como lectura obligatoria «Whipping Girl: A Transsexual Woman on Sexisma nd the Scapegoating of Femininity» de Julia Serano).

Por último, y citando a una gran compañera de facultad y colega Jime Laurente: «El capitalismo es el orden social que necesita al Patriarcado como un sistema que ordena las estructuras de poder», y menciona el feminismo como eje troncal contra hegemónico que acciona y combate el sistema patriarcal, convocando a la acción y la lucha de los derechos de las minorías que combaten el capital, donde las relaciones se basan en las estructuras de poder que pueden romperse

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