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DIEGO Y NORA

Por Lucas Décima

Foto de tapa Karina Diaz

Durante años lloré la muerte de Maradona, mientras Diego todavía vivía repartiendo gambetas y declaraciones igual de rotundas. Imaginaba su sepelio con millones en las calles, convertidas en un velatorio majestuoso bajo un cielo enlutado. Y me angustiaba en esos pensamientos una y otra vez hasta que llegó el 25 de noviembre de 2020 con la muerte tan mundana, desabrida e injusta para con un icono social tan poderoso. Y ese día no lloré, ni transité el camino tantas veces imaginado junto a la procesión popular, ni practiqué ritual romántico alguno de despedida. No estaba preparado para esa forma de morirse tan real, que defraudó mis ínfulas de analista con hipótesis de tsunami sociocultural. Y de paso la falta de autoorganización popular, y la mala organización gubernamental, me dejaron sin aluvión zoológico, de esos que pasan a los libros de historia y que no tuvimos (hasta el posterior mundial ganado por Messi, Di maría y Dibu) los nacidos en los 80. El baño de realidad nos enrostró que Maradona simplemente se murió, llevado de la mano dócil por dirigentes político-deportivos que lucraban con su presencia en eventos, y livianamente abandonado por quienes debían custodiar a la joya.

Y hoy todo fue al revés, porque nos dejó Nora Cortiñas, otra figura utópica que había alcanzado en vida la estatura de revolucionaria, en tiempos de posmodernidad y neoliberalismo. Norita agitando por un mundo mejor era la historia parada arriba del fin de la historia. Hace rato que era todo lo bueno de este mundo, al punto de cerrar los debates sobre política cuando no se llegaba a un acuerdo con la frase “fijate dónde está Nora Cortiñas, y ahí tenemos que estar”. Quizás por eso pensé que nunca se iba a morir, y jamás visualicé el dolor colectivo e individual que íbamos a transitar, que estamos transitando, porque esta vez sí que golpeó la partida y las piernas no responden mientras los segundos son eternos. Norita nos dejó huérfanos y por quien sabe cuánto tiempo nos sentiremos al borde del knock out.

Las calles que siempre llenó de lucha sienten pasos, los míos, desorientados y tristes haciendo el duelo que creían ya imposible.

El altar que preparé para el ídolo popular ahora lo uso para la ídola revolucionaria, y pienso en el festín que se haría Pablo Alabarces con mi derrotero de morocho del conurbano que ingresa a la universidad pública con el Diego tatuado en el ser y sale cambiado por uno que intelectualiza su amor y lo convierte en deber ser psichovolche y admiración burguesa por los íconos de los derechos humanos (esa misma que hoy expresan en sus redes sociales calañas de la talla de ex presidentes y partidos políticos antipopulares). O quizás Norita, por estar en todas las villas, fábricas, universidades, conurbanos y centros clandestinos agregó un eslabón en la cadena de la historia de las resistencias cuando parecía que ya todo era presente y desmemoria.

Unió la desobediencia embarrada del Diego con el pañuelo verde de las pibas y el grito de les pibis para que todos veamos que la lucha siempre sigue. Eso, lloramos hoy porque tenemos por qué llorar. No es poco ejemplo.

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