Por Alberto Lezin
En la entrega anterior de este trabajo presentamos a Paula y Tomás, Docentes de Filosofía egresadxs de la UBA, y narramos lo que nos relataron acerca de los motivos que les llevaron a encarar un recorrido de casi 25.000 kilómetros que los condujo por la Pampa seca, Patagonia, Cuyo, Chaco, Litoral y «Zona Nucleo» de nuestro país, en busca de experiencias concretas de bioconstrucción y producciónes agroecológicas. En aquella maratónica entrevista que tuvimos oportunidad de hacerles, nos pusimos al corriente también de los primeros destinos a los que arrivaron y conocimos por sus palabras a algunas personas y agrupaciones sociales que, desde su anónima cotidianeidad, forjan mejores mundos posibles.
En ancas de sus dichos fuimos desde la Ciudad de Buenos Aires hasta la Costa Atlántica del sur de la provincia. De allí a la Patagonia, pasando por Mallín Ahogado, Esquel, Trevelin y Villa La Angostura, donde nos quedamos en lo que ellxs mencionaron como una «experiencia bisagra». Y es que en ese lugar pudieron conocer la labor de algunas organizaciones que forman parte de la inmensa red de grupos activos que, diseminados a lo largo y ancho del territorio nacional, buscan trascender las lógicas del sistema.
DE LIBROS, MUSEOS y CRIANCEROS
Fuertemente pertrechadxs para la batalla cultural con títulos como «los cuatro peronismos», «La sociedad excluyente», «La segunda venida», «El fin del capitalismo», «En medio de Spinoza», «Restos pampeanos», «Cuentos de la selva» o «Cuentos de amor, locura y de muerte», aun en suelo neuquino, en San Martín de los Andes decidieron contrastar sus impresiones acerca de la mirada «progresista» sobre los Pueblos Originarios y sumaron a su itinerario una sistemática recorrida por los museos que encontraran en el devenir de su viaje. Sobre estas instituciones, Tomás adelanta que «Cada museo tiene su propia impronta, su propia lucha, pero nos sirvieron para hacer nuestro mapa con diferentes elementos; en el territorio con la gente y desde la parte oficial que se dicen los museos» y Paula agrega que «hay museos que se contradicen, incluso dentro del mismo museo».
Como disgresión, nos cuentan que en Aluminé supieron del primer Hospital Intercultural de la región, lugar en el que se practica la medicina ancestral junto a la académica y pudieron recorrer el museo de la ciudad, cuya anfitriona les pareció «una genia».
Para Paula esta parte del viaje dió lugar a una serie de reflexiones sobre su identidad cultural, ya que este tipo de experiencias con la Historia la llevaron a replantearse su pertenencia a la nacionalidad argentina, y nos dice que «ahí empiezo a pensar, bueno ¿yo me reconozco argentina?, porque a mí el sentimiento de la patria nunca me movió demasiado. Y por ahí hay gente que te dice yo soy argentino porque…, no sé, la camiseta…, el mate… y yo me reconozco argentina, pero no sabía bien por qué, y empecé a sentirme argentina por algo de la historia de los territorios y para eso necesitaba conocerla y entender el proceso de conformación del Estado Nación, que hoy decimos que tiene doscientos años pero que, así como lo conocemos, tiene muchísimo menos.»
Dejando atrás las tierras de Sayhueque, se adentraron en territorio mendocino. Tomás nos cuenta que «en Malargüe, en el museo entrabas a una sala en la que había fósiles de dinosaurios, porque allí se encontraron muchos restos, y en la misma sala donde había un dinosaurio que se había extinguido hace millones de años estaban los Mapuche, queriendo significar la extinción de ese pueblo. Nosotros veníamos observando las caras de los pobladores y reconocíamos los rasgos de los rostros que claramente eran Mapuche, las pintadas en la paredes con alguna consigna de ese pueblo». «Los nombres de los lugares -interviene Paula-. Veníamos de Chos Malal que significa Corral amarillo, llegamos a Malal Hue, que quere decir Corral de piedra y claramente la lengua nos estaba diciendo que ahí habitaban Mapuches, todo estaba gritando !Acá estamos¡». Tomás prosigue «entonces le preguntamos a la piba del museo si ahí había gente Mapuche, a lo que nos repondió nó, nó, acá no hay Mapuches. Fin de la discución» y Paula remata con que «justo la semana anterior el Congreso mendocino había declarado a los Mapuche como Pueblos Originarios No Argentinos».
Hilando esta invisibilización oficial con su experiencia cotidiana, la cual les demostraba a cada paso la supervivencia de prácticas culturales ancestrales, Tomás nos relata que «en la ruta, en Chos Malal, ahí conocimos a los crianceros o puesteros, como les dicen, que es gente que vive al estilo nómade, seis meses en un lugar y seis meses en otro. Se los veía en la ruta, en abril, que es justo cuando bajan y vienen con todas sus cabras y, derrepente, te los cruzás y ves cabras, cabras, cabras, cabras ,cabras, cabras, bajando para la invernada. La dinámica que tienen es subir en agosto-septiembre, cuando ya empieza el deshielo y está todo verde, llevando las cabras a comer y bajan en abril, como última fecha, porque se empieza a congelar todo». Paula enfatiza que «ahora la tienen complicada porque, por lo que entendimos, las rutas están hechas sobre sus caminos» y Tomás aclara que «sobre los caminos de los Pueblos Originarios están hechas todas las rutas (…), aprovechando todos los conocimientos geográficos o telúricos de los pueblos que ya tenían el caminito hecho (…) y les empieza a pasar eso de que el alambrado y la ruta los empujan a dejar esa actividad, porque ya no tienen caminos para ir, o porque no los dejan pasar, o… porque andar por las rutas les resulta muy peligroso».
ADENTRÁNDOSE EN CUYO
Como llamadxs por vaya a saber qué voz de la energía universal, nuestrxs viajerxs fueron adentrándose en territorio Huarpe al tiempo que aguzaban sus sentidos con cada experiencia. En esa acelerada evolución hacia mayores grados de consciencia que les proponía todo lo vivido, dieron en Mendoza, cerca del Valle de Uco, con las primeras organizaciones campesinas que tuvieron oportunidad de conocer en su derrotero. Ambxs reconstruyen en la charla algunas características de la UST, perteneciente al Movimiento Nacional Campesino Indígena Vía Campesina y «Crece Desde El Pie». Nos hablan de «las banderas» que estas organizaciones enarbolan. Agroecología y Soberanía Alimentaria, Recuperación de Tierras Improductivas y Cuidado del Agua, se entrecruzan en el relato como consignas de trabajo de estos nucleamientos. Sobre «Crece Desde el Pie», Paula rememora que «son una organización de productores y también tienen distintas cooperativas… Ahora, desde el año pasado, armaron una radio y van haciendo diferentes cosas… Tienen un local, también». Tómás suma que «esa fue la primera vez que nos cruzamos con una organización campesina, una organización de productores, una organización más comunitaria y eso también fue un momento medio bisagra del viaje, porque empezamos a encontrar cosas más vinculadas a lo social y con otra mirada de las cosas». «La UST -dice Paula- tiene esa bandera de gente que por algún motivo no tiene acceso al territorio y se ponen a trabajar sobre un terreno improductivo con el fin de volverlo productivo y subsistir en ese terreno».
Prosiguiendo la charla Tomás nos ilustra sobre las acciones, en términos legales, que las organizaciones encaran con respecto a la propiedad y el uso de la tierra, observando que «es muy dificil legislar cosas comunales, porque, por ejemplo, hay posesión comunal (no propiedad), pero la organización tiene que estar encuadrada en formatos mas jerárquicos, como cooperativas, con su presidente, su tesorero y todo eso (…). Entonces, lo que la organización propone es hacer un registro de todas las tierras improductivas para presentárselo al Gobierno Municipal o al Provincial y decirles, che, está todo esto acá ¿qué hacemos?. Y eso es re interesante, porque es una propuesta bien pacífica (…) es como un mapeo, en principio para saber qué tenemos y qué no tenemos». Y Paula aporta que » hay demasiada especulación inmobiliaria. En cada región vos tenés extractivismos, monocultivos de alguna cosa que también hacen su daño, pero también están las tierras improductivas», que -agrega este cronista- en manos de especuladores son negadas a quienes las necesitan para producir y vivir.
Dejando Tunuyán, llegaron a Tupungato donde observaron la dificil situación por la que atraviesan los ganaderos trashumantes de la zona. Tomás nos dice que «allí conocimos a los que llaman puesteros, que a muchos esa palabra no les gusta por significa que alguien los puso donde están. Entonces en general los puesteros no son dueños de las tierras, son peones de campo y tienen el puesto y cuidan o tienen su producción, pero el campo es de otra persona». «Hay muchos a los que esa palabra les resulta ofensiva -interviene Paula- y se dicen crianceros y hay otros que no, que se reconocen como puesteros». «Tambien -prosigue Tomás- se da eso de que el puestero está en el campo y le tiene que pagar al dueño para estar, cuando lo lógico sería que al puestero se le pague por cuidar el campo (…). Entonces hay muchos que están pensando en irse para el pueblo y poner un kiosquito, por lo que las organizaciones campesinas están poniendo esfuerzos en hacerles entender que la tierra vale, la tierra produce y con la tierra somos mas soberanos».
UNA MIRADA SOBRE LAS INSTITUCIONES
Tras haber interactuado con las primeras organizaciones campesinas, visitaron otros emprendimientos privados y observaron algunos llamativos manejos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Paula recuerda que «En Mendoza también estuvimos en otros espacios de voluntariado. En Lavalle conocimos un chico que había conseguido un terreno medio barato, porque tenía como cuatrocientos olivos abandonados, que nos cuenta que llamó a los del INTA para pedirles una mano ya que tenía muchos olivos muy enfermos y el INTA le dijo no, esto no tiene solución, aconsejándole que utilice no sé qué veneno. Entonces él dijo no, yo no quiero hacer eso, y de a poquito los va recuperando». Tomás agrega que «ahí empezamos a conocer como funcionan algunas instituciones, aunque no todas se manejan igual. En ese caso le dieron una mano, pero la solución que ofrecen, que es un poco también lo que se estudia en las universidades, es una solución agrotécnica e industrial, con óptica occidental, industrial y venenosa. Vienen con todo el kit y le dicen no, esto hay que matarlo todo, hay que echar veneno y entonces él se plantó y de a poco los va recuperando. Fue investigando pero también se empezó a acercar a la gente que está en el territorio y conoce la tierra hace un tiempo, para aprender ciertas cosas». Paula reflexiona que «las instituciones que fuimos conociendo tienen la ambivalencia de cualquier institución. Hay lugares en los que gracias al apoyo del INTA, por ejemplo, se arman cosas espectaculares y hay lugares en los que te pasa esto. Lo mismo nos pasó con las iglesias. Existen iglesias de las que vos decís ummm ¿qué están diciendo? y hay otras que gracias a la intervención de algún cura se posibilitó un espacio de encuentro para que la gente empiece a conversar de algunas cosas».
Dejaremos aquí la narración de tan valiosa experiencia para darnos tiempo a asimilar lo generósamente transmitido por nuestrxs viajerxs. En próximas entregas reproduciremos algo mas de lo conversado, en la convicción de que este aporte no caerá en saco roto.

