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Un poema de amor, de Pepe Mujica.

Por Melina Sánchez 

Arte de tapa Martin Vera 

 

¿Un político con más poesía que la suya? Un ex guerrillero devenido en un viejo que cultivaba flores, eso es sublime, pero si pensamos que el viejo es además un presidente, y que cultivó flores desde joven, lo es aún más. 

 

Cualquier acción que se recuerde suya o anécdota que vaya a decirse sobre él, vendrá, entonces, de alguna manera, acompañada de esta poética.

En literatura, o incluso en filosofía _ esta última, disciplina que abierta, pública y militantemente practicaba Mujica_, se le llama poética, un poco a la síntesis de la obra del autor, aquello que lo enuncia y hace alusión a su universo en breves palabras, una síntesis de palabras que codifica su lenguaje y aparece muchas veces velado para quienes no quieran o no puedan verlo, y en cambio, se ofrece como una lectura en otra clave para quienes buceen en las profundidades del significado.

Mujica ha tenido literalmente miles de intervenciones discursivas, en su país, en el extranjero, para con sus camaradas, para con su pueblo, para con los jóvenes, para con sus pares latinoamericanos, para con las izquierdas…

Y en la mayoría de ellas, han quedado para siempre, sus frases como regalos de una pedagogía de la coherencia y del humanismo como pocos contemporáneos nos han dado.

Pero de entre las últimas palabras suyas que han dado vuelta, estas en particular, que dice en el discurso que da a su pueblo, como presidente saliente se cargan de significado una vez más, ante su paso a la eternidad:

 

No me voy,

estoy llegando,

me iré con el último aliento,

y donde esté,

estaré por tí,

estaré contigo.

Porque esa es la forma superior de estar con la vida.

 

Me parece este un poema de amor supremo, disculpen si suena cursi, no me gustan los poemas de amor, pero me gusta este.

Es a la vez un discurso a su pueblo, como si fueran las palabras de un padre o de un abuelo. Es también un recitado, tiene esa cadencia, y forma de versos con ritmo. Hay en él repeticiones y aliteraciones. Ahora bien, lo más interesante, me parece el tono familiar con que construye ese poema que justamente lo es por esto mismo: la versificación, la cadencia, el tono de recitado, el juego entre el yo y el tú _tan propio de la oralidad uruguaya_. Personifica a todo un pueblo en esa segunda persona, el «tí», el «contigo», y lo que sucede con eso es que la segunda persona puede ser tantos, carga tan bien con la potencia del poder de ser todos, todas, todes, niños, jóvenes, camaradas, esposa, a su vez hijos y nietos, que aunque el autor no los tuvo biológicos, sí como legado histórico en los militantes políticos. Y es en esas palabras de Mujica a su pueblo que retoma un compromiso trascendental; quizás por eso algunos lo han llamado «Padre»: el de no dejarlos… no dejarlos huérfanos.

La aparición de la segunda persona en el que aquí llamamos poema, es por otro lado, sorpresiva. El verso «estaré por tí» llega al discurso _»este poema», como hemos dicho, es parte del discurso que Pepe da frente al pueblo uruguayo cuando deja la presidencia en 2015, anunciando una tarea que no se acaba con su mandato, y sellando el compromiso una vez más_; primero el verso parece equívoco, ese «tí» refuerza la presencia del destinatario del discurso: «el pueblo», «pueblo querido», pero además le otorga así, carácter de persona, le da al discurso un contexto íntimo. Luego Pepe suma dos versos más, el último es la explicación filosófica de todo lo anterior, la síntesis. El segundo verso que suma es «estaré contigo» y ambos versos van acompañados de un dedo del presidente con el cual señala _no para incriminar nada, como casi siempre suelen usarse los señalamientos, sino para que el pueblo sepa que a él/a todos ellos, es que les está hablando, a los oyentes, al pueblo que lo escucha_. En el último verso largo no queda más dudas, el «tí» y el «contigo» forman parte de una promesa que el presidente hace, y de un legado humanista, socialista. Les habla como un padre a un hijo sobre ese fin, que por estos días ya no es el fin de su presidencia sino su muerte. Pero a esa muerte la mira en términos trascendentes, inclusive desde una mirada ecológica, o «panteísta» como ha dicho uno de sus biógrafos. Si a la muerte física la acompaña la memoria y la correspondencia política _y filosófica_ de otros, es legado, es multiplicación de la vida. Y es que, Pepe no creía en Dios, pero sí creía en la tierra, en la capacidad de la vida de dar más vida.

En tiempos donde los grandes liderazgos parecen conducidos por dirigentes de extraños movimientos postpostmodernos con poca capacidad para la empatía, ya no solo con el pueblo, sino incluso con su propia descendencia, y preparados más para viajar a Marte que para abrazar a quienes finalmente les otorgan la confianza de llegar al poder, Mujica retomó una fórmula antigua, que talvez tenga todavía mucho para decir: la del líder que tiene como origen el pueblo, se espeja en él, camina a la par, confía en él y regresa a ese mismo punto a la vuelta de la vida.

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