TRABAS DE LA FRONTERA

Una crónica sobre los pasos fronterizos, las limitaciones, los compromisos políticos y la intervención militar del imperialismo. Por Federico Firpo

Cuando uno va viajando por nuevos destinos, cargando la mochila en las espaldas y de a pie, las situaciones más incómodas pueden darse en los pasos fronterizos. Papeles a llenar, guardias y policías celosamente revisando las pertenencias, miradas amenazantes y en algunos casos preguntas incómodas. No es la gran cosa en realidad, de hecho suele durar no más que un instante. Perro que ladra no muerde. En tanto uno no muestre miedo, ni nervios termina por salir como entró. Transitando los pagos venezolanos con mi novia (originaria de la patria bolivariana), allá por marzo de este año, uno de nuestros tantos amigos viajeros argentinos, Rodrigo, nos escribió para contarnos que había pasado sin ningún problema la frontera Táchira-Cúcuta (Venezuela-Colombia, respectivamente), cosa que nos puso muy contentos porque se hablaba de conflictos de intereses entre los gobiernos de ambos países y de una frontera cerrada. De todos modos, entre estas naciones, existen dos pasos (el anteriormente citado por la experiencia de Rodrigo y el otro que separa a Maracaibo de Maicao, más precisamente a Colombia de Venezuela). Un día antes, dos viejos hippies margariteños (oriundos de la Isla Margarita) nos avisaron que de cruzar a Colombia no lo hiciéramos por vía Maracaibo. Con esta historia, se nos sumaba también la de Brian, otro argentino, que nos contó que le habían cobrado una especie de peaje por pasar desde este último lugar, con lo cual nos advirtió también que crucemos desde Táchira. Llegados a esta ciudad, nos encontramos con que ella, Paula, por ser venezolana no puede cruzar hacia Cúcuta, con lo cual tuvimos que encarar directamente hacia Brasil, país con el cual no se encuentran frenos fronterizos.

13692731_748386928598434_9168985962496333999_nLa problemática ligada al cruce de uno de estos países hacia el otro y viceversa no es nueva. Una década atrás, aproximadamente, cruzaban a Colombia con el fin de comprar los productos que resultaban, al cambio, a precios regalados para los venezolanos. Los últimos años sucedió exactamente lo mismo pero a la inversa, en lo que los venezolanos llamaban el bachaqueo de los colombianos, quienes cruzaban para llevarse no solo los productos que después habrían de vender en Colombia a precios diez veces más caros, sino también la nafta que resulta extremadamente barata si uno la compra del otro lado (Venezuela). De todas maneras, podemos afirmar que el caso del cierre de las fronteras entre Venezuela y Colombia reviste una serie de particularidades, que requieren para su análisis una mirada puesta de cara a determinados fenómenos alternos, más allá del aprovechamiento y los celos en torno a costes relativos de ciertos productos, cuestiones de tinte político más bien.

La militarización con bases estadounidenses en Sudamérica ya no sorprende y en los términos de esta materia podemos decir que los gobiernos colombianos y paraguayos son los que mejor han hecho los deberes. Con la excusa de frenar el narcotráfico la CIA se ha puesto a disposición de acompañar la instalación de bases armadas en estos países, las fronteras de Colombia no están exentas de mostrar esta realidad. Algo morboso si se quiere, teniendo en cuenta que Estados Unidos es el mayor consumidor de cocaína, que Colombia ha sido su mejor vendedor y que los negocios entre ambos países han sido de los más pudientes, hablamos del movimiento miles de millones de dólares, en un mundo que se mueve, valga la redundancia, a través del dinero. En este contexto, Venezuela viene a pararse de manos al mejor estilo rebelde, entendiendo que lo que ocurre en su patria vecina responde a la lógica de invasión imperialista y que de ningún modo ha de permitir que eso suceda para sí.

13782169_748386701931790_572068105830417734_nLas mismas diferencias que separan a Estados Unidos de Cuba reencarnan hoy entre Colombia y Venezuela desparramando para afuera consignas básicamente similares. Estos dos últimos países, históricamente hermanados en lo que supiera ser la Gran Colombia, se encuentran a la fecha distanciados al interior de disputas propias de un gobierno, por un lado, pro yanqui y otro, en plena dialéctica revolucionaria. Sucede que, este último 9 de Julio, se volvió a abrir la frontera por primera vez en 11 meses. Lo cierto es que, de la misma forma que quienes logran desertar de la isla caribeña socialista por excelencia (Cuba), son perversamente recibidos y abrazados, por aquella patria (Estados Unidos) que desde hace casi seis décadas, caprichosa y arbitrariamente, ha determinado un bloqueo incesante, respecto de un país aislado, despojado de todo tipo de intercambio, podemos visualizar aquí una suerte de aprensión y cálida recepción de quienes al otro lado de la frontera los reciben con micros adornados con mensajes tales como: Bienvenidos a Colombia hermanos venezolanos. Ocultando en medio de una maniobra hipócritamente maliciosa y manipuladora, el verdadero mensaje que se pretende dar: que los países alineados con el gobierno de Estados Unidos reciben hermanadamente a las víctimas de regímenes adversarios, buscando contraponer a la libertad respecto del sometimiento. No parecieran ser tan comprensivos a juzgar por los precios abultados, aprovechando la desesperación de quienes cruzan en la búsqueda de productos que no consiguen en sus tierras. La relación Colombia-Venezuela, evidenciada en los márgenes limítrofes de sus respectivas fronteras (Maracaibo-Maicao y Táchira.-Cúcuta) no se encuentra ajena a dicha eterna discusión: capitalismo vs socialismo. Las aguas no han estado calmas entre estos dos países y no asistimos a ninguna novedad. Venezuela sufre una de las etapas más duras desde el chavismo a la actualidad y en medio de un mundo neoliberal sabemos bien que la especulación se pone a la orden del día.

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