Dando Vueltas

Por nedima

Estaba lo más bien, dando vueltas por Loma’…
El paisaje cotidiano, común, era motivo de mi intriga después de mucho tiempo sin darle pelota; como el que recién
llega y no conoce, miraba pa’ todos lados, curioso, aunque yo me crié por acá. Dígame si no es una cosa de locos.
No siempre he podido darme el lujo de observar mi ciudad, siempre apurado, siempre con algo que hacer, con un
quilombo que me come la cabeza… Lo que son las cosas, pareciera que, de tanto ir y venir, conozco más capital que mi
propio barrio.
Cuánto edificio que hay, de golpe, por el centro…
Esa vez, sin embargo, estaba de franco; dichosamente al pedo, lo único que tenía que hacer era ir al sanatorio a
hacerme unos estudios. No tenía apuro, siempre está llena de gente la guardia.
En vez de quedarme, a cagarme de calor y a escuchar como lloran las criaturas en los brazos de sus madres, agarré y me
las tomé, a cagarme de calor, pero afuera.
Así, paveando, medio de rebote, me llegó el eco de un parlante en la plaza. En uno de los escalones de la tribunita que
hay delante de la estatua de Cabezas, el aparato reproducía «Milonga que peina canas»; eso fue raro, de repente me
descubría yendo hacia la plaza solo por la música, sin ningún motivo urgente que me condujera a ella.
Me sentí como, no sé… tranquilo, libre, como si pudiera ir a cualquier lado que quisiera sin estar atado al deber o a la
obligación, sino porque a mí se me cantaba. A la vez que Armando Laborde cantaba a todo lo que da, dos viejitos
bailaban con simpática lentitud, a su son. Me quedé viéndolos un rato, sin apuro.
Sin apuro…
El potente sol de diciembre me encandilaba mientras que contemplaba el edificio de la Municipalidad.
Es gigante, el hijo de puta. Uno no lo nota porque ya está acostumbrado, pero es una cosa tremenda.
Entre que pensaba en todo eso, me envolvió la frescura de su sombra y gracias a ella pude ver los detalles de su
fachada: grietas, manchas de humedad, pintura reseca y descascarada…Todos pequeños adornos casuales, naturales,
espontáneos y lindísimos.
Juan D’Arienzo le daba con un caño, y al mismo tiempo, Laborde recitaba: «Las chaquetillas famosas, dejaron en mis
oído, frufrú de tiempos queridos, que ya no pueden volver…» En eso, vi un montón de gente, agolpada, en torno al
museo americanista, ese que está al lado del teatro y la municipalidad.
Rarísimo; nunca hay nadie ahí… personalmente no soy un gran amante de la historia, y es algo que, se ve, comparto con
el resto de mi pueblo, a juzgar por la concurrencia habitual de la que goza este edificio tan modesto.
De chusma, nomás, me fui metiendo a ver qué regalaban, si se me perdona la ironía.
Entre viseras y rodetes, cuerpos chivados y tipos en cuero, nenes y nenas jugando, es que entendí que estaban
inaugurando una exposición de fotos históricas del Municipio. Habían descolgado algunos cuadros y vaciado vitrinas, reemplazando todo por fotos en blanco y negro, a color, planos antiguos y, sobre todo, letreros que rezaban
explicaciones sobre las escenas inmortalizadas en el papel.

-Bueno…todo muy lindo-me dije-pero voy yendo, ¿Estarán abierta’ Las Carabela’?- pensé, mirando a un expositor de
madera, sin verlo, abstraído en el recuerdo de las veces en que mi abuelo me llevaba a esa Pisería.
Me estaba apropincuando para, como queda dicho: «irme yendo», cuando, sin quererlo, presté atención a lo que
colgaba de la tabla de aglomerado, ubicada en el medio de la sala, en la que detuve mis ojos por casualidad.
Era una foto, más vale. Pero era de ahora, la habían sacado con una cámara digital, se notaba a la legua.
Se veía la municipalidad en primer plano, desde la plaza, y un cachito de la estatua de San Martín al costado derecho.
Me la quedé viendo con una cara que llamaba la atención, supongo, ya que al toque se me acercó uno que labura ahí a
decirme:
-Es de hoy-acomodándose los anteojos-de hoy a la tarde.

Aaaah…- alcancé a decirle, nomás, sin cambiar mi cara que, de todas formas, no era más de nabo que la de él.
-La idea es dejarla contra aquella pared- más al costado, en algo así como una columna-como para que quede de
cápsula del tiempo, de testimonio.
«Qué bárbaro», «Qué buena idea», «Qué lindo» decían algunos de los presentes que le habían llevado el apunte.
A mí me pareció una pavada.
Aparte, seguro, en dos meses la tiraban a la mierda; fija que viene un coso y lo revolea por ahí, al testimonio.
Y como de bronca, como pa buscarle algo bueno, me la quedé mirando, más serio que perro en bote.
Lo que más me chocó al principio fue, creo, el cambio de temperatura. Por ahí era simplemente por el aire
acondicionado que se había juntado tanta gente, porque hasta hacía un segundo podía sentir como lo habían puesto al
mango.
Me acuerdo que me tapé del sol que me encandilaba, con una mano, mientras intentaba orientarme. Encima hacía una
humedad, ese día de diciembre…que te sofocaba.
No podía ser. Por más que intentaba, era al pedo que me quisiera orientar; no había caso.
De la confusión casi me tropiezo, trastabillé con mis propias piernas, mirando para todos lados, dando vueltas sobre mí
mismo, y al igual que la gente que pasaba junto a mí, me creí borracho.
La incomodidad del ambiente, caluroso, junto a lo que me aturdían los coches y bondis de la Yrigoyen, tan de repente,
me llevaron a ir de vuelta hacia el museo, casi por impulso.
No se cansaban más los viejitos. Estaban de vuelta poniéndose a bailar la misma milonga, lo más bien, ¿No tenía más
temas el gil que los reproducía desde el pasacasetes? Ya me estaba poniendo de mal humor.
Sentí como que me cargaba, Laborde, cuando dijo:»yo vivo con los recuerdos, de Floreal y Melgarejo…»

Cruzando Manuel Castro llegué a la conclusión-que no me convencía, igual-de que me tuve que haber olvidado, de
alguna forma y andá a saber por qué carajo, el momento entre que me fui de la exposición y en que llegué a la plaza,
mirando a la municipalidad, con la estatua de San Martín a mi derecha.
Cuando entré, empujando, estaba ahí, de vuelta: la foto.
Familiar, bien en el medio de la sala, en un expositor chotísimo, con los mismos pelotudos revoloteando a su alrededor,
celebrando la idea de que podía convertirse en una cápsula del tiempo, como me dijo el chabón que laburaba ahí al verme llegar y dirigirme directamente hacia ella, con aún más cara de desconcierto que la primera vez.
Primera vez que, encima-y eso fue lo que hizo que me cayera la ficha-parecía no recordar para nada. Se había olvidado,
por completo, que hace dos minutos me había explicado lo mismo, palabra por palabra, el boludo.

Reculó, éste, al ver mi cara de culo y desconcierto. Culo desconcertado.
Junto con la ficha, me cayó una idea; con intentar no me podía pasar nada, todavía faltaba, seguro, para que me
llamaran en el médico.
Seguro que faltaba…
Agarré y volví a mirar la foto impresa, fijamente.
Fue instantáneo. El sol en la jeta, la humedad, las bocinas de los coches que en histérica melodía no les dejaban, a los
pajaritos, meter ni un bocado en la estridente conversación que era la atmósfera de la Plaza Grigera, esa tarde de
diciembre. La estatua de San Martín, la Municipalidad…
Volvía sobre mí el embeleso de estar al pedo cuando escuché, una vez más, el inicio de la Milonga aquella.
Experimenté de nuevo la libertad, la tranquilidad, la paz de no ser tironeado desde el cuello por la correa de un deber,
de un «tengo que ir», sino de ser yo el que conduce el carro, hacía donde a mí se me cante ir; de cambiar el «tengo» por
el «quiero».
Siempre me dieron mucha lástima esos perritos que, siendo paseados por alguien con la correa, queriendo ir para un
lado, los tironean para cualquier otro. Hasta una vez ví uno al que no lo dejaban pillar, pobre, porque la dueña estaba yendo para no sé dónde. El pichicho veía un árbol y levantaba la gamba, pero antes de poder hacer lo debido, lo hacían
seguir yendo, a los saltos, con la patita levantada durante algunos pasos.
Parecerá una tontería pero, oigamé, yo me sentía como ese perro muchas veces.
¿Pero y si ahora tuviera en mis manos el control, siempre? ¿Y si nunca más, el tiempo, las obligaciones, los deberes, los
compromisos, me tironearan de acá para allá? El caballo se haría con las riendas del carro que tiraba desde hacía años;
el perro mordería la correa y se pasearía solo. El tipo-el boludo, bah-daría vueltas cuando él quisiera, no cuando
fortuitamente, el tiempo, el trabajo, se lo permitiera, como extendiendolé una limosna.
Esta vez fui cagando para el museo. Pegué un pique que no le puedo explicar. Me taladraban la cabeza aquellos viejos
momentos fotografiados…
Las navidades en lo de los abuelos, esa mesa interminable en el patio, luego desmembrada; el cumpleaños de mi viejo,
el pelado de anteojos ese…atorrante; cuando se casó mi hermana, esa sonrisa que le duraría dos o tres años, si no
recuerdo mal.
Esa fotito que sacamos con la polaroid, con mi primera novia.
Cuántas veces me dije: «para qué carajo guardo esta foto con Belén». La emoción me recorría el pecho como la
inyección de una carga eléctrica…
Entré, asombrando a todos los que andaban por ahí-los cuales, de todas formas, ya no veía de la misma manera…
supongo que quitarle las consecuencias, las repercusiones, incluso las represalias, si se quiere, a como uno se relaciona
con los otros, le saca el sentido a preocuparse por quedar en ridículo. Me voy por las ramas, esperemé.
Entré, decía, con los ojos tapados. En un ataque de lucidez-dada mi situación, considerando mi excitación-tomé el
recaudo de, mirando para otro lado, despegar la foto de la plaza de su expositor de madera. Para poder volver, ¿No?
Naturalmente, las puteadas me pisaban los talones y fue ahí cuando miré, de lleno, el daguerrotipo de la antigua
estación de Lomas de Zamora, datado en 1862.

Así estuve, dando vueltas.

Abrazos reconstruidos, a mi tío Cacho, a doña Conce, a Gaby… Charlas pendientes, besos, risas con amigos que hoy ya
no lo son, el fuego del primer amor, revivir la fiebre adolescente de que todo aquello sea nuevo, emocionante.
Lo más fuerte fue verme a mí mismo, de chiquito. Guardapolvito blanco, peinadito, ojos de huevo frito, mirando pa
todos lados el colegio nuevo, misterioso.
Mandé a unos pares a la mierda también, no le voy a negar.
Cómo me voy a olvidar el estupor de San Martin cuando aparecí en su casa, en 1850, «con esas ropas tan extravagantes», como supo decirme. Vi la construcción del Obelisco, en 1936, y unos años antes conocía a Gardel
cuando cantó en el teatro Español, aquí mismo, en Lomas. Sostuve a mi abuelo en brazos, cuando era apenas una
criatura, allá por 1904, objetando ser un pariente lejano.
A la vuelta de encajarle una ñapi a Onganía, habiéndome escabullido en uno de sus actos públicos, sentí que ya estaba.
No por gusto, ni por decisión, pero me di cuenta de que ya no iba a poder más hacer eso que hacía, se me había
terminado el franco. Me desesperé al principio, claro. Pero ahora que pasó el tiempo, agradezco que se le haya puesto
un límite a mi «capacidad».
Yo, que viví cada fiesta, cada encuentro, cada hito dos o más veces, agradezco, obvio, pero no me agrando. Tiene más
valor, más mérito, siempre tuvo las cosas mucho más claras aquel al que no le hizo falta viajar en el tiempo para vivir
completamente aquellos momentos, sino que ya de entrada supo sacarles todo el jugo.
Esos tipos, me animo a decirle, ni fotos sacan, seguro.
Y encima, se me va a cagar de risa, pero no va que al final voy al médico, y ya me habían llamado…

FIN.

 

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