Por Ana Cadabra
Saltar puede ser el inicio de todo.
El inicio de todo pudo ser el ruido.
Noches de calores agobiantes. Las noches de fiestas y del enero que nos robaron se fueron llenando de ruidos, de cacerolazos, de bocinazos, de cantos: las formas que les dimos a los gritos donde más dolía. Nos agarramos las cacerolas porque empezaba a dolernos la inflación.
Porque las primeras necesidades, las del derecho a la alimentación, se hacían cuesta arriba, cada vez más difícil conseguir arroz y poder pagarlo, cada vez más difícil conseguir harina y poder pagarla. Y así con el azúcar, con los fideos.
La especulación había comenzado meses atrás a colarse desde los supermercados en las bolsas, por debajo de las puertas de nuestras casas, el espectro sombra roedor de alquitrán comiéndose nuestros ingresos y nuestros insumos básicos para la vida. Entonces, con la llegada del nuevo gobierno y sus primeras medidas en favor del capital concentrado, el dolor agudo se hizo sentir y las cacerolas salieron a gritar a cada plaza y cada esquina. Pero ahora ¿qué más nos duele, dónde más nos pega, nos pincha, nos ulcera esta junta de forajidos improvisados, simuladores, herederos bobos, cínicos y caraduras? Nos duele el abuso sobre la clase trabajadora. Nos duele la mentira y la desfachatez de los tarifazos aplicados a transportes, nos duele ese atropello ineludible a los bolsillos, pagar más para viajar para ir a trabajar a empleos que siguen con salarios
congelados o con paritarias a la baja, es decir acuerdos que no llegan a equiparar la pérdida salarial por la inflación. Nos duele la encerrona, la calle sin salida a la que con maniobras autoritarias y antidemocráticas nos someten. Entonces esta vez el grito es salto: ante el asalto en el callejón sin salida saltamos. Y esto puede ser el inicio de todo. Un segundo inicio acaso. Construída alguna forma de masividad, una organización colectiva en las asambleas barriales, podemos darnos la fuerza y el respaldo necesario para hacer de la estrategia de supervivencia individual de saltar molinetes una acción civil de protesta colectiva. Saltamos de lo individual a lo colectivo.
Saltamos el asalto de un gobierno fascista que busca «un nuevo orden» a
puro decreto. Saltamos su berretín y escribimos nuestra épica. Saltamos molinetes marcando el tiempo de urgencia del pueblo trabajador, que esta vez viene a empujar las agujas del poder judicial y de todas las burocracias partidarias y sindicales.
Algunos saltos por la unidad porque cada día que pasa perdemos soberanía
territorial, alimentaria, y sobre el amplio marco de derechos conquistados. Perdemos soberanía sobre nuestra propia memoria con la imposición desenfrenada de relatos negacionistas. Mientras avanzan con despidos en áreas de gobierno
particularmente sensibles a minorías vulnerables y mientras pretenden el imperio del sentido a través del control monopólico de los medios cerrando organismos de comunicación, crecientes núcleos de población hacemos ruido. El pueblo hace ruido, el pueblo salta, el pueblo denuncia lo que duele, con gestos y lenguaje claro y eludiendo la imposición, el atraco y la rapiña.
El pueblo ya no está donde lo buscan. El pueblo está dando un salto. Nos creo. Nos
veo tomando impulso, nos veo con los brazos fortalecidos en el abrazo, nos veo proyectándonos alto, nos veo con la mirada enfocada, nos veo despegando el cuerpo del suelo, concentrades en todo lo que obstruye nuestra marcha, nos veo columpiándonos hacia adelante, donde ya otres nos esperan. Nos veo marcando envuelo la altura de nuestros sueños.Todo eso ocurre mientras cantamos azo azo azo abajo el tarifazo.
