Imágenes del Bosques-Q

Por Nedima

Al costao de la vía, se asoman florcitas d’entre yuyos.
Tres colores, que por querer hacer descarrilar a La Chancha, miran su reflejo con soberbia en el color óxido del pulido riel.

Los penachitos lilas, celestes y amarillos se saben imbatibles frente al poder del enorme ferrocarril; motiva su arrogancia noción de más amplia longitud que aquel cacho de metal que aquel recorre deslizándose y se pavonean luciendo los versos que sus amigos, los puetas, jamás harían para un durmiente yerto, pero por ahí sí por aquel que d’entre sus
grietas sepa germinar una florcita blanca, espumosa, aún bamboleante, mareada compungidamente por culpa del paso fugaz y violento del tren eléctrico.

Esas florcitas férreas provocan espasmos en un coso denominado CEH, Central Emocional Humana, y que queda ahí entre la boca del estómago, los pulmones y la base de la garganta. Magníficos bobinados de cobre alborotan la carcasa gris y opaca de un alternador que tiembla, retuerce y vibra su amuramiento, cuando por su alimentación, por sus cables, corre brava tensión alterna inspirada por esa florcita blanca en vaivén. Sobre sus bornes pestañeantes y sagaces, que perciben el eco de transporte de pasajeros hacinados, descarga esa flor nutrida entre el chaperío, tremendo amperaje, locomotor de un rato de emoción.

¿Quién forma poesías alimentado por la inspiración que le provocan las usinas eléctricas? Nadie, y las flores lo saben, de ahí su fanfarroneo, ese es el motivo del bamboleo petulante de sus curvas. Las poesías, las metáforas, la belleza surge cuando nace un tallo de adentro del medidor eléctrico, cuando dos perros juegan en el basural.

Qué cruel que’s la belleza marginal, conurbana, de barrio, belleza villera.

Los amigos de los cardos, los escritores de poesías sobre flores amarillas y aquellos que conmueven su birome por las pintitas celestes en torno a los fierros oxidados, capaz los hacen, pero no firman más que con pudiquísimos seudónimos a los versos compuestos para gerentas de banco, dueñas de empresas o diputadas corruptas. Ellas, tan lindas, apacibles merodeadoras del Yópin, consumidoras, emborrachan de lujuria con fines de lucro a los Dueños, a los Poseedores, al Supervisor y al Empresario. Cada cuota sin interés con la tarjeta, agita al conjunto dentro de la alcancía, dado el impacto de la nueva monedita recién llegada, propiedad del Ceo, que ante la imposibilidad de hacer lo que’l pueta, cambia el celular.

¿Quién construiría un ramal con el capital que le brindan los ramilletes vírgenes de los patios? Baldeado una vez por semana pa limpiar los soretes del perro, enmbaldosado por el tano que la levantó sobre’l baldío y envenenado de yuyos medios violetas, el fondo de la casita de los abuelos de la turra más linda de la avenida, se sonroja por el esfuerzo que con el trapo de piso, aquella musa de la porción de fainá, imprime sobre sus baldosas agrietadas.

Bamboleando sus curvas a veces rojas y negras, amarillas y color de yín o, en la pelopincho, color de la malla generosa, es más o menos el mismo generador voltaico que las flores o el alternador; unas para los poetas, otros para las locomotoras, pero esta última enciende con bramidos y cortes, a las elásticas monturas centrífugas que circundan los sanjones. Como pingos de remotos gauchos, rumiando cemento, hollín y combustible contra el palenque o el paredón de la esquina, observan el paso voluptuoso de la morocha de labios sangrantes, piel de cobre, conductiva como el mismo centro de los cables y pizpiretos ojos untados en maquillaje, que falta no le hacen para hacer atragantar la fresca a aquellos flacos que la contemplan entre chiflidos, piropos y casi que relinchos.

Hay gente que se enamora de sus parques industriales, gime ante sus dividendos y que por el gozo que le generan sus acciones fluctuantes, nace en ellos modestísima la materia prima con la que los poemas, informes y sinceros, comienzan a moldearse en el corazón de los humildes; y que impotentemente quedan así, olvidados tras el brillo de la nueva camionetasa que se compran, dada la frustración y la envidia de no poder concluir la expresión de sus sentires, algo que en mugrientas vidalas los “negros provincianos” sí que pudieron, por mucho que les pese. Las minas lindas del suburbio son florcitas al costado del galpón abandonado, bañadas por la misma sombra que’l paredón les brinda a las motos de los guarangos que se estremecen, como la baldosa pisada por la llanta de la venerada morocha. Los puetas gritan piropos obcenos, gestos terribles y chiflidos impúdicos ante sus pétalos adolescentes y enjuagados de ojos expectantes, anhelantes, fugaces sobre el paso intermitente del tren, la moto o la corriente eléctrica desfibriladora.

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