Por Dardo Dorronsoro
Si tienes una sartén en casa, una sartén muy vieja, por su puesto, si tienes el retrato de una muchacha que te mira desde 1945, o desde después, o desde antes, y si tienes también una calle por donde pasan chicos sucios, vagabundos melancólicos y por donde pasa siempre un lechero silbando, estás en condiciones de hacer un poema, si quieres, no quizá el más hermoso que se haya escrito, pero podrás decir, por ejemplo:
Cuando se colgaban a nuestros muertos de los lunes,
cuando crecían caballos, estatuas y gendarmes,
cuando se agrietaban granujas de calle y barrio en las esquinas de los trenes,
cuando los hijos de perra nos mataban al Che y al Inti Peredo,
cuando nadie, amor, te dijo
volverás a encontrarlo en el secreto de los pájaros,
ya estábamos cruzando lobos, inventando panes y colmenas,
inventando revoluciones, levantando
fosos y flores de tus pasos,
volviendo de un amanecer hacia la noche,
volviendo de la noche hacia una sangre.
Y si además tienes puños, manos, sangre, pellejo
y testículos propios, no hipotecados, no vendidos,
no regalados, puedes decir:
Y luego crecieron incendios y estallaron ciudades,
nacieron hombres a la luz de América y cantaron su grito,
nacieron hombres y se ensuciaron de banderas sucias y soldados,
nacieron hombres y murieron de una muerte americana,
y volvieron a nacer y a morir y a nacer otra vez,
de a uno,
de a cien,
de a quinientos,
y seguirán naciendo, siempre, y muriendo y volviendo a nacer
hasta que florezcan todas las sangres y las muertes,todas las hambres,
todos los harapos,
todos los pobres,
todos los puños y los pechos americanos.
No es gran cosa, ya ves; no obstante, después podrás salir a la noche, mirar de frente a los espíritus maléficos, que siempre rondan por ahí, y comerte todas las estrellas, una a una, silenciosamente, bajo la sonrisa aprobadora de tus perros, que son también comedores de estrellas.
