Que Messi nos salve (o se muera por fracasado y vende patria) Por Juan Manuel Lazzarino

Soy muy malo teniendo sexo, pero bueno, tampoco lo puedo decir abiertamente”, me dijo un amigo. La frase fue tan impotente como imponente. Y me recordó algo que habitualmente me impacta de la misma manera: “a mí no me gusta el fútbol”. 

Calculo que las relaciono porque son dos prácticas que van de la mano (al menos para mí). No sé por qué, pero van de la mano. Es más, todos los apelativos a la victoria son empoderamientos fálicos, heteronómicos y machistas. En eso también se parecen.

Y como el fútbol es machista, pensaba que a Messi le recriminan que el tipo no sea ese falo que supo ser Diego, que “se coja a todos”, que “nos coja a todos”. Afuera lo hace muy bien. ¿Por qué no lo hace bien en casa? Es lineal, pero podría ser una línea de alguna novela de Marco Denevi o Manuel Puig, aunque sin censura.

Pensaba en estos días que sólo quería abrazar a Messi, hacerle un fernet y decirle: “ya fue, macho, estas cosas pasan; ¿qué le vamos a hacer?”. Desdramatizar algo que abunda por normal: la derrota.

En cuestión de números, la selección arribó a una final de la Copa del Mundo en 2014, de su mano, tras 24 años sin pisar un podio; no hablamos de salir segundo o terceros: hablamos de cosechar quintos, sextos y séptimos puestos. Con la Copa América no es muy distinto, aunque sí abundan las finales truncas: tras ganar las ediciones 91 y 93, Argentina perdió las finales de 2004 y 2007, ambas ante Brasil.

¿En qué radica esta intolerancia a la derrota, siendo algo tan natural en los últimos 25 años?

En algún momento, tal vez por haber tenido dos veces al mejor jugador del mundo, el simpatizante argentino comprendió que cada una de las presencias de la selección en la competición que sea sólo podría tener como resultado una victoria.

De las 44 ediciones de la competición continental, Argentina alcanzó la máxima colocación en 14 oportunidades: algo más del 30 por ciento. Incluso, es superada por Uruguay en cantidad de trofeos (15). La estadística es aún más dura en el caso de la los mundiales: de las 20 ediciones realizadas, Argentina sólo se quedó con dos, lo que representa un 10 por ciento. Cosecha más segundos puestos que primeros y, en la tabla histórica de ganadores por podios acumulados, aparece cuarto detrás de Alemania, Brasil e Italia.

Pero las críticas más encarnizadas son- déjenme apresurar una hipótesis- una proyección de los fracasos propios ante la imposibilidad de una salvación mesiánica trunca. Es el contraste permanente entre un “él puede, pero no quiere” y un “yo quiero, pero no puedo”. Es un contraste fuerte porque pone sobre el tapete dos cuestiones básicas de la sociedad capitalista posmoderna: la frustración como respuesta al no acceso a las posiciones de éxitos estandarizadas y la impotencia ante una figura paternal fantasmal e impotente.

Messi se presentó en la antesala de la Copa del Mundo Brasil 2015 y de la reciente edición del torneo continental como el mejor jugador del mundo, tal vez de todos los tiempos, consagrado en plenipotencia nuevamente (ganó todo lo que jugó en 2015), capaz de conducir nuestras frustraciones hasta el podio y coronarlas (al menos hasta que nos coma la realidad nuevamente). Entonces, a través de él podemos ser exitosos, millonarios y poderosos. Así como ocurrió cuando muchos se sintieron (¿más?) católicos por tener un Papa criollo.

Pero Messi, que se hace presencia luego de ser un espectro poderoso por las construcciones mediáticas que se realizan desde los grandes medios por sus geniales apariciones en Europa, es una figura paternal impotente, que no grita, que camina, que se frustra y nos frustra. Paradójicamente, en Barcelona tampoco grita, no siempre corre y, muchas veces, se frustra. “Allá” es el mismo que “acá”, pero triunfa. Es civilización y barbarie en la misma persona.descarga

Lo que genera, ante la negación sistemática de lo propio como identidad, es la negación de la otredad como forma posible. Es una doble operación que busca aniquilar al otro para volver a tomar el lugar abandonado desde una posición de poder supuestamente preexistente. “¿Cómo vamos a perder con estos chilenos de mierda si nunca ganaron nada, si no existen?”. Sintéticamente.

Con el cadáver tibio del padre impotente a cuestas, es más sencillo proyectar toda frustración y hacer dueño del fracaso al muerto. Para cuando reviva, gane y guste, ya volverá a ser uno de los nuestros. Mientras tanto, habrá que aclamar otros éxitos y callar algunos fracasos. Como en el sexo.

*Juan Manuel Lazzarino: periodista y escritor.

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