IDAS Y VENIDAS DE PONCHO GUARDAMONTE

Por Iván Fierro

El 16 de febrero de 1835, fecha en la que fuera emboscado y asesinado Juan Facundo Quiroga junto a toda su comitiva en el suceso conocido como “la masacre de Barranca Yaco”, marcará un punto de inflexión en la política rioplatense y dará lugar al más formidable vacío de poder del que se tiene registro en las otrora Provincias “Unidas” del Río de la Plata.

Es que, hasta ese momento, el Tigre había extendido su influencia sobre ocho de las trece provincias integrantes de la Confederación Argentina y negociaba con Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra el modelo de país que implantarían luego de “pacificado” el territorio.

Para aquel entonces gobernaba de hecho en la provincia de La Rioja, Fernando Villafañe, subordinado de Quiroga que oficiaba como Gobernador delegado por el, en los papeles, Gobernador electo Hipólito Tello.

Vacante el poder real en las provincias interiores al desperdigarse la noticia de la muerte del “Caudillísimo”, Villafañe asume como Gobernador titular, blanqueando la situación al desplazar formalmente a Tello y promueve como nuevo jefe de armas de las tropas riojanas al “zarco” Tomàs Brizuela.

El mencionado Brizuela había sido también hombre de Quiroga y gozaba de cierto prestigio tras recuperar la provincia de manos del Partido Unitario en 1831.

Pero no solo en el interior se hacía sentir la acefalía causada por la desaparición física del Tigre de los Llanos. En Bs. As., un sector importante de la clase terrateniente se apresuró a otorgar, por segunda vez, la suma del poder público al hombre fuerte de los hacendados porteños, el “Restaurador de las Leyes”, Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y López Osornio, para contrarrestar las fuerzas desencadenadas de los deudos políticos de Quiroga y sus aspiraciones Federales que veían en la incipiente burguesía de la ex capital del Virreinato un cancerbero dispuesto a defender sus intereses de clase.

Los rumores sobre la autoría intelectual de Rosas en el asesinato de Facundo, la negativa del Restaurador a sancionar una Constitución Nacional, la subordinación de los ganaderos bonaerenses a las políticas económicas inglesas en detrimento de las economías regionales y sus incipientes industrias y la intromisión de Bs. As. en las autonomías provinciales por medio de un entramado de jefes de armas adictos al rosismo, generaron el descontento de importantes referentes sociales políticos, sociales y militares que dará origen a una corriente de federales anti rosistas quienes, en ocasiones, crearán alianzas con viejos unitarios para oponerse al enemigo común.

En esa corriente se encausará el accionar del Chacho luego de la masacre de Barranca Yaco.

Por aquellos días, al igual que en estos, pero de manera menos sofisticada, los contendientes en la arena política echaban mano de cualquier medio para alcanzar sus objetivos, haciendo uso de recursos tan antiguos como vigentes y tan diversos como la lisonja, la impostura, el soborno, el fraude y la violencia organizada.

Apercibido Peñaloza de que Villafañe había alcanzado la titularidad del gobierno por esos medios y de que propendía a oficiar de alfil de Rosas en su provincia, levantó pendón de guerra contra aquel y, aliándose con otros jefes de armas, firmó un ultimátum en el que se instaba al “Gobernador” a cesar en sus funciones  y entregar el armamento del que dispusiese, señalando que “El clamor general de todos los habitantes de esta provincia, cansados ya de sufrir vejámenes de toda especie, como también la ilegalidad con que se hallan condecoradas algunas personas  con los más nobles empleos de la provincia, debiendo Vuestra Excelencia contarse en este número, son los motivos que hemos tenido para empuñar la espada…”

Es que todo el poderío militar de Quiroga ha quedado en la provincia. A más de los hombres y mujeres que formaban en las montoneras del Tigre se hayan en La Rioja 12.000 armas, 26 piezas de artillería, municiones, fornituras y 16.000 caballos escogidos.

Mientras tanto Rosas comienza a mover las fichas y subleva contra Martín Yanzón, Gobernador de San Juan y hombre de Facundo (en conversaciones con núcleos unitarios), a las fuerzas de Tucumán, San Luis, Mendoza y La Rioja, a la vez que auspicia al Mayor de Plaza sanjuanino Nazario Benavidez, alias el “Caudillo manzo”, en el fallido motín contra el Gobernador de su provincia.

Por su parte el Chacho, semiexiliado entre les sanjuanines, combina con Yanzón una invasión sobre La Rioja con el objetivo de hacer cumplir lo que glosaba el ultimátum a Villafañe.

La cosa se dirimirá en la batalla de Pango en enero de 1836, luego de la cual quedará configurado el nuevo mapa político del territorio que antes hegemonizará Quiroga.

Si bien las montoneras llanistas y sanjuaninas fueron derrotadas por las fuerzas de Brizuela, para el Chacho el conflicto terminó con una victoria política ya que, al verse amenazado, Villafañe abandonó La Rioja para terminar siendo nombrado Gobernador de Catamarca por el tucumano Alejandro Heredia, quien comenzaba a perfilarse como influyente Caudillo de la región del Noroeste.

Sin enemigo declarado al que combatir, Peñaloza pactará con Brizuela su retorno a los Llanos para dedicarse a su primigenio oficio ganadero, pero sin perder ascendiente sobre las familias gauchas de sus pagos ni influencia política en los asuntos de la provincia.

Sensible a las carencias que sufren sus paisanes, mitigará, junto a Victoria, la pobreza y la orfandad de multitud de niñes, mujeres y hombres, poniendo a disposición sus siempre escasos bienes personales, con lo que aumentará su fama de gente honrada y generosa.

En tanto el Chacho se aboca a las esforzadas labores rurales y se ocupa personalmente de faenas gauchas que requieren intrepidez, fuerza y coraje, tales como enlazar, palenquear, embozalar, capar y domar animales, comienzan a llegar nuevos rumores de batalla, esta vez auspiciados por la Francia de Luis Felipe.

Para aquel entonces las aspiraciones imperialistas de las potencias militares europeas se veían azuzadas por sus políticas de desarrollo industrial que, a la vez que daban lugar (por medio de la cruenta explotación de sus trabajadores) a la consolidación de una burguesía con capacidad de manejar los resortes del poder real, requerían cada vez más grandes masas de consumidores de productos elaborados y productores de materias primas.

Son los tiempos en que el opio de India, monopolizado por la “Compañía de las Indias Orientales” y utilizado por la Inglaterra de Guillermo IV como bien de cambio, hace estragos en la población china y asegura a las fábricas británicas el algodón que sus hilanderías y telares consumen. Son los mismos tiempos en que los ganaderos porteños se enriquecen enviando en barcos sajones el tasajo que mal alimenta a les eslcaves y/o asalariades de esas mismas fábricas, quienes producen los objetos que la Confederación importa en desmedro de las provincias interiores.

La burguesía francesa intentará meter la cuchara en el suculento plato sudamericano del que engorda preferentemente la flema inglesa y fogoneará, por medio de promesas de ayuda no siempre efectivas, al decadente Partido Unitario, dispersado por toda la región.

Apoyará al Mariscal Santa Cruz y su Confederación Perú-boliviana en guerra contra la Confederación Argentina, a Fructuoso Rivera contra el aliado de Rosas, Manuel Oribe, en Uruguay y a Juan Lavalle, Gregorio Araoz de Lamadrid y José Maria Paz en el frente interno antirosista.

El baile va a empezar a ponerse movido y se abrirán, para el Restaurador, varios frentes de conflicto en los que mostrará una astucia cuasi napoleónica para la resolución en favor de sus intereses.

Se sucederán la guerra contra Santa Cruz en el Noroeste, el primer bloqueo francés a Bs. As. y la guerra contra Rivera en el Este, los alzamientos de los sucesivos Gobernadores correntinos Berón de Astrada y Pablo Ferré, el motín de los hacendados bonaerenses conocido como “de los Libres del Sur” y las desafortunadas campañas del hermano de leche del Tirano, Juan Lavalle, en su obstinado derrotero hacia el fracaso y la muerte.

Será precisamente a instancias de este que el Chacho volverá a empuñar lanza, lazo y boleadora como pertrechos de guerra al constituirse la Coalición del Norte.

La Rioja de Brizuela se sumará a la dicha Coalición por solidaridad con los jefes de las provincias hermanas, quienes por ganarlo para su causa y contar con el poder militar que ostentaba le ofrecieron la jefatura del movimiento.

Ambos bandos en pugna sondean a Peñaloza e intentan que se integre a sus filas. Por su parte el rosista José Felix Aldao le enviará emisarios a los que el Chacho despedirá con cajas destempladas, en tanto que ante el argumento de Brizuela de que La Rioja no puede permanecer indiferente frente a los atropellos de Rosas contra las provincias, acepta el convite y se dispone nuevamente a entrar en batalla.

Generalizada la guerra, los ejércitos contendientes echarán toda la carne al asador y tratarán de desplegar, de la mejor manera posible, a sus jefes más renombrados en pos de estrategias difusas debido al carácter dinámico de la guerra no convencional que se desarrolla, la cual es llevada adelante por todo un pueblo en armas.

Por el bando rosista destacarán, entre otros, el sanguinario mendocino Aldao, el astuto sanjuanino Benavidez, el converso Maza, el circunspecto Pacheco y el derrocado oriental Oribe (a la sazón jefe de las fuerzas rosistas). En el antirosismo se aglutinarán el dubitativo Lavalle, el temerario Lamadrid, el Beodo Brizuela, el infortunado Acha y el eficiente Paz.

Dichos jefes comandaban ejércitos compuestos del más variado rejunte sociocultural imaginable, en el que se mesclaban contingentes originarios, montoneras gauchas, miliciada semidisciplinada, veteranos sanmartinianos, oficiales de carrera, mujeres soldaderas y hasta familias criollas enteras movilizadas por el conflicto, a más de desertores y pasados de una y otra fuerza.

Peñaloza intervendrá unas veces haciendo guerra de recursos buscando recuperar armas y caballadas, otras formando y comandando líneas de caballería regular a las órdenes de Lavalle primero y de Lamadrid con posterioridad.

Aplicando muchas de las máximas de Sun-Tzu, muy probablemente sin haberlo leído jamás, se convertirá en la pesadilla de sus enemigos, quienes no pueden darle caza ya que se mueve “como pez en el agua” gracias a su conocimiento del terreno y a la extensísima red de colaboradores que sabe granjearse con su bonhomía.

Muchas veces derrotado, mas no vencido, dispersa y reúne sus fuerzas a una sola voz, ya que el gauchaje confía a muerte en sus cualidades humanas y en sus tácticas guerrilleras.,

Dirige infinidad de ataques y retiradas con asombroso don de ubicuidad, ocultándose con pocos compañeres por aquí, reapareciendo inopinadamente con cientos de lanzas por allá., siempre hostigando, siempre incomodando. Si no tiene recursos, los inventa. Pone manos a la obra para fabricar lanzas improvisadas a falta de otra arma o para domar mulas a falta de otra cabalgadura.

Mientras el Chacho, hostilizando a las fuerzas enemigas, cabalga leguas y leguas invadiendo provincias y sitiando poblaciones con suerte diversa, las desprolijidades de Lavalle y Lamadrid allanan el camino de las tropas comandadas por Oribe, las cuales avanzan buscando dar la estocada de muerte a la Coalición apoderándose del arsenal riojano.

La embestida de las fuerzas porteñas disloca completamente a las exhaustas y desmoralizadas tropas coaligadas. Lamadrid tira el manotazo de ahogado y le propone a Peñaloza jugarse el todo por el todo invadiendo Cuyo con el objetivo desbaratar por sorpresa a Benavidez y Aldao. El Chacho, “galopiador contra el viento”, se sumará a la difícil empresa al tiempo que Lavalle busca sin éxito el exilio boliviano y Brizuela cae muerto bajo las balas de un subordinado.

El desbande total de las tropas de Lamadrid sobrevendrá tras la derrota sufrida en la batalla de Rodeo  del Medio, en gran medida causada por la irresoluta conducta del Coronel Baltar, quien como jefe formal de la caballería comandada por Peñaloza, decidió no atacar en el momento decisivo de la batalla, inclinando la balanza en favor del ejército rosista y obligando al Chacho a ganar la cordillera en busca de un paso hacia su primer exilio chileno , perseguido de cerca por el sanjuanino Benavidez, desde esas jornadas devenido en nuevo hombre fuerte de Cuyo y el Oeste.

Paradójicamente, el Chacho será socorrido por la Comisión Argentina en chile, organización de la cual forma parte Domingo Faustino Sarmiento quien con el tiempo se convertirá en su más acérrimo enemigo y perseguidor.

En tierras trasandinas se enterará del rapto de su hija Anita a manos de Manuel Bárcena, de la muerte de Brizuela y de los desmanes de la soldadesca rosista en su provincia. Motivos todos que lo impulsaron a apurar el regreso para, junto con su amigo el ex Gobernador de San Juan, Martín Yanzòn, cumplir con la misión encomendada por la Comisión Argentina en Chile de recuperar armas y caballadas para sostener la campaña contra Rosas que desde Corrientes encabeza el General Paz.

Poco más de seis meses han transcurrido desde su llegada a suelo chileno y Peñaloza cruza nuevamente la cordillera. Lamentablemente, los informes que maneja sobre el panorama político de la Confederación no son ciertos. Confiado en las posibilidades de èxito que le auguran el optimismo injustificado de ciertos emisarios, penetra en Jachal por San Guillermo. Su periplo lo llevará de San Juan a La Rioja, de La Rioja a Catamarca, de Catamarca a Tucumán siempre combatiendo contra las tropas de Benavidez a las que en varias ocasiones logró arrebatarles las caballadas.

Será en Tucumán donde, acorralado por varios soldados enemigos, deberá ser auxiliado por su Compañera Victoria, quien al verlo rodeado reunió a un grupo de montoneros dispersos y la emprendió contra los atacantes del Chacho, recibiendo en la testa esa terrible cuchillada que inspirara el siguiente verso popular: “Doña Victoria Romero, si usté’ quiere que le cuente, se vino de Tucumán con una herida en la frente…”.

Sumando derrota tras derrota peñaloza desandará sus pasos empleando sus tácticas guerrilleras que, si bien no le otorgan la victoria, le permiten atacar y desaparecer hasta alcanzar nuevamente la cordillera para retirarse de la escena política argentina, en el que será su segundo y más prolongado exilio chileno.

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