EL PREBÍSTERO DE MONTEVIDEO

Por Ernesto García

 “A alguno le parecerá que tal vez gasto muchas palabras en menudencias que son fáciles de advertir. A que satisfago que yo no escribo para los advertidos, que se lo hallan todo en su casa, sino para los ignorantes que no todo lo advierten; que muchas cosas que parecen menudencias y de otras más menudas aún y de menos momento, está tejida la vida miserable del hombre”.

 José Pérez Castellano, 1787.

La conquista española no sólo atravesó ríos, selvas, montañas. También fue sembrando a su paso, sobre el inmenso suelo americano, recorrido cada vez más por aterradas poblaciones indígenas, el germen de las ciudades. Éstas últimas, con una mecánica militar y poseídas por una antropológica ceguera fueron las postas que permitieron el avance de la “civilización” y las poleas de trasmisión de un “orden” imperial sobre Hispanoamérica. El proceso fundacional de estas ciudades no reconstruiría lo que había sido la norma europea, sino que lo invirtió; en vez de partir del desarrollo agrícola que gradualmente constituía un polo urbano, donde se organizaba el mercado y las comunicaciones al exterior, aquellas parten de la instauración del poblado de conformidad con normas preestablecidas, cuyo ideal fijado desde los orígenes, es el de ser urbanos, por insignificantes que fueran los asentamientos, al tiempo en que se le encomienda a la ciudad la construcción de su contorno agrícola. Y para llevar adelante dicho proyecto, facilitar la jerarquización y concentración del poder y cumplir su misión civilizadora, las ciudades fueron el asiento de la delegación de poderes.

Así, sobre ese enorme y desconocido territorio, la polis “civilizada” se iría imponiendo sobre la “barbarie” de los no urbanizados. Un grupo especializado sería el encargado de ejercer un alto ministerio que lo equiparaba a una clase sacerdotal al servicio de la monarquía absoluta de ultramar. De esta manera, la escritura se constituiría en una suerte de religión secundaria que pasaría a ocupar el lugar de las religiones cuando éstas comenzaron su declinación en el siglo XIX. El uso de la lengua y el manejo de los símbolos fue configurando una jerarquía social que daba prueba de una preeminencia y establecía un cerco defensivo respecto de un entorno hostil. Por otro lado, la vida colonial tuvo una suerte de cordón umbilical escriturario que le transmitía las órdenes y los modelos de la metrópoli a los que debían ajustarse. Los barcos eran permanentes portadores de mensajes escritos que dictaminaban sobre los mayores intereses de los colonos y del mismo modo éstos procedían a contestar, a reclamar, a argumentar, haciendo de la carta el género literario más encumbrado, junto con las relaciones y las crónicas.

En una extensa carta, escrita en el año 1787, por el presbítero de Montevideo, José Manuel Pérez Castellano (1743–1815) a su antiguo maestro de latinidad en el convento de los Padres Franciscanos de la misma ciudad, a la sazón en Italia, podemos encontrar “…hice ánimo de satisfacer a su deseo refiriendo, no las acciones humanas, acaecidas en este largo tiempo, pues sería tejer una larga historia, sino los efectos de ellas existentes, o que acaban de pasar. Ciñéndome a esto sólo tendré mucho que decir, y no lo podré decir todo.” Y continúa diciendo, “empezaré por la Agricultura, cuyo objeto es el más necesario a la vida, como su ejercicio el más natural al hombre; seguiré por la cría de ganados, por la pesca, por la población, su policía, su comercio, su marina, sus tropas, sus milicias, sus tribunales, sus curatos, sus beneficios”. Esta epístola que abarca todos esos aspectos enunciados, es uno de los más notables documentos acerca de la Banda Oriental, y de Montevideo en particular, a fines del siglo XVIII.

castellanos

Los antecesores José Manuel Pérez Castellano fueron Felipe Pérez de Sosa, pobre labrador de las Islas Canarias, que vino a América en busca de una posición desahogada para su familia, la que consiguió por su inteligencia, laboriosidad y honradez, y Bartolomé Pérez, que heredó las buenas condiciones de su padre y, como él, fue tenido por un buen vecino de Montevideo, logrando educar a sus hijos en las carreras de las armas y de la Iglesia, tan consideradas entonces, y en las labores del campo, tan útiles al progreso del país. Pérez Castellano realizó sus primeros estudios sobre latín con el sacerdote italiano, en Montevideo. Entre 1762 y 1766 estudió en el Colegio de Montserrat de Córdoba “artes útiles” y teología, de donde egresó con los títulos de Maestro en Artes y Doctor en Teología. Durante muchos años fue encargado del Capítulo de Buenos Aires de la cobranza de los diezmos. Con respecto a esto escribe en su carta: “no todos diezman bien, y las nuevas villas de San José, Santa Lucía, Canelones y Minas, de que hablaré después, y las que hay más de doscientos vecinos, todos labradores, no han diezmado por considerarse exentos de esa obligación”. Fuera de otros cargos propios de carácter eclesiásticos, ejerció el de “Comisario Particular de la Santa Cruzada” en Montevideo, a cuyo cometido renunció en 1787, año en el que se le remitieron para vender 2,070 bulas. Ese mismo año, y quizás develando un poco los motivos de la renuncia, en la misma carta escribe: “No tengo, por misericordia de Dios, un ochavo de renta eclesiástica, y con todo no me falta en la vida con que pasar honradamente, y sin gravar a nadie. Vivo según el uso de la primera gente de la tierra, que los cánones si no mandan, a lo menos aconsejan, y vivo tranquilo”.

Entre otros detalles nos cuenta que “en la agricultura se ha introducido algún lujo porque se cultivan mucho las flores. Hay con abundancia claveles de los que llaman de a onza, rosados, carmesíes, blancos y disciplinados. Hay alelíes de todos los colores, dobles y sencillos. Rosas blancas, mosquetas, etc., que se cultivan en el campo y en las casas”. Sin embargo, sobre este bello paisaje que nos pinta el autor, en esas ciudades ideales que van floreciendo sobre la inmensa extensión americana regirá una fría razón ordenadora revelando un orden social jerárquico transpuesto a un orden distributivo geométrico. La traslación del orden social a una realidad física, en el caso de la fundación de las ciudades, implicaba el previo diseño urbanístico mediante los lenguajes simbólicos de la cultura sujetos a una concepción racional. Dicha traslación fue facilitada por el desarrollo de uno de los sistemas más abstractos de la época: las matemáticas, con su aplicación en la geometría analítica cuyos métodos fueron extendidos a todos los campos del conocimiento humano. “El haber muchos artesanos y albañiles diestros en su oficio – continúa en su carta- con moderados salarios, facilita la fabricación de las casas, que se hacen cómodas y con las oficinas necesarias y en que el arte no tiene que poner más que alguna otra escuadra”. Los principios reguladores: unidad, planificación y orden riguroso, traducían una jerarquía social. Eran elementos de una concepción, de esa razón ordenadora que imponía un diseño urbano específico. Tras ella funcionaría y se aseguraría un régimen de trasmisiones: de lo alto a lo bajo, de España a América, de la cabeza del poder –a través de la estructura social que le impone– a la conformación física de la ciudad, para que la distribución del espacio urbano asegure y conserve la forma social. “La ciudad tiene ya su casa decente con un gran balcón a la plaza; en lo alto de sus piezas separadas para cada juzgado y en lo bajo para el cuerpo de guardia, cárceles y calabozos para hombres y mujeres”.

Sin embargo, tres sucesos capitales en la historia rioplatense y nacional conmovieron la pacífica y laboriosa vida de Pérez Castellano: las invasiones inglesas de 1806-1807; el Cabildo abierto reunido en Montevideo el 21 de septiembre de 1808, y el Congreso celebrado en la capilla de Francisco Antonio Maciel, a orillas del Miguelete, en diciembre de 1813.

A poco de retirados los invasores ingleses de Montevideo (septiembre de 1807), y restablecida la soberanía española, el movimiento juntista americano, aún de fidelidad a la corona española, tuvo su primera manifestación concreta el 21 de septiembre de 1808 en la ciudad de Montevideo. El cual, a juicio de Mitre, en su «Historia de Belgrano», fue “el teatro en que se exhibieron en el Río de la Plata las dos grandes escenas democráticas que constituyeron el drama revolucionario: el Cabildo Abierto y la instalación de una Junta de propio gobierno nombrada popularmente. Pérez Castellano participó de ese Cabildo abierto y de la Junta creada por él en aquella fecha, por los del pueblo de Montevideo separándose de la obediencia al virrey Liniers, entonces en Buenos Aires, rompiendo así la unidad político-administrativa del virreinato platense. Esto le costó, pocas semanas más tarde, ser intimado por el Cardenal de Buenos Aires bajo severas penas eclesiásticas, a que desistiera de «concurrir por sí, ni por representante de la Junta llamada de gobierno, ilegalmente establecida en la Ciudad de Montevideo; y de intervenir en asunto público alguno de los que indebidamente se hubiese entender aquella Asamblea».

A esto contesta Pérez Castellano:

“Ilustrísimo Señor: Los Españoles Americanos somos hermanos de los españoles de Europa porque somos hijos de una misma familia, estamos sujetos a un mismo Monarca, nos gobernamos por las mismas Leyes y nuestros derechos son unos mismos.

Los de allá viéndose privados de nuestro muy amado Rey el Señor Don Fernando 7° han tenido facultades para proveer a su seguridad común y defender los imprescriptibles derechos de la Corona creando Juntas de Gobierno que han sido la salvación de la Patria y creándolas casi a un mismo tiempo y como por inspiración Divina. Lo mismo sin duda podemos hacer nosotros, pues somos igualmente libres y nos hallamos envueltos en unos mismos peligros.

Si se tiene a mal que Montevideo haya sido la primera ciudad de América que manifestase el noble y enérgico sentimiento de igualarse con las Ciudades de su Madre Patria, fuera de lo dicho, y de hallarse por su localidad más expuesta que ninguna de las otras, la obligaron a eso circunstancias que son notorias y no es un delito ceder a la necesidad.

También fue la primera Ciudad que despertó el valor dormido de los americanos.

Entre tanto yo, que respeto á Vuestra Soberanía Ilustrísima por su alta dignidad, y como a mi Prelado, me doy por suspenso de la facultad de celebrar, predicar y confesar a consecuencia del oficio de Vuestra Señoría ilustrísima de 26 del corriente que se sirvió dirigirme por el Presbítero Don Ángel Saúco, pues teniendo el honor de haber sido elegido por Vocal de esta Junta, ni puedo dejar de cumplir con la sagrada obligación que me ha impuesto la Patria y cuya salud es la suprema Ley, ni puedo por ahora comparecer personalmente a dar cuenta de mi conducta al Tribunal de Vuestra Señoría Ilustrísima—Dios guarde a Vuestra Señoría Ilustrísima muchos años.

Montevideo noviembre 30 de 1808”.

Así afrontó el presbítero montevideano el problema de conciencia que le planteaba su superior jerárquico, adelantándose a uno de los fundamentos jurídicos del movimiento juntista americano. Para el año 1813 el gobierno patrio de Guadalupe le solicitó que redactara unos apuntes destinado a instruir a los agricultores de la campaña, lo que dio origen a la redacción de sus Observaciones y en las que recogió el fruto de su experiencia. Así, “unas veces enredado con los libros y otra con los árboles”, pasó Pérez Castellano la mitad de su vida. Consagró 40 años al cultivo de su chacra en Miguelete y antes de morir, el 4 de septiembre de 1815, legó sus libros para la creación de la primera Biblioteca Pública de Montevideo.

Desde que Pérez Castellano, el primer intelectual nativo, describe su ciudad, nace, crece y se organiza independientemente un espíritu y una literatura que podemos llamar uruguaya y rioplatense. Nacida del tronco hispano, fraguada en el crisol virreinal, que luego sería revolucionario-americano y luego regional-rioplatense consigue gradualmente un matiz diferencial, original, que le confiere autonomía dentro de las literaturas americanas de lengua española con una sensibilidad y una problemática peculiar. De esta forma las ciudades, las sociedades que las habitarán, los letrados que las explicarán, se fundan y se desarrollan en el mismo tiempo.

Fuente:

Rama, A. La ciudad letrada. Montevideo, Arca, 1998.

Pérez Castellano, J. Crónicas Históricas. Montevideo, Biblioteca Artigas, 1968

García Acevedo, D. Revista Histórica de la Universidad. No. 1. Montevideo, 1907.

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