EL MIEDO A LA MEDIOCRIDAD

Por Federico Firpo

 “… ¿Sabés cuál es tu miedo Fede?, el mismo que tenemos todos… el miedo a la mediocridad.”

Este texto está dedicado a todos aquellos que se encuentren caminando por ahí, sin saber aún por qué, ni para donde. Producto de una charla con un sabio amigo veinteañero, de quien no pude pasar por alto una frase tan sencilla, pero a la vez tan cierta, que da miedo.

Advertir acerca de la existencia de fantasmas y demonios, comiéndose nuestras cabezas, no supondría nada nuevo. Sin embargo, hablar de mediocridad, en torno a los más profundos miedos personales, si nos pone en la obligación de indagar en lo oculto de nuestras propias miradas: las que nos hacemos sobre nosotros mismos, las que sobre nosotros otros se hacen y, lógicamente, las que sobre los otros hacemos.

Se hace muy difícil hablar, ya que difícil es discernir cuándo realmente estamos hablando de otros, o bien no reconociendo las falencias propias. Así de complicado resulta ser el derrotero de las mediocridades. Todo está en el miedo a la mediocridad, porque todos y cada uno de nuestros actos conviven con las almas de esta desgracia. Siempre estará. Ya sea por acción u omisión. Y es que la paradoja del mediocre consiste en que, probablemente, cuando apuntemos con el dedo, señalando a alguien más, en tanto acreedor de la mediocridad, estemos en realidad generando un mecanismo de autodefensa, es decir tirando nuestros karmas sobre los demás. Por lo que somos espíritus perfectibles, más nunca perfectos, muchísimo menos en todo lo que hacemos, todo el tiempo. Y no querremos nunca que se hagan visibles nuestros puntos débiles.

Podemos plantear una suerte de analogía entre la mediocridad y la culpa, ya que en ambos casos, pretendemos salvarnos refugiándonos en el otro, en los otros, nunca en uno mismo. Paradójicamente, vencer los hilos que estos monstruos tejen al interior de nuestros suelos, implica valerse de uno mismo, para saber cómo y cuándo elevar esa tan dificultosa auto convicción. Permanentemente queremos desligarnos de cualquier acto que pueda tildarnos de medio pelo, o de actor de poca monta. Será por eso qué, vivimos buscando las culpas afuera. Quizás, el principio del camino a la victoria esté en hacernos cargo de que, muchas veces, la mediocridad que creemos ver en el otro, es en definitiva, la que reposa oscura, sobre nuestras propias conciencias.

La única que nos queda, en tal caso, es mantener el permanente movimiento. Solo mediados por nuestras propias iniciativas venceremos todo atropello de las mentes; propias y ajenas. No significa esto que dejemos de caer en lo profundo de cualquier angustia renaciente. Aún cuando nos definamos por ese invariable caminar, tendremos que hacerlo sabiendo que el miedo de los merodeadores se posará sobre nuestras espaldas, como quien quiere clavar una daga. Y es justamente en ese momento, que no podrán detenernos, ya qué, la sangre que fluye por nuestras venas, no será de nadie más que de nosotros mismos.

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