AMÉRICA ENTRE BOLÍVAR Y MARTÍ

Por Ernesto García

El monarca de México Montezuma, preso por Cortés y muerto; Atahualpa, Inca del Perú, destruido por Francisco Pizarro y Diego de Almagro. La diferencia entre la suerte de los reyes españoles y de los americanos no admite comparación; los primeros fueron tratados con dignidad, conservados, y al fin recobraron su libertad y trono; mientras que los últimos sufrieron tormentos inauditos y los vilipendios más vergonzosos, denuncia Simón Bolívar en sus Escritos políticos.  Igual destino sufrieron el rey de Michoacán, Catzontzín; el Zipa de Bogotá, los Toquis, Imas, Zipas, Ulmenes, Caciques y demás dignidades indianas que sucumbieron al poder español.

Ante esas aberraciones de la historia diría Martí, tranquilo Simón, las armas del juicio, serán hoy las que vencerán a las otras.  El buen gobernante en América no será el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sepa con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en conjunto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Y como sumergidos en este diálogo imaginario, en el legado de estos grandes hombres de América, en sus palabras, en sus pensamientos, contestaría Bolívar, se hace difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, querido Martí, establecer principios sobre su política, y profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Considero el estado natural de la América, como cuando desplomado el Imperio Romano, cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos de sus jefes, familias o corporaciones, con la diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones; más nosotros, apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles. Americanos por nacimiento y nuestros los derechos de Europa, tenemos que disputar estos a los del país y mantenernos en él contra la invasión de los invasores.

El libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural, dice Martí. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Cuanto de verdad, de realidad o de deseo haya en las palabras de Martí, es algo que nos retumbara en el pecho, que correrá por nuestras venas, abiertas a la historia de América Latina. Ciertas o no, reales o no, esta claro que para que América sea nuestra deberemos vencer y luchar contra el libro importado, los letrados artificiales, el criollo exótico, contra una razón ciega que se alimenta de nuestros pueblos y hecha sus raíces en otro lado. Contra un poder que está en todas partes y en ningún lado. Que se materializa en el hambre, la miseria, la angustia, la explotación y la depresión de los pueblos, pero que no da la cara, no se deja ver.

Que las almas generosas se interesen en la suerte del pueblo, dice Bolívar. Esa inmensa población de moradores de habitaciones campestres y muchas veces errantes, labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de los espesos e inmensos bosques, llanuras solitarias y aisladas entre lagos y ríos caudalosos. Es necesario que luchen y que se esmeren por recobrar los derechos con que el Creador y la Naturaleza lo han dotado. Hoy, América Latina parece dispuesta a recobrar sus fuerzas, el Frente Amplio en Uruguay ganando la intendencia de Montevideo y otros departamentos, la victoria del MAS en Bolivia, la oportunidad histórica del pueblo chileno de crear una nueva Constitución, más justa. Pero la derecha no esta derrotada, el exceso de optimismo, la alegría desmesurada puede ser contraproducente, no deja pensar. Los títeres como Almagro, secretario general de la OEA, pululan por todo el territorio. Hay que ser cautos e inteligentes. No se pueden describir los procesos históricos, dice Franco «Bifo» Berardi en Futurabillity, en términos de problemas y soluciones. La solución del problema solo existe en el ámbito de las matemáticas. En el mundo humano, los problemas no se resuelven, ya que el proceso de cura es interminable.

Como dice Martí, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.Para ello será necesario, según Bolívar, que la posición de los moradores americano deje de ser puramente pasiva: de existencia política nula. Más aún, que deje de estar en un grado más por debajo de la servidumbre y con una mayor dificultad para gozar la libertad. Que las administraciones absolutas reconozcan sus límites en el ejercicio de las facultades gubernativas. Que la voluntad del soberano despótico deje de ser la ley suprema. Subordinada, la administración civil, militar, y política, de rentas y religión; además de privarnos de los derechos que nos corresponden, nos dejan en una especie de infancia permanente con respecto a las transacciones públicas. Los americanos, en el sistema español, como hoy, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más el de simples consumidores.

Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan, nos exhorta Martí. El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla. A los que le desafían, respeta: nunca a sus cómplices. Será la unidad en la diversidad, la integración, la cooperación, la solidaridad y el desarrollo de las capacidades nacionales y regionales, lo que nos permitan avanzar hacia una mayor prosperidad y bienestar de los pueblos latinoamericanos y caribeños.

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