RIESGO Y DESTINO

Por Ernesto García

“…en la medida en que el sujeto se torna artista, se redime de su voluntad y se transforma,

por así decirlo, en un médium por el cual y a través del cual el único sujeto

 verdaderamente existente festeja su redención en la apariencia”.

-Nietzsche, F.-

En El nacimiento de la tragedia Nietzsche nos dice: “con gestos sublimes Apolo nos muestra por qué se necesita todo este mundo de tormentos para presionar al individuo a crear la visión liberadora y cómo luego, embebido en la contemplación de ésta, se sienta tranquilo sobre su embarcación arrastrada por los vaivenes del mar”. La monstruosa desconfianza frente a los poderes titánicos de la naturaleza y el destino, la unidad del hombre con la naturaleza, contemplada con nostalgia por el hombre moderno que, para poder vivir no tiene más remedio que crear nuevos dioses, especie de majestuosas figuras olímpicas, de gran esplendor y eterna juventud y riqueza, arrastra a los orgullosos huérfanos religiosos, embarcados sobre su arrogancia atea, a las orillas de los modernos altares de sus nuevos dioses olímpicos, en búsqueda de elevación moral, espiritualización y miradas piadosas. Esa existencia exuberante, triunfante, en la cual todo lo que existe, sea bueno o malo, queda divinizado, deja perplejo al observador, el cual se pregunta, solo, frente a la pantalla, cuál es el secreto de esos orgullosos hombres y mujeres para disfrutar de todo, en contraposición a su penosa existencia que, para poder seguir viviendo, necesita embriagarse frente a la brillante luz digital de sus nuevos dioses. ¿Cómo soportar la existencia? Los dioses vienen a justifican la vida humana y cómo en cualquier otra religión el hombre intenta imitar al arte, se quiere parecer a sus dioses. Envuelto en el maravilloso brillo led de sus dioses, siente la existencia como algo que vale la pena vivir, pero sin renunciar a la comodidad que lo abraza. ¡Pero ojo! Apolo en cuanto divinidad ética, exige de los suyos mesura, y el negocio es la medida de todas las cosas.

Sin embargo, es el dolor desmesurado el que se eleva como verdad, el conflicto y el éxtasis nacido de los dolores hablan de sí mismos desde el corazón de la naturaleza. La religión de la vida, sus ritos y prácticas diarias se elevan como fuerza social, como fuerza de la sociedad sobre el individuo. No es que la vida diaria comporte hoy más riesgos que en épocas anteriores. La noción de riego reviste una importancia central en una sociedad, como la de hoy, que se despide del pasado, de las formas tradicionales de hacer las cosas, y se abre a un futuro cada vez más problemático. Un futuro que tiene una incognoscibilidad intrínseca que lo hace estar cada vez más separado del pasado, razón de que el futuro se convierte en un terreno nuevo, fuera del cálculo y el algoritmo; imprevisto. Donde la planificación de la vida se desvanece, se hace imposible. Donde la colonización del futuro por el capitalismo mina el presente de un futuro cada vez más incierto.

Es en el estudio de la política, quizá con Maquiavelo, el primer terreno donde se transformó la noción de destino. “En el pensamiento griego –dice Giddens-, el destino (moira) era el portador de la perdición y la muerte y se consideraba un gran poder (anterior a los dioses más antiguos)”. ¡Oh dioses, que destino golpea a la puerta! Las posibilidades de vida individual están directamente vinculadas a la economía capitalista mundial, un sistema irracional, que alimenta las miserias del ser humano y lo hace cautivo de una actitud fatalista que acepta resignadamente el curso de los acontecimientos. Gran parte de la vida cotidiana –se cree– carece de consecuencias por lo que respecta al individuo y no se considera especialmente decisiva para los objetivos generales. Es ahí donde matar o perder el tiempo, el sagrado tiempo libre, ese tiempo muerto que dejan las obligaciones – ¡porque hay que pagar la cuota de las 52 pulgadas! -, se desliga del resto de la vida de las personas, pero el tiempo no muere, Saturno devora a su hijo. Es ahí, cuando los hijos del tiempo ofrendan sus lágrimas y emociones en el altar de sus dioses de diodo, embriagados en la luz de la apariencia.  Los momentos decisivos, aquellos en que los individuos se ven llamados a tomar decisiones determinantes para sus ambiciones o vidas futuras quedan en suspenso. La nada, la ceguera de las luces led. El algoritmo sabe de apariencias, selecciona dioses personalizados. Y sabe bien que la apariencia corporal concierne a todas aquellas características de la superficie del cuerpo, incluida las formas de vestir. Que la apariencia esconde y revela la identidad social, más que personal. Y que los modos de esa apariencia están influidos por presiones de grupo, la publicidad y los recursos socioeconómicos.

Las elecciones de vida están determinadas por las cada vez más acotadas opciones de vida. Y el algoritmo solo muestra lo que quieren, pueden y deben ver. El riesgo afecta a los acontecimientos futuros, están relacionados con las prácticas presentes y el presente está cada vez más acotado. La aceptación de ciertos riesgos se da dentro de ciertos límites como consecuencia de la búsqueda y mantenimiento de un determinado estilo de vida. Nadie arriesga nada. Existen los riesgos asumidos voluntariamente y los riegos que impone la vida social o un modelo de estilo de vida adoptado. La bolsa, como otros ámbitos de riesgo institucionalizados, utilizan activamente el riesgo para crear el futuro, que luego será colonizado. Pero no todos quieren o pueden jugar el juego, no todos parten de las mismas condiciones y el riesgo se hace doble. La introducción de los sistemas abstractos en la vida cotidiana, unida a la naturaleza dinámica del conocimiento, significa que la conciencia de riesgo se infiltra en la casi totalidad de las acciones de los seres humanos.

La interpretación del riesgo en el caso de un individuo o grupo de individuos depende de si se introducen o no cambios en el estilo de vida.  Parte del estilo de vida, una vez establecido, puede ser muy difícil de alterar, está arraigado en la conducta personal. Es difícil hallarse cómodo en un mundo que sin duda es problemático, más en la época de la modernidad reciente, donde ciertos desastres son una anticipación de lo que podría suceder, y los caminos hacia los posibles desastres pueden pasar completamente desapercibidos. Son los momentos en los que los héroes trágicos, en otros tiempos, consultaban los oráculos o acudían a las fuerzas divinas para torcer el destino. Hoy se recurre a los expertos del desastre. Ya no hay héroes trágicos, están cansados, estáticos, contemplando la tragedia, los destellos luminosos. Sin embargo, algo está claro, el auténtico fin queda oculto detrás de las imágenes ilusorias. Aferrándolos a la ilusión, los villanos consiguen su propósito a través de ella, sus criaturas son glorificadas en un mundo perfecto y el espejismo se vuelve real.