LA DEUDA INTERNA

Por Juan Meza

45 años han pasado del inicio de la última dictadura militar que golpeó al pueblo argentino. El plan sistemático de exterminio de la Junta Militar, no fue solamente de los 30.000 compañeres detenides desaparecides, sino que fue el exterminio de todo el pueblo en su conjunto. Las bases sólidas con las que forjaron su adoctrinamiento económico y cultural de la sociedad, derrumbarlo.

El plan fue claro desde el principio, hundir al pueblo argentino. ¿Hundirlo en dónde o en qué? En la pobreza que no es más ni menos que la misma que vemos hoy. Con la panza vacía es difícil pensar y actuar. Y en eso se centraron y, a base de imposición y fuerza, nos dejaron una estructura cultural y económica bien sólida que en estos casi 38 años de democracia aún no hemos podido destruir.

Antes del golpe que sacudió al país el 24 de marzo de 1976, apenas dos años antes, en 1974 el país, en términos económicos vivió su mejor año. La pobreza había alcanzado su piso de 2,7%, claro que esto no tiene que ser motivo de alegría y de pechos inflados, pero se llama capitalismo. La participación de las ganancias del pueblo trabajador era casi del 50%, lo que hacía una sociedad más justa, o al menos con menos injusticia social por la corta brecha entre los que mas tenían con los que menos tenían. El trabajo informal, o en negro era del 10%. Si lo comparamos con la actualidad, estos números son de otra galaxia. Hoy en día más del 40% de les argentines son pobres, siendo más del 60% niñes los que habitan en ese lugar. El trabajo informal también está sentado en un piso del 40%, muy lejos de ese 10% de 1974. Estos números que asustan no son solo producto de las políticas nefastas que llevó adelante Macri, tampoco de la frágil firmeza de Alberto Fernández, tampoco de los 12 años de kirchnerismo, como tampoco de Duhalde, De La Rúa, Menem y Alfonsín, sino que son productos de que estos nombres propios siguieron adelante con un modelo económico que solo supo traer miserias, y ningune tuvo la habilidad o el coraje de modificarlo.

Hay dos leyes, de entre otras que ha dejado el último proceso, que son pilares. La 21.526 y la 21.382. Así, las leyes en números no dicen nada, pero si nos ponemos a ver en detalle, la 21.526 es la Ley de Entidades Financieras, que fue sancionada en 1977. Esta Ley, dio vía libre a las entidades financieras de captar depósito y regir sus propias tasas de interés. Esto provocó el fuerte predominio de la especulación, acentuándose en el período democrático de Carlos Saúl Menem. Mientras que la otra, la 21.382 es la Ley de Inversiones Extranjeras, liberó la entrada al país de inversiones casi sin ninguna restricción, compitiendo con las locales y sin ser obligadas a la reinversión, lo que se conoce como “el capital golondrina”. Si bien ambas tuvieron sus modificatorias a lo largo de estos años, sus espíritus siguen vigentes, y son gran parte de la estructura de este sistema perverso que hambrea cada vez a más personas.

La primera etapa del golpe de manos de la Junta Militar liderada por Videla, en materia económica fue el congelamiento de los salarios, en tan solo en el primer año se redujo al 40% y para el final de la dictadura cayó al 60%. También hubo devaluación de la moneda, apertura de importaciones y se dejó de promocionar las exportaciones industriales. Todo basado sobre la Ley de Entidades Financieras, que provocó esta desindustrialización, provocando miserias en la mayoría de la población. Este es no solo el primer punto en el cambio económico, sino que además es el primer y fundamental punto de cambio cultural. Por primera vez en la historia de nuestro país comenzamos a mirar hacia el dólar y pensar que, lo que viene de afuera es mejor que lo que producimos acá, que no es solo un pensamiento colectivo, sino que va de la mano con la desarticulación de la industria, precarizando al obrero, creando nuevos pobres que deben hacer más horas de trabajo para llevar un plato de comida a la mesa.

La segunda etapa, con Martínez de Hoz a la cabeza, se inició con “la tablita cambiaria”. Este quiebre en diciembre de 1978, fue fundamental para acentuar y reafirmar eso que habían venido a hacer: desindustrializar al país y darle paso a los capitales extranjeros y sus especulaciones. Con la famosa “tablita” se depreció la moneda local provocando el cierre de fábricas viéndose éstas, imposibilitadas de competir con los productos importadores por el bajo precio que tenían, producto de la apertura que se sucedió un año antes.

El 24 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh escribía su Carta Abierta y en ella exponía mejor que nadie y en tiempo real lo que hoy seguimos viendo: “…En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada. En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron. Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la «racionalización». Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe. Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar «el país», han sido ustedes más afortunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia. Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.”

Todo este plan no llegó a poner orden, sino que diagramado y maniobrado desde el país del norte vino a poner fin a una era de crecimiento en el país, que para inicio de la dictadura, tenía una deuda externa de casi ocho mil millones de dólares y para el final fueron casi 45 mil millones de dólares. Podría decirse que el último desembarco del Fondo Monetario Internacional (FMI) en nuestro país, de la mano de Mauricio Macri, “prestándonos” una cifra similar a la que dejó la dictadura es sumamente simbólica y para nada fuera de contexto.

Soñar es la única prueba concreta de la existencia del hombre y en eso estamos siguiendo el legado de les 30.000 compañeres detenides desaparecides quienes soñaron un mundo mejor y más justo y por el que hoy, seguimos dando batalla, para modificar las bases económicas y culturales que la última dictadura nos dejó y que la democracia aún no supo cómo derribar.

 

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