AMAR EN DICTADURA: UNA HISTORIA DE AMOR DENTRO DEL HORROR

Por Carlos Pagés

Imagen Martín Vera

“Vení, putito, vení para acá. Acá te dije, carajo, acá, date vuelta”. Así, palabra más, palabra menos, comenzaba el ritual de cada noche. Corría 1977. Yo acababa de terminar el secundario. A mi pareja todavía le faltaba un año. Los dos laburábamos por la mañana y cursábamos el bachillerato vespertino. Como yo había terminado, la pasaba a buscar a la salida de clases, en San Martín, íbamos juntos en bondi hasta su casa de Villa Urquiza, me quedaba un rato, y me volvía a Villa Ballester en el último tren complementario.

“Vení, putito. Acá te dije, carajo, date vuelta”, era, palabra más, palabra menos, la consigna que me esperaba cada noche al llegar a la estación de Villa Urquiza. Los dos canas que estaban en el andén me pedían documentos, me forreaban, me empujaban, me ponían a hacer salto de rana, me tiraban del pelo, me sopapeaban, me hacían comentarios sobre la ropa, me tocaban el culo, los genitales, me daban besos, me apoyaban el cañon de la Itaca en el estómago o en la nuca, me pasaban la pistola por la cara. A veces la gatillaban.

“Te gusta que te toque acá, ¿no?”, me decía uno mientras me pasaba la mano por las nalgas buscando el ano. “¿Esto es un documento o una libreta de carnicero?”, me decía el otro, antes de tirar mi DNI a las vías, instantes antes de que la formación llegara al andén, obligándome a bajar a buscarlo con el silbido del tren como música de fondo. “¿Hay para hombres de éstas?», dijo una vuelta el primero, mientras me obligaba a sacarme una camisa que yo mismo había pintado a mano. «Ah, ¿tenés camiseta abajo? Entonces no la necesitás», soltó, mientras se la revoleaba al segundo, quien la metió prontamente en una bolsa después de abarajarla. “¿Qué llevás ahí? ¿Discos? Música de putos, faloperos y degenerados”, dijo alguno de los dos, mientras miraba la tapa de un disco de James Taylor. “Tenés que tener cuidado con estos discos porque se rompen de nada”, comentó, antes de partir el vinilo en pedazos y tirarlo al piso.

El ritual duraba entre cinco y diez minutos. Cada noche. Después de haberme basureado, violentado y humillado, me hacían esperar el tren arrodillado o con la cara contra la pared. ¿Cuál era mi culpa? Ser joven, tener el pelo largo, animarme a salir de noche. ¿Por qué lo hacían? Porque sí, porque podían, porque alguien les había otorgado poder sobre la vida y la dignidad de los otros. ¿Por qué me lo banqué? Porque en esos tiempos los novios no podían quedarse a dormir en casa de sus novias, y era pasar por esta vejación cotidiana o dejar de ver a mi pareja durante toda la semana. Porque aun atravesando el infierno es necesario seguir dando dando cuenta del amor.

¿Horrorizados? Tranquilos. Yo no era militante y aunque la guadaña pasó cerca varias veces, la saqué baratísima. Muchos de mis compañeros y compañeras de secundaria, 14, 16, 17 años, cayeron como moscas. Yo fui uno de los afortunados sobrevivientes. A mí nunca me detuvieron, no me pegaron brutalmente, no me torturaron, no me violaron, no me robaron un bebé, y sobre todo, no me desaparecieron. Acá estoy, con vida, para narrarles a quienes no la vivieron, apenas una acuarela cotidiana de la vida en dictadura de una persona cualquiera. Sepan de todas maneras que, aunque comparto una sola para no abusar, podría seguir hasta mañana. Tengo una pinacoteca entera cubriendo cada centímetro de mi memoria.

 

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