A VEINTE AÑOS DEL «ARGENTINAZO»

Por Redacción Ancap

                                                                                                                «Cuando los pueblos se hartan, suelen hacer tronar el escarmiento.»

Juan Domingo Perón.

«Si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos, si cada hombre (y cada mujer) no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía.»

Mariano Moreno.

 

Aquellas luctuosas jornadas de los días 19 y 20 de diciembre del año 2001 en las que miles y miles de personas salieron a la calle a manifestar el descontento y la bronca ocasionados por las antipopulares políticas motorizadas por el gobierno aliancista de Fernando De la Rúa, merecen, a nuestro entender, a veinte años de ocurridas, algunas reflexiones sobre las que el tiempo transcurrido y algunos hechos políticos que tuvieron lugar a raíz de ellas, arrojan cierta luz a la vez que las complejizan.

Dos décadas han pasado y ya hay en el país toda una generación de compatriotas que sin haber vivido la crisis que hizo tambalear al sistema político argentino, hoy es presa de la rapiña electoralista de la casta que estuvo próxima a desaparecer bajo el peso de una consigna coreada en todo el territorio nacional aquel tórrido fin de primavera.

Según Alfredo Le Pera (autor de la letra del famosísimo tango que inmortalizara Carlos Gardel sonorizando un regreso), quien vuelve tiende a sentir que «veinte años no es nada». Pero para quienes se quedan, apuestan, luchan, trabajan, y sueñan bajo el cielo que les vio crecer, cuatro lustros son tiempo suficiente para que, o bien se cumplan sus aspiraciones y proyectos o, al revisar el propio pasado próximo, se comprenda que de a poco han valido esfuerzos y sacrificios parciales, los cuales por no haber sido orientados estratégicamente hacia el objetivo a alcanzar, se han desperdiciado y muchas veces han caído en la esterilidad.

A juzgar por datos oficiales y realidades vividas de aquel entonces que, si se contrastan con cifras económicas y sociales de la actualidad, dan cuenta de que el segundo es el caso del pueblo argentino, cualquiera puede llegar a la conclusión de que nada ha cambiado en términos de pobreza, desempleo, corrupción, desigualdad, etc., en estos largos años. No obstante esto, la acumulación de experiencia es inexorable y una mirada retrospectiva sobre la evolución política de nuestra sociedad puede brindar elementos para repensar lo acontecido, aprender de los errores y reorientar las acciones colectivas con el fin de que nuestro pueblo comience a ser artífice de su destino y quien, verdaderamente y sin intermediaciones leoninas, decida concretamente sobre los asuntos fundamentales de su realidad cotidiana.

No es nuestra intención narrar aquí la crónica de la revuelta popular argentina de comienzos del tercer milenio, más sí destacar algunos hechos y acontecimientos que a lo largo del tiempo han ido configurando la situación actual, tan distinta y tan igual a la vivenciada hace ya veinte años.

La chispa que encendió la mecha del polvorín que era el país hacia finales de 2001 fue el anuncio de la medida por la que el gobierno negaba a ahorristas bancarizados la posibilidad de retirar el dinero «guardado» en plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorro, conocida mundialmente como «el corralito». Efectivamente, con el decreto 1570/2001 del 3 de diciembre, que restringía la libre disposición del dinero en efectivo depositado en entidades bancarias, el poder ejecutivo, queriendo evitar una fuga de capitales que ya se había operado con la anuencia y la complicidad de altos funcionarios, acogotó a la clase media que comenzó a sentir en carne propia la carestía que desde hacía años venían padeciendo los sectores mas relegados de la población.

Esta «acción de gobierno» llevó a una tal escasez de circulante que gran parte de la ciudadanía vio empeorar drásticamente su calidad de vida, hasta el punto de que a millones de familias les faltó el pan por esos días. De resultas de esta situación, grupos de personas, elementalmente organizadas e instintivamente movidas por el reflejo de satisfacer su necesidad mas básica (comer), comenzaron a concentrarse frente a grandes tiendas y mercados exigiendo comida en actitud de tomarla por sus propias manos si no les era entregada por la vía pacífica. El rumor de tripas se iba convirtiendo en rumor de batalla y se generalizaba sordamente en las capas más desfavorecidas ante la mirada atónita del «medio pelo argentino» que, viendo amenazada su inestable posición social, por arriba y por abajo, cabildeaba en su burbuja quejándose a la vez de la corrupción e ineptitud del gobierno y de los «violentos métodos» que utilizaban los «negros piqueteros» para hacer oír sus demandas. Con todo, la soga se tensaba y quienes poseían algo que conservar se preparaban para enfrentar a quienes pretendían tomar algo de lo que, por generaciones, les había sido negado. Alertado, el gobierno comenzó el despliegue de sus fuerzas represivas apostando efectivos en empresas de energía, bancos, hipermercados, y todo posible objetivo de expropiación sumaria por parte de la turba vindicadora que de a poco iba perdiendo el miedo.

Hacia la segunda semana de ese último mes del año, las centrales obreras mas nutridas, organizadas y burocratizadas, declararon (pour la galerie) la séptima huelga general contra las maniobras económicas, políticas y sociales de la casta gobernante, en tanto que el incipiente Movimiento de Trabajadores Desocupados, nacido como consecuencia de la destrucción de millones de empleos producto de las fraudulentas privatizaciones operadas por el menemismo y de la desindustrialización comenzada por la última dictadura, acumulaba fuerzas y experiencias en cortes de rutas y asambleas donde se analizaba la coyuntura y se decidían las acciones a tomar frente a la total deslegitimación de las instituciones tradicionales que, no solo hacían oídos sordos a los reclamos, sino que abiertamente tomaban partido por los monopolios. A la huelga se sumaron trabajadores y trabajadoras del pequeño comercio, cuentapropistas, profesionales y amplios sectores de la población que hasta ese momento parecían indiferentes al contexto sociopolítico imperante. Por su parte, jubilados y jubiladas a quienes junto a trabajadores estatales el gobierno había recortado el sueldo en un 13%, retomaron las marchas y ocupaciones de sedes del PAMI iniciadas la década anterior por la Heroína Norma Pla.

Trabajadoras de casas particulares, albañiles, maestras, profesores, estudiantes, pibas y pibes de la calle, enfermeras, médicos, asalariados con trabajo o sin él, sentían la cuerda al cuello por la paralización de la economía «formal» e «informal» y el murmullo de la rebelión se percibía en los diálogos cotidianos.

En simultáneo con la paralización de casi todas las actividades comenzaron las primeras explosiones violentas. Los primeros saqueos dieron lugar a las primeras balas, las primeras balas a las primeras muertes.

La rabia, la paranoia, las ansias de cambio, el arrojo, las cobardías, pequeños gestos de mezquindad, grandes actitudes solidarias, especulaciones y desprendimientos, componían la atmósfera en la que iba fermentando la levadura que elevaba el pan de la utopía. Ya corría de boca en boca el «que se vayan todos«.

A tontas y a locas el gobierno aliancista lanzaba decretos y disposiciones intentando contener por las buenas y por las malas el desborde de miles y miles de personas que se aventuraban a las calles, en forma pacífica algunas, con iracunda actividad otras. Imposibilitado de retomar el control, De la Rúa no tuvo mejor idea que decretar el estado de sitio en todo el territorio nacional, lo que fue percibido por la muchedumbre como el intento de apagar un incendio con nafta. A partir de este decreto, los sucesos son bastante recordados. La tarde-noche del 19 el tintineo tímido de cacerolas, como símbolo inequívoco de que en la Argentina ya no se podía parar la olla, fue «in crescendo» y cercando los centros del poder político identificados en el Congreso Nacional y la Casa Rosada, musicalizando así el drama de una sociedad pariendo nuevas formas. Mientras tanto, muchos barrios de las periferias de las grandes ciudades organizaban la vigilia con fogatas en las esquinas, donde reinaba la confusión sobre el desenlace que podrían llegar a tener los acontecimientos. El boca en boca traía noticias no siempre precisas de saqueos e incendios, de enfrentamientos entre pobres, de sañas policiales y parapoliciales.

Fenómeno digno de ver aquellas riadas humanas que parecían descender, desde los arrabales, al centro mismo de la ciudad donde se concentran los edificios estatales y las sucursales de bancos y empresas causantes y beneficiaras de la terrible crisis que soportaba el pueblo argentino. Pero el llamado «cacerolazo» fue algo más que eso.

La embestida represiva ordenada por De la Rúa para desalojar de manifestantes la Plaza de Mayo no hizo mas que exacerbar las pasiones de multitud de jóvenes, en su gran mayoría varones de esa estirpe gaucha en cuya sangre arden aún las llamas de malones y montoneras, quienes no pudiendo sufrir el atropello y la sevicia que uniformados y «de calle» ejecutaban sobre la manifestación, comenzaron a improvisar parapetos para guarecerse de las balas que ya principiaban la masacre contra la «primera línea» armada de cascotes y gomeras. En las inmediaciones, miles de Gavroches liberaron toda su potencia a pecho desnudo, dando bramidos de rabia que, enronquecidos por la bronca, se asemejaban a rugidos de fieros pumas. Uno en particular parecía ser el arquetipo de la resistencia, ya que ostentando sobre su abultada, larga, renegrida y enrulada cabellera una gorra de oficial de la Policía Federal Argentina medio chamuscada que hacía las veces de trofeo de guerra, descargaba una y otra vez su honda, entre el humo de la barricada, sobre los efectivos que respondían con plomo y gases.

«…Y para que haya de todo, señores, como en botica…», comenzada la batahola, un Renault 19 cruza a lo Starcky y Hutch la legendaria plaza para que su conductor, el inefable sindicalista gastronómico que acuñó la tristemente célebre frase que reza: «tenemos que para de robar, por lo menos dos años, en este país», sea saludado con adulación por dizque simpatizantes del Club Chacarita que se habían «autoconvocado» para sumarse al estallido. Lamentablemente, de este hecho no se conservan registros y solo lo conocemos por testimonio de un Compañero que merece nuestra entera confianza. Pero un puñado de imágenes sí han quedado retratadas por las cámaras. Permanecen como prueba irrefutable del coraje civil, de la autoorganización espontánea, de la solidaridad en momentos difíciles, de mancomunión de la voluntad popular y también como evidencia incontrastable de cómo las fuerzas de «seguridad», en última instancia, solo sirven para resguardar la integridad y los bienes de quienes mueven los hilos de su tropa de marionetas. Entonces, el mundo entero fue testigo de cuando la Caballería de la PFA atropellaba a un grupo de Madres de Plaza de Mayo, quienes muñidas de esa coraza moral que les proporciona su historia de lucha simbolizada en el pañuelo blanco, exigía a voz en cuello el cese de la represión, la renuncia del Presidente y daba la sensación de que querían proteger a todo el Pueblo bajo sus alas. “¡La plaza es de las Madres y no de los cobardes!», comenzó a corear la multitud enardecida y la «Montada del Pueblo”, ese escuadrón improvisado de trabajadores de motomensajería conocidos como motoqueros, arremetía sus CG y sus AX contra falanges de cosacos que, enhorquetados sobre inocentes corceles mestizos, disparaban con todo tipo de proyectiles a la población inerme. En tanto que con parte del combustible de esas motocicletas se intentaban cócteles molotov para contrarrestar los embistes de los uniformados, en las bambalinas de la Casa Rosada ya comenzaban a tejerse las redes que luego enredarían todo el proceso emancipatorio retomado en aquellas jornadas.

Tras la renuncia del ministro de economía Domingo Cavallo (a quién cabe gran parte de la responsabilidad de la debacle), entregada y aceptada alrededor de las 5 de la mañana del día 20 y que buscó infructuosamente darle aire a una gestión por demás derrumbada, De la Rúa convocó a los líderes del PJ a un «co-gobierno» con vistas a salvar la ropa y completar el mandato. Este manotazo de ahogado no encontró en el peronismo el salvavidas que lo rescatara, sino mas bien el nudo debajo del mentón que sostendría para la espectación de la sociedad el cadáver de un gobierno herido de muerte desde el «banelcogate» que provocara la huida de Carlos «Chacho» Álvarez de la vicepresidencia del país, allá por octubre del año 2000. A hurtadillas ingresaban al palacio presidencial y al despacho del primer mandatario ministros, senadores, diputados, asesores, voceros y toda una pléyade de oportunistas que, impulsados unos por el afán de salvar el pellejo y otros por la ambición de hacer leña del árbol caído, operaban mediáticamente con sus dichos u omisiones, buscando escabullirse aquellos, éstos intentando hacerse con los resortes del poder virtualmente vacante.

Hegemonizada la difusión de los hechos por un solo grupo multimediático, ya que por aquellos años el pueblo y sus organizaciones no contaban con elementos de registro como los que hoy dispone y los medios populares se encontraban aún en estado embrionario, el relato de lo ocurrido se centraba básicamente en lo que sucedía en la Ciudad de Buenos Aires, pero las poblaciones del mal llamado interior del país también aportaron su cuota de heroísmo y sangre en el intento de un amplísimo sector de la sociedad por transformar su destino. Prueba de esto es la nómina de asesinados y asesinadas que cuenta mártires en Río Negro, Corrientes, Tucumán, Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, a más de quienes cayeron enfrentando al aparato estatal en la Capital Federal y el Conurbano bonaerense. La víctima mas joven, Rosa Eloisa Paniagua, privada de la vida en Paraná, apenas tenía 13 años; el mas viejo de los masacrados, Alberto Márquez, ofrendó a la causa popular sus rebeldes 57, en la otrora Plaza de la Victoria.

Infinidad de hechos sucedidos por esos días en el país podrían narrarse en relación con esta historia que, además de rescatar particularidades e individualidades, abonarían la razón y el sentir de que en esas jornadas se estuvo muy cerca de dar vuelta la tortilla. Bástenos consignar que a la seguidilla de renuncias de funcionarios de todos los niveles de gestión incluido el presidente, quienes a regañadientes y por exigencia de la sociedad tuvieron que admitir su ineptitud para el manejo de la «res pública», se inició un proceso de empoderamiento ciudadano que tuvo su auge en la proliferación de asambleas barriales, verdaderos órganos de democracia directa por medio de las cuales la sociedad intentó encauzar las energías y tomar las riendas de su futuro. Dichas asambleas, que para miles y miles de personas fungieron como ámbitos de iniciación a la política y a la responsabilidad civil, fueron la herramienta con la que se inició el traspaso del espontaneísmo masivo a una nueva protoorganización popular sin precedentes desde la década de los ´60 y cuyos resabios pueden hallarse hoy en múltiples organizaciones y movimientos sociales y populares. La composición heterogénea de las mismas, los diversos grados de «formación política» de sus integrantes, así como también sus diferentes realidades socioeconómicas, fomentaban largos debates entre vecinos y vecinas de todas las edades, quienes intercambiaban sus pareceres sobre cuestiones macro y cotidianeidades en un claro intento de recomponer el tejido social desgarrado por el terrorismo de estado que asoló a la población entre 1974 y 1983. Lamentablemente los tiempos asamblearios no son los tiempos de los advenedizos y mientras cada asamblea debía consensuar la toma de decisiones en maratónicas sesiones, toda una caterva de oportunistas se cernía con velocidad sobre los viejos órganos de poder que agonizaban y los nuevos que florecían, rosqueando allí, aparateando allá, operando acullá. Mientras que en un verdadero campeonato de sancadillas políticas (que duró poco más de una semana) se sucedieron cinco presidentes, al interior de las asambleas sobraban «intelectuales orgánicos» que todo lo enredaban oficiando de mesías de nuevas religiones.

Los días siguientes al 20, la movilización popular continuó metiéndole presión a la casta gobernante y lo seguirá haciendo intermitentemente hasta nuestros días. La muchedumbre, por aquel entonces, fue testigo y hacedora de las huidas de De la Rúa, Puerta, Caamaño, Rodríguez Sáa y Duhalde; verdaderas victorias en el camino de la emancipación. Cierto es que éste último logró frenar por algunos meses el efecto dominó (tiempo suficiente para emparchar el sistema rescatando monopolios) a fuerza de subsidios a personas desempleadas, pagados con cuasi monedas estrenadas por la gestión aliancista conocidas como patacones y lecops, que paliaban mal y tarde la miseria generalizada. Éste paliativo no fue «universal» ni mucho menos, sino que en un principio era percibido por quienes se subordinaban al arbitrio de «punteros» y «manzaneras» que en la mayoría de los casos se quedaban con un porcentaje mensual de cada «Plan Jefes y Jefas de Hogar» que «beneficiarios/as» debían resignar si pretendían recibir la dádiva el mes siguiente. Tal situación, sumada a una drástica devaluación del peso, mas la promesa incumplida de que los/as «acorralados/as» que habían depositado dólares recibirían dólares y los/as que habían depositado pesos recibirían pesos, dio como resultado la delimitación de dos corrientes de reclamos que se le hacían al gobierno civil no-democrático que la «dirigencia» política había logrado improvisar con el fin de evitar el derrumbe del régimen e intentar su reconstrucción. Por un lado, la mayoría de las organizaciones sociales y los movimientos populares (cuyas filas se habían formado o engrosado por la protopolitización acelerada de las capas mas pauperizadas de la sociedad, ocasionada por la marea de los acontecimientos), quienes tomando como herramientas de acción el piquete, las marchas, los acampes, cortes de ruta y movilizaciones masivas, orientaron su lucha hacia objetivos urgentes como el pedido de alimentos y la incorporación de sus integrantes a los planes de «ayuda social», convirtiéndose así, con el correr del tiempo, en gestores de la limosna. Por el otro, ahorristas y personas cuyos ingresos se encontraban bancarizados se aglutinaron alrededor de la consigna «devuelvan los ahorros» y adoptaron como medio de protesta la concentración cacofónica frente a sucursales financieras y gubernamentales denominada «cacerolazo», que fue diluyéndose a medida que el repunte económico originado por la exportación de comoditis, permitió al Estado hacerse cargo de las deudas que los bancos mantenían con sus clientes.

Sin embargo aquellos fueron días de participación activa, donde la incierta realidad económica y la inagotable creatividad popular confluían para dar forma a interesantísimas experiencias sociales. De un punto a otro del territorio se vieron florecer Empresas y Fábricas Recuperadas por sus Trabajadores, Ferias Solidarias organizadas por Vendedores Ambulantes que intercambiaban con la población sus mercancías, a falta de dinero, por productos de todas las especies, lo que dio lugar a la creación del famoso «Club del Trueque», germen de lo que hoy conocemos como Economía Popular. «Merenderos», «Comedores», «Roperitos», «Centros Culturales», «Bachilleratos populares», «Cooperativas», «Medios de Comunicación Alternativos» y un sin fin de emprendimientos autogestivos de carácter socializador emergieron como hongos después de la lluvia, disputándole sentido al Capital y sus defensores.

En tanto que en su interinato Duhalde se contuvo de reprimir estas experiencias, la perspectiva de cambio fue en aumento para la gente de a pie, hecho que alimentaba el espíritu de participación y la combatividad hacia el interior de las organizaciones. Las movilizaciones se hacían cada vez mas multitudinarias y organizadas; los cortes de calles avenidas y rutas se tornaban estratégicos; la acción directa, la democracia de base, la autogestión y los intentos de coordinación de esfuerzos practicados por miles de núcleos a lo largo y ancho del país, desesperaron al gobierno de facto que, intensificando sus labores de «inteligencia» realizó un amplio operativo de infiltración de agentes de las fuerzas represivas en las asambleas abiertas donde el pueblo se organizaba y decidía. Sistema éste que se perfeccionaría en la «década ganada» y se plasmaría en el misterioso «Proyecto X».

Axiomático es que frente a mayor dinamismo y cohesión de los sectores descontentos, el establishment incremente su capacidad inquisitoria y organice la caza de brujas. Promediando el 2002, el «subsuelo de la patria sublevado» se aglutinaba en el creciente Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) que profundizaba sus análisis y parecía radicalizar sus acciones en pos de Trabajo, Dignidad y Cambio Social, mientras que la clase media pauperizada veía en dicho movimiento un catalizador para sus reclamos y aspiraciones. Luego de la «Marcha Grande» del 29 de enero, en la que unificando la protesta contra las maniobras de salvataje-impunidad que Duhalde y sus secuaces impulsaron en favor de bancos y monopolios, la confluencia entre «piquete y cacerola» parecía concretarse mientras que el poder real preparaba la arena para escarmentar a quienes osaban cuestionar los privilegios de los grupos económicos que habían llevado el país a la hecatombe. El corolario de esta trama de entrega e impunidad fue la «Masacre de Avellaneda» en la que cayeron enfrentando a la injusticia Maximiliano kosteky y Darío Santillán, presas de la cacería planificada que desató el «gobierno», utilizando como instrumentos a policías, gendarmes y prefectos, aquel fatídico 26 de junio en el Puente Pueyrredón.

Nuestro relato podría terminar aquí, ya que como consecuencia de la difusión de las imágenes que probaron la impudicia con la que los oficiales Acosta y Franchiotti cometieron los crímenes y se cebaron en los cuerpos de los dos caídos, Duhalde se vio obligado a convocar a elecciones apresuradas en las que, con dudosa legitimidad, resultara electo Néstor Kirchner. Pero lo cierto es que el «Argentinazo» no concluyó con la salida a hurtadillas del «Zabeca de Lomas»; ni con la asunción de un gobierno progresista que a fuerza de cooptación por dádivas y una pretendida ampliación de derechos lograra mantenerse mas de una década en el poder; ni con la restauración del neoliberalismo de la mano de Mauricio Macri; ni con el verso de «hay 2019» y su correlato tibio en el albertismo, sino que tales sucesos se imprimen en el proceso de lucha Nuestramericana y Plurinacional que va marcando a fuego su impronta en la Historia Grande de los pueblos. El magma que hizo eclosión en Argentina a finales del 2001 es el mismo que impulsó la ola progresista sudamericana que alcanzó su cénit el la cumbre contra el ALCA; el mismo que inspiró la Rebelión en Grecia, la Primavera Árabe, la lucha de las Mujeres Campesinas en India, el Movimiento de Mujeres con perspectiva internacional nacido en Argentina bajo la consigna «Ni Una Menos», las protestas de «Chalecos Amarillos» en Francia, las recientes Revueltas en Chile, Haití, Colombia, Ecuador, Perú y una interminable lista de acciones de masas que con mayor o menor éxito han minado los cimientos de un sistema global que en su decadencia pretende continuar depredando territorios y cuerpos en nombre de un pretendido y muy discutible progreso científico-tecnológico que solo beneficia a un 1% de la población mundial.

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