Por Eduarda Záitsev
Arte de tapa Martín Vera
El ultraneoliberal Javier Milei será, a partir del 10 de diciembre, el próximo Presidente de la Nación Argentina. Tras una despiadada campaña electoral cimentada en las redes sociales y con una ductilidad discursiva sin parangón, logró imponerse sobre el candidato Sergio Massa por una diferencia de casí 12% de los sufragios emitidos. La incertidumbre se enseñorea sobre una población harta de la dirigencia tradicional que nos ha conducido a niveles de disgregación social pocas veces vistos en nuestra joven Historia. El «sálvese quien pueda» está a la vuelta de la esquina y amenaza con hacerse carne, fomentado y aplaudido por el aparato cultural del poder real. El Pueblo trabajador, la inmensa mayoría que concurrió al «llamado de las urnas», se ha dado un «tiro en el pie» y, para muchxs, esto es inentendible. Sin embargo, lo ocurrido en los últimos comicios no fue magia y tiene causas y responsabilidades concretas. Para conocerlas, debemos hechar una ojeada sobre algunos acontecimientos políticos de las últimas décadas.
Reencauzada la crisis del capatitalismo en su etapa neoliberal que hizo eclosión en diciembre del año 2001, las clases dominantes se vieron obligadas a tolerar los gobiernos progresistas de Nestor y Cristina para poner paños frios al descontento popular y esperar vientos favorables para una nueva avanzada. Agotado el proceso kirchnerista, que alcanzó su techo al duplicar una clase media políticamente ignorante que luego se le volvería en contra, lxs dirigentes del Frente para la Victoria imitaron la actitud de Justo José de Urquiza, cuando el caudillo entreriano dió por perdida la ganada batalla de Pavón, a consecuencia de la cual el poder de la oligarquía bonaerense se impuso sobre sobre las poblaciones de las provincias. Así fue que, allanado el camino con el desplazamiento de Florencio Randazzo (posible candidato ganador, según las encuestas), quien fuera reemplazado arbitrariamente por el Popeye Scioli(candidato con menores chances), Mauricio Macri se consagró Presidente por una diferencia de menos de 2 puntos porcentuales. De allí en mas el retroceso para las clases populares se hizo evidente y la balanza se fue inclinando gradualmente en favor de los grupos empresarios en detrimento de las clases subalternas.

Las falacias de «pobreza cero», «brotes verdes», «segundo semestre» y «derrame» le sirvieron al macrismo para terminar (a duras penas y con crecientes manifestaciones de repudio) su mandato, a la salida del cual el poder adquisitivo de lxs trabajadores había descendido considerablemente. El malestar ocacionado por la gestión del empresario empujó a lxs votantes en brazos del reciclado Alberto Fernández, quien «cuarentena», «guerra», «Vicentín», «hidrovía», convalidación de la fraudulenta deuda externa y «sequía» de por medio, delegó virtualmente el poder en el «superministro» Sergio Massa (mutante de la política tradicional, nacido del riñón del antiperonismo fusilador de la UCeDE, colado en el menemismo, reabsorvido por el kirchnerismo, funsional al macrismo y advenedizo de pura cepa).
Mientras todo esto acontecía, el futuro presidente invertía fuerte en redes sociales y comenzaba a cooptar a cientos de miles de jóvenes a quienes, sin reclamarlo y sin tener herramientas intelectuales para ejercerlo, se les concedió gratuitamente el derecho a elegir mandatarixs. Enarbolando consignas que históricamente fueron levantadas por el campo popular, Javier Milei ganó inusitada visibilidad apelando al hartazgo de una sociedad asqueada de mentiras, corrupción, privaciones y destratos. Entre tanto, las organizaciones sociales y los partidos de izquierda movilizaban a lo mas pauperizado de la población en reclamo de migajas, aportando una sustantiva cuota frustración al caldo de cultivo del que surgió el engendro de «La Libertad Avanza».
Lo demás es conocido de todxs. La inflación galopante de la que se benefician los monopolios nos tiene en vilo. El deterioro de la calidad de vida de la inmensa mayoría es innegable. El irrefutable daño a la naturaleza a manos del extractivismo no tiene miras de ser revertido. La ignorancia, el entretenimiento, la distracción y el embrutecimiento hacen estragos en este aturdido conglomerado humano que conocemos como Argentina y, como dice el refrán: «a rio revuelto, ganancia de pescadores».
Pero si bien el panorama es a simple vista desolador, tenemos la certeza de que al tocar fondo sólo nos queda ir para arriba. Para ello habrá que inventar nuevas formas de asociación comunitaria, rescatando las experiencias organizativas que el sistema intenta invisibilizar. En ello jugará un papel importante la sabiduría de los pueblos originarios, la memoria de las resistencias populares de ayer y hoy y la gran creatividad que sepamos desplegar de aquí en mas para construir el nuevo paradigma cuyo centro sea la vida plena y no el afán de riqueza que el capitalismo se empeña en erigir.
