Por Dario Vallejos.
El ejercicio del poder viene cargado de diferentes aristas que lo conforman. Entre ellas,la naturalización de la violencia (sobre todo en los gobiernos derechistas) conforma gran parte de la organización social pretendida. Sobre este punto, la promoción de la violencia simbólica y la impunidad por abusos de poder en este tipo de gobiernos forman un entramado que legitima la violencia estatal, genera exclusión social y promueve una cultura de impunidad.
La práctica de la violencia no solo atenta desde lo físico o emocional, sino que se convierte en un instrumento práctico, no tangible y simbólico que, a través de discursos repetitivos, se toman como válidos y ciertos, llegando a instaurarse en la sociedad. Estos decires se arraigan en lo colectivo a través de la normalización y repetición constante en medios de comunicación, respaldados por el liderazgo político, la difusión de desinformación (fuente diluida) y, sobre todo, el impacto de las plataformas en línea que amplifican estos discursos, sumado a la falta de conciencia sobre la diversidad y los derechos humanos. Citando a Hannah Arendt: «La violencia, al igual que el poder, es esencialmente instrumental.» (Sobre la violencia, Hannah Arendt, 1970).
Detengámonos de todas maneras sobre la violencia simbólica. La misma influye en la manera en que las personas perciben la realidad, sus roles sociales y las relaciones de poder existentes. Esto se manifiesta en la naturalización de desigualdades y en la internalización de normas y valores que legitiman la opresión y la exclusión de ciertos grupos.
Para sumar al simbolismo, considero necesario hablar del concepto de «Sociedad del rendimiento» (La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han, 2010), donde podemos ver cómo la sociedad actual está limitada por la cultura del rendimiento, en la cual las personas se ven obligadas a ser productivas y eficientes en todos los ámbitos de la vida (estudios, trabajo,familia, etc.), lo que puede llevar al agotamiento y la alienación. Para ejemplificar, una clara idea es la tendencia a juzgar, discriminar y estigmatizar a aquellas personas que no se ajustan a las normas de belleza, éxito o felicidad «promovidas» en redes sociales, que pueden generar exclusión y violencia simbólica hacia quienes son percibidos como «diferentes» o «inferiores» según estos criterios. Los «likes» se han vuelto un instrumento de validación sobre los cuerpos y la vida de los individuos. A menor cantidad de «me gusta», mayor puede ser la percepción del rechazo, baja autoestima y exclusión social, contribuyendo así a la violencia simbólica al validar la imagen idealizada y promover la discriminación hacia aquellos que no cumplen con los estándares establecidos.
Dicho lo anterior, ¿Qué sucede cuando esa violencia simbólica es ejercida por los líderes que presiden Naciones? Existe algo a lo cual podemos denominar como verticalidad, lo cual implica que la violencia se dirige de arriba hacia abajo en una estructura de poder, donde los individuos o grupos con mayor poder tienen la capacidad de ejercer violencia sobre aquellos que tienen menos poder o estatus en la sociedad. En un contexto político, un líder que promueve discursos discriminatorios hacia minorías, repite frases establecidas en contextos dictatoriales o atenta directamente contra personas con discapacidad funcional, puede fomentar la violencia simbólica al validar y perpetuar estereotipos, prejuicios y actitudes negativas hacia estos grupos, lo que a su vez contribuye a una mayor exclusión y marginación en la sociedad. Además, la desregulación de entidades como el INADI, cuyo propósito es brindar asesoramiento y apoyo a personas discriminadas o víctimas de xenofobia y racismo, puede tener un impacto negativo al debilitar los mecanismos de protección y defensa de los derechos humanos. Esto puede dejar a las víctimas más expuestas a la violencia simbólica y a la falta de recursos para enfrentarla y superarla.
En el complejo entramado del ejercicio del poder y la violencia simbólica, podemos divisar una profunda reflexión sobre la naturaleza humana y la sociedad. La naturalización de la violencia como un instrumento de poder y la impunidad por abusos del uso de la misma, en gobiernos derechistas, dan forma a una realidad donde la opresión y la exclusión se aprueban, perpetuando una cultura de impunidad. La praxis de la violencia, en sus diversas formas, se convierte en un instrumento poderoso pero invisible, que, al serlo como tal, puede ser más difícil de abordar y combatir, ya que requiere un mayor nivel de conciencia y sensibilidad por parte de la sociedad y las instituciones para identificarla y confrontarla de manera efectiva. La falta de atención o de entidades que regulen estos accionares y la minimización de la violencia invisible pueden llevar a la normalización de comportamientos nocivos y a la perpetuación de la opresión y la exclusión en la sociedad.
La influencia de la violencia simbólica en la percepción de la realidad y en la internalización de normas y valores refleja una estructura de poder desigual que perpetúa la exclusión de cada individuo. De aquí mi pregunta: ¿Qué otras formas de violencia simbólica conocen? Y, ¿es posible erradicar la misma?
