Por Ana Cadabra
Todo en los últimos meses se ha convertido en una tormenta de arena, una ferocidad cercándonos e interponiéndose, inmiscuyéndose en todos nuestros sentidos, bajo las ropas, entre nosotres, sobre nuestros paisajes cotidianos, un jaleo de vidrios molidos obturando el respirar. Y aún así, aunque se lo propongan, no logran evitar, que en medio del torbellino, la ceguera, la dificultad para mantener los ojos abiertos, emerjan los hitos fundantes de nuestra memoria. Los mojones que nos recuerdan quiénes somos, adónde vamos, qué pretendemos en el andar por esta aridez en que han convertido la vida.
Ahí tenemos nuestres 30400, PRESENTES en un ahora y siempre inclaudicable, tan cercanos en fecha como les héroes y heroínas de Malvinas. Víctimas todes de la misma dictadura sangrienta y genocida.
No logran enmascarar ni encubrir sus crímenes ni aún desempolvando sus próceres ni pretendiéndoles proezas ya juzgadas por la historia como lisos, llanos, bajos, crudos y vergonzantes atentados contra la humanidad.
Eso tiene la verdad.
Que una vez que emerge, se descubre, se vuelve, se revela innegable y no hay falseamiento ni retorcida versión especuladora que pueda ocultarla. Así también hoy con Carlos Fuentealba. Así también hoy nuestra memoria y nuestros dolores, nuestras aún frágiles y dispersas estrategias de organización, buscan en medio de la tormenta algún punto de referencia para orientarse, protegerse, afianzarse, reacomodarse. Algún punto de referencia y de sentido. Y ahí, en esta fecha, en medio de la tormenta, cuando arden los ojos, se abre paso en el tiempo la mirada de Carlos Fuentealba que llama, que invita. Tan lejos y tan cerca, tan volviendo a ocurrir siempre su cobarde asesinato. Tan cerca tan cerca ese otro día de lucha. Tanto camino abierto desde su ejemplo de encuentro, de denuncia y de organización sostenida de resistencia. Un cotidiano colectivo de coherencia, la fuerza que engrandece la memoria de Fuentealba y sus compañeres, todes les que hace 17 años llevaban a las rutas un nuevo día, dibujando una línea de puntos de todo lo que la historia, la nuestra historia, aún tenía para decir.
Cuando la tormenta es fuerte y las arenas laceran la piel, hieren la vista, rasgan la voz, que lo sepan, tenemos nuestras brújulas que se atolondran pero no le erran a nuestro sur, y nuestros bastiones, fieles ya por siempre, a las causas justas y dignas de este nuestro pueblo trabajador, nuestres maestres que nombran los pasos, hasta que escampe.
