Instituciones reproductoras del orden patriarcal

“La historia de todos los tiempos, y la de hoy especialmente, nos enseña que…las mujeres serán olvidadas sí ellas se olvidan de pensar sobre sí mismas.” Louise Otto-Peters

El androcentrismo cultural que impone desde hace muchos años el patriarcado es sostenido por diferentes instituciones,  las cuales son esencialmente funcionales a este sistema opresor que invisibiliza lo femenino y reproduce el machismo como modelo a seguir. Por María del Monte

Uno de los paradigmas que impone el sistema patriarcal a las mujeres es la función exclusiva de la maternidad, no de manera libre, sino haciéndola coincidir con el estereotipo de madre-mujer del imaginario social  que le asigna el lugar de lo doméstico. Esta cultura occidental reserva para las mujeres el papel de sumisa, madre y esposa, buena, santa e inmaculada, reprimiendo así deseos de toda índole, al hombre le asigna el rol de macho auto suficiente, poderoso y superior a la mujer. Estos modelos, que la cultura machista ostenta, son reproducidos cotidianamente en nuestras vidas desde que nacemos, en  los jardines, escuelas, iglesia, medios de comunicación y hasta en nuestras familias,  es invisible a nuestros ojos porque está arraigado culturalmente.

La escuela/jardín: históricamente, la escuela fue creada por y para varones, y en este sentido las mujeres  fuimos y seguimos siendo apenas un agregado en el modelo cultural vigente. La acción pedagógica ofrecida por estas instituciones, imponiendo roles de nenas, de nenes, es una manera sutil de violencia simbólica que persiste produciendo hábitos   para perpetuarse, niega y excluye todo lo femenino, pero a la vez visibiliza un parámetro de mujer siempre bella, heterosexual, bordando banderas, haciendo el desayuno  familiar, obediente y sumisa, de esta manera crecemos reprimiendo deseos y placeres por temor a corrernos de lo que la sociedad impone para ser “mujer”  para poder subsistir en medio de la desigualdad y el androcentrismo que se impone con armas cada vez más letales.

Iglesia y mujer: al condenar la anticoncepción, asoció sexo y procreación, ultrajando a las mujeres el placer sexual, algo muy impuro en el ser femenino pero estimulado en los hombres, a favor de la maternidad, alentando de esta manera el subproducto de la prostitución. Es decir que para las mujeres el sexo solo sirve para procrear, convirtiendo a las mujeres en vírgenes o santas, madres o putas. Así lo natural para la mujer es la procreación y no el placer sexual. Esta institución es la principal opositora cuando hablamos de decidir sobre nuestros cuerpos, cuando hablamos de aborto es la primera en saltar con sus moralinas baratas, para interferir en una decisión que es personal y femenina.

Medios masivos de comunicación: otra de las armas con que se vale el patriarcado para manipular psicológicamente a la humanidad entera. Convierte a las mujeres en algo consumible, la rebaja al papel de linda y tonta, siliconadas, maquilladas, cuanto más sexy y artificial más deseada, como objeto manipulable, por los machos y por la cultura.   Los medios refuerzan las relaciones de poder y reproducen modelos de ama de casa feliz limpiando, cocinando, madres súper higiénicas o muñequitas Barbies, que a costa de entrar en los parámetros  de “moda” se ningunean ellas mismas. Uno de los referentes que reproducen este “marketing” del consumo de los cuerpos, de lo femenino como objeto es Marcelo Tinelli, quien representa el machismo legalizado y aceptado por la sociedad. La mujer pasa a ser propiedad del hombre y esto deriva en la cantidad innumerable de violaciones y del femicidio  de cual son víctimas infinidades  de mujeres. Mueren por su condición sexual, mueren porque para la sociedad y los medios algo habrán hecho. Es uno de los ámbitos donde se refuerza con vigor el patriarcado, cargado de misoginia los medios de comunicación avalan el machismo.

Las mujeres por nuestra  condición sexual somos  bastardeadas  y censuradas íntegramente. En esta sociedad patriarcal, misógina y capitalista, como diría Simone De Beauvoir  “no se nace mujer, se llega a serlo”, porque la liberación, la pelea por la igualdad de derechos, la toma de conciencia nace desde el ser interior de nosotras misma, y para ello somos nosotras quienes tenemos el deber de  re-conocernos y aceptarnos  como  mujeres, no como víctimas, sino como una toma de conciencia de la capacidad que tiene todo ser humano. Debemos  luchar por empoderarnos de todos esos derechos que son anulados por ser mujer.

Somos moralmente cuestionadas, por la cultura del machismo, sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros actos, si nos violan y golpean la culpa es nuestra porque provocamos esa situación, somos culpables de ser mujeres y debemos dar explicaciones sobre la violencia que recae sobre nosotras. Nos arrebatan el lenguaje, la dignidad y ahí es donde debemos revelarnos con más fuerza.

Desde los medios de comunicación, desde las escuelas, desde la iglesia se violan los derechos humanos con tanta naturalidad que lo terminamos asimilando. ¿Qué derechos nos quitan? El principal el derecho a la libertad de expresión, a vivir en paz sin violencia machista, a poder decidir sobre nosotras mismas, a saber que no somos un mero objeto.  Es verdad que se habla hoy de aborto, de violencia, pero siempre imponiendo un lenguaje sexista en el cual se dice violencia de género en lugar de violencia machista, se utiliza la palabra trata en lugar de explotación sexual, como que suaviza una temática tan alarmante. Hace no mucho tiempo se hablaba de crimen pasional cuando una mujer era muerta por su ex pareja, es verdad que se cambio, pero siempre se le da un lenguaje misógino oculto.

El estado no  nos protege cuando sufrimos  violencia y la sociedad tampoco, es avalado por todas las instituciones el ningunear a las mujeres, se refuerza en todos los aspectos. Lo femenino sufre invisibilidad y queda sepultado a la sombra de la cultura machista. Prueba de ello es el trato que se le da desde la tv, la radio, los diarios a los casos de femicidios y violaciones que sufrimos, prueba de ello es Melina Romero, prueba de ello son  los datos de la crueldad que arrogan que en la Argentina cada treinta horas una mujer es asesinada por un hombre.

 

Maríadelmonte.ancap@.com

 

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