MUJER Y NATURALEZA: SEMILLAS DE LIBERTAD

Por Yanina Gambetti, colaboración con ANCAP

El histórico rol que han jugado las mujeres en las revoluciones ha sido conocido pero invisibilizado para el conjunto de las sociedades. En los diversos ámbitos donde se gestaba la transformación, donde se plantaban los derechos, donde se reivindicaba la dignidad, ahí estaban las mujeres: en las fábricas y sindicatos, en escuelas, en el campo, en las villas, en las calles, en sus hogares. Su invisibilización es una consecuencia más del sistema patriarcal, donde la diferencia biológica del sexo se convierte en una diferencia cualitativa que pone a la mujer en un lugar de inferioridad y desventaja social.

Solo por nombrar algunos ejemplos podemos mencionar a Micaela Bastidas, quién “dió el primer paso en pos de la independencia y la liberación”. Fue una luchadora por la independencia hispanoamericana, con un protagonismo muy fuerte en el proceso de la independencia de Perú. Fue compañera y asesora de batalla de Túpac Amaru II, y es hoy un símbolo de la pelea contra la opresión y la explotación colonial”.(1)

Otra mujer revolucionaria, Berta Cáceres, quien fuera lideresa de la comunidad lenca, la identidad indígena mayoritaria en Honduras, fundando en el año 2003 el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas (COPHIN) y reconocida por ser la principal referente en la lucha para impedir que la mayor constructora a escala mundial, Sinohydro, realizara la represa en el río Gualcarque, a pesar de que ésta contaba con el apoyo financiero de una institución del Banco Mundial.

Y Vandana Shiva, la ecofeminista india que es el espíritu y motor de la oposición a los alimentos modificados genéticamente, a los modelos de producción agroexportadores con uso intensivo de agrotóxicos, y en defensa de los bienes comunes.

Sin entrar en un desarrollo conceptual del patriarcado –ni profundizar en la vasta complejidad y extensión del movimiento feminista- podemos hablar de las relaciones y semejanzas entre la Naturaleza y las mujeres en contextos de lucha. Dando un vistazo a la situación de Argentina durante los últimos quince años, es evidente el rol que las mujeres vienen desarrollando como promotoras del cambio social y la transformación del ser humano de “consumidxr” a hijx de la tierra, frente a la profundización de un modelo depredador del ambiente y de opresión de lxs más desprotegidxs.

Para referirse a estos años, el kirchnerismo -movimiento político que gobernó en el último periodo- ha utilizado la frase “década ganada” para referirse a los “avances” en materia social y económica, generando un mito que contribuye aún más al falso relato del Desarrollo y el Progreso impuesto por los países del “primer mundo” a nuestras tierras y pueblos, haciéndonos dependientes mediante la deuda y la colonización cultural. Por su parte, el actual gobierno argentino con Macri en la presidencia, se apoya en la sólida base extractivista que el kirchnerismo dejó -con gobernadores provinciales que son completamente funcionales a las grandes mineras, por ejemplo- y aprovechando el envión profundiza aún más un modelo dependiente y neo-colonial.

La contaminación y destrucción de nuestros bienes comunes (agua, aire, tierra, biodiversidad) avanza a pasos agigantados. Las multinacionales aprovechan nuestras tierras para realizar sus negocios a costa de dejar un pasivo ambiental irrecuperable, causando muertes, enfermedades y una destrucción ecosistémica que afecta gravemente el futuro de todos los seres vivos.

A la par del avance de este modelo productivo de carácter extractivo, surgen cientos de asambleas socio-ambientales a lo largo y ancho del país, con el único objetivo de defender la vida. Durante estos procesos de despojo en Argentina, numerosos fueron los casos de mujeres que han sido promotoras de movimientos sociales, de puebladas contra el saqueo y la contaminación de la Tierra, y que por su condición de género les ha sido aún más difícil el camino.

Estas mujeres tomaron la decisión de salir de sus vidas “rutinarias” para defender nuestro derecho humano más vital, el derecho a una vida digna en un ambiente sano. Se pararon frente a topadoras contar el desmonte, frente camiones llenos de cianuro contra la megaminería, a policías en los cortes de ruta, a patotas sindicales y pro mineras; caminaron los pueblos concientizando casa por casa sobre las diferentes problemáticas que afectan a su comunidad, a la vez que le hicieron frente a la creciente criminalización y judicialización de la protesta social, enfrentándose incluso a acosos y a campañas de deslegitimación personal. Siempre tan difícil, siendo mujeres, batallando contra el mandato social patriarcal de la mujer en la casa, y la culpa derivada del mismo por pasar menos tiempo con su familia para dedicarse a defender el territorio y preocuparse por el futuro de nuestro planeta.

Hay una simbiosis y una escencia compartida, entre las mujeres y la tierra. Hay una opresión específica que opera desde el sistema patriarcal –del capitalismo- que se relaciona directamente con su poder de dadoras de vida. Para aquel ese poder debe ser controlado, privatizado, mercantilizado y utilizado en beneficio del capital.

En una sociedad en la que existe la violencia de género y las mujeres continuamos en desventaja en relación con los varones, los impactos de la violencia y la discriminación por parte de las estructuras son mayores para nosotras. Pero está tan “naturalizado”, como el saqueo a la Madre Tierra, como la violación constante a la Naturaleza por parte del capitalismo a través de sus ejecutores en todos los niveles operativos.

En contraposición a la situación mencionada estas mujeres luchadoras se revolucionan primero ellas –despertando a una conciencia social necesaria para la supervivencia- y revolucionan luego su entorno –barrial, familiar-contagiando las ganas de luchar y el valor de enfrentar al poder. Proteger la vida misma y nuestra soberanía en un contexto de opresión y vigilancia, de autoritarismo y persecución política –con funcionarios públicos, policías y jueces a favor de las multinacionales- es sin dudas un acto revolucionario.

El acento cambia de lugar en la vida de estas mujeres, pasando de estar enfocadas en el trabajo y la familia a estar enfocadas en el compromiso de construir un mundo justo, con un ambiente sano y la garantía de que los derechos humanos y de la naturaleza sean respetados.

Actualmente las luchas por la protección de nuestros bienes comunes tienen como centro de atención el Agua y la Tierra. A causa de ello hay cientos de militantes asesinadxs, perseguidxs y judicializadxs por causas políticas.

A su vez, Agua y tierra son las bases de la Soberanía Alimentaria. Alcanzar esta última se convierte en la madre de todas las luchas, y necesariamente requiere de la defensa de la Naturaleza ante el avance del modelo productivo basado en monocultivos y transgénicos con elevada dependencia del uso irracional de agrotóxicos.

Así como las semillas originarias contienen el germen revolucionario que intenta destruir la semilla transgénica, las mujeres activistas contienen el germen revolucionario que no le conviene al patriarcado capitalista. Actualmente, estamos en un período de resistencia, y es en esta relación entre las mujeres, la defensa de la Soberanía Alimentaria y la Naturaleza donde podemos encontrar el germen del cambio social que necesitamos para alcanzar una vida sustentable y en armonía con nuestro ambiente.

Hay al menos dos cosas que la Naturaleza y las mujeres llevamos en común. Por un lado ambas estamos marcadas por la historia y las coyunturas nacionales e internacionales; y por otro lado existe una naturalización de la dominación que se ejerce sobre nosotras, invisibilizando las responsabilidades de los actores sociales y las instituciones involucradas.[2]

El modelo imperante, el sistema capitalista, necesita de la racionalidad patriarcal para explotar tanto a las mujeres como a la naturaleza, para poder sostenerse y reproducirse. Cosifica todo y privatiza todo. Es en el contexto mundial donde la globalización abarca todos los ámbitos y esferas de la vida (economía, personas, y bienes) que los conocimientos sobre la alimentación y la gestión sustentable de los bienes comunes están siendo saqueados por empresas y gobiernos. Y es en este mismo contexto donde se multiplican las experiencias de consumo responsable y descolonización impulsadas por mujeres. Dentro de la alimentación el agua es el bien por excelencia, como fuente de vida que no puede mercantilizarse.

La Soberanía Alimentaria (derecho de los pueblos a definir sus propias políticas sustentables de producción, transformación, comercialización, distribución y consumo de alimentos para garantizar el derecho a la alimentación a toda la población) requiere de una descolonización de la tierra pero también de nuestra cultura y prácticas de consumo. Actualmente, estas últimas están determinadas o influenciadas por el mercado y la cultura dominantes.

Siempre creí en que para hacer la Revolución hay que comenzar en unx mismx y está comprobado que las prácticas sostenibles -en relación con la forma de producir y consumir- “generan relaciones más sanas y solidarias entre las personas y su entorno natural”.[3]

Hay esperanzas.

Existe una profecía según la cual la tierra al comienzo del tercer milenio sufrirá profundos cambios. Llegará el momento en el cual el espíritu femenino se despertará de un letargo de más de cinco siglos para dar origen a un mundo de paz y armonía. La salvación de la humanidad está en manos de las mujeres, quienes tienen que volverse verdaderas para poder encontrarse con otras mujeres y unidas salvar la Tierra.[4]

Y ejemplos de estas luchas en el territorio argentino sobran. Uno de ellos es la gesta de una oleada de asambleas en contra de la minería a gran escala, con uso de químicos. Ahí estaban ellas, las maestras, las amas de casa, las vecinas, investigando primero para conocer al enemigo, caminando después para informar al vecino, gritando basta, cortando rutas, enfrentando al poder.

El agua vale más que el oro” y “el Famatina no se toca” gritaban en las mujeres de La Rioja. Un grito que los cuatro vientos llevaron a todo el país, a millones de conciencias. Un grito que ya hizo retroceder a varias empresas mineras y gobernadores. Un grito que se hizo música y sonido andino de amor por la vida y entrega total, y que se multiplicó en todo el territorio porque venía de las entrañas y del alma misma.

Las Madres de Ituzaingó, en Malvinas Argentina, Córdoba, otro caso emblemático de lucha conjunta Mujer-Tierra. Contra la contaminación provocada por las fumigaciones masivas con agrotóxicos, fueron promotoras de la investigación de las relaciones entre el cáncer y el modelo agroalimentario dominante –monocultivo extensivo con uso de químicos-. Luego fueron apoyadas por equipos de docentes, médicxs, abogadxs y científicos comprometidos con la ciencia digna.

Las Madres de la Luz de la Asamblea de los Vecinos Autoconvocados por la vida de Berazategui, Provincia de Buenos Aires. Mujeres que se pararon ante el genocidio silencioso provocado por la contaminación electromagnética, por los riesgos que entrañan a la salud la exposición crónica cotidiana a los campos CEM (Líneas de alta tensión, estaciones transformadoras, transformadores de zona en baja frecuencia, y estaciones base de antenas de telefonía móvil).

Y las mujeres originarias, las que portan los saberes ancestrales, las que son guardianas de las culturas más silenciadas de nuestras tierras. Hacia el 2015 realizaron la Primer Marcha de Mujeres Originarias hacia el Buen Vivir, que reunió a 36 pueblos, que invitaba a pensar en una forma distinta de concebir la relación del hombre con la naturaleza. “La naturaleza tiene derechos”, “La tierra robada será recuperada”, “Las mujeres originarias somos la semilla de la vida”, fueron algunas de las consignas. (5)

La lista sería enorme, y hasta casi injusto no mencionarlas a todas y a cada una.

Año 2017 nos encuentra en una Argentina neocolonial, siendo parte de una sociedad dormida, apaleada por la violación sistemática de derechos humanos, saqueada y envenenada por lo que come y por lo que ve. Pero no desesperamos, porque están esos gritos de libertad, y porque cada día somos más. Y somos rebeldes y tenemos gritos de fuego, como los fuegos de los que cuenta Galeano, esos que arden la vida con tantas ganas que quien se acerca se enciende.

Gracias a esas mujeres que nacieron de nuevo, que hablaron a los varones sobre la necesidad de romper con el patriarcado y el capitalismo, a esos varones que renacieron y a los que se reinventan todos los días comprendiendo que los derechos son los mismos, que todxs somos seres humanos, hijxs de la misma Tierra y del mismo Sol.

Hay esperanzas. Esas mujeres encendidas que defienden la Vida y la Tierra, son semillas originarias e imprescindibles, promesas de resistencia y de lucha: germen de Libertad.

(1) https://radioestacionsur.org/2016/07/22/un-recorrido-sobre-las-mujeres-invisibilizadas-por-la-historia-patriarcal/

[2] Silvia Papuccio de Vidal, “Mujeres, Naturaleza y Soberanía Alimentaria”, Pág. 24

[3) Silvia Papuccio de Vidal. “Mujeres, Naturaleza y Soberanía Alimentaria”, Pág. 12

[4] Hernán Huarache Mamani, último heredero de una antigua generación de curanderos andinos. Del libro “La profecía de la curandera”

(5) http://www.lavaca.org/notas/en-marcha/

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