RÍO DE JANEIRO, CORAZÓN DE BRASIL

Por Juan Alberto Pérez

El golpista Michel Temer decidió militarizar una de las ciudades más grandes de Brasil. Aquí un viaje a las entrañas de la Cidade Maravilhosa en la visión de un viajero errante para conocer más sobre la sociedad carioca y las causas de la violencia civil.

Cuando un amigo me invitó a acompañarlo en un viaje a Río de Janeiro se me presentaron algunas incógnitas en mi mente que hacían dudar mi afirmativa. Lo que más pesaba era un prejuicio tonto respecto de la rivalidad Argentina-Brasil, pero también influía que era la primera vez que viajaba a una gran ciudad de otro país sólo, aunque unos meses atrás había ido a República Dominicana también sólo pero mi incursión por allí no variaba de los límites del predio de un hotel. Acá la cosa era distinta. Río es un gigante, como lo es Buenos Aires, al que hay que respetar a priori, y del que conocemos algunas escasas cosas desde 2 mil kilómetros de distancia. El carnaval indiscutiblemente era una de ellas, el estadio Maracaná, los equipos de fútbol Flamengo y Fluminense, las playas de Copacabana e Ipanema y en los últimos años, y por “ayuda” de los medios de comunicación, la violencia civil. La imagen que se tiene de Río de Janeiro es de una favela convertida en ciudad. El miedo que se provoca es tan grande incluso llegando desde lugares como Buenos Aires donde los casos de violencia civil están cada vez más naturalizados.

Más allá de todo decidí embarcarme en la aventura, saqué el pasaje y viajé. Eran los últimos meses de 2016 y el calor ya estaba anunciando el principio de la temporada veraniega. Llegar al aeropuerto Galeao es impactante. Una estructura inmensa a medio terminar por entonces aunque ya habían pasado la cita mundialista de 2014 y los juegos olimpícos de 2016, para los que había sido refaccionado. Al salir del aeropuerto ya comenzaron a pesar los prejuicios, “Que miremos bien que taxi tomamos” “Que busquemos que el conductor tenga cara de buen tipo” “Que averigüemos en el GPS la ruta hasta nuestro hospedaje”. En el trayecto que realizamos en taxi hasta nuestro destino cruzamos literalmente el corazón de la ciudad. El aeropuerto está en una isla y para llegar a la zona turística de Copacabana tiene que tomar autopistas que cruzan por encima del mar y puentes colgantes al estilo “Zárate Brazo Largo” con un paisaje que demuestran el porque se le llama la “Cidade Maravilhosa” (Ciudad Maravillosa como versa el himno local). Aunque tampoco se pueden disimular los incontables morros, que son esas montañitas pequeñas (comparándolas con las montañas cordilleranas que tenemos en los andes) que aparecen en la típica postal de Brasil, pero que en este caso se las ve repletas de casitas coloridas y humildes, como si estuviesen tapizadas por estas construcciones a punto tal que no se llega a ver la superficie de la montaña.

En determinado momento el conductor bajó del autopista y tomó por adentro de un barrio. Nuestra incertidumbre creció al punto de alarmarnos al no saber a dónde nos llevaban y perseguidos por el prejuicio latente. Allí la postal era bastante familiar a la que uno puede encontrarse en cualquier barrio porteño o del conurbano salvo por la inmensa cantidad de gente yendo y viniendo que se cruza. Cabe aclarar que en último censo de 2010 en Río vivían 6 millones 320 mil personas. Seis años después el número aumentó exponencialmente. Por lo general abundaban las paredes grafitadas, las persianas oxidadas y las personas sentadas en la puerta de la calle como si estuviesen en el living de su casa. El recorrido continuó cruzando pescadores a la vera de la autovía y un tránsito populoso y que conduce a alta velocidad. En el camino no hubo mucha charla con el conductor ya que nuestro dominio del portugués era escaso y a él no se le daba con el español. Cuando arribamos a Copacabana el sol estaba en su punto más alto y el mar impresionaba con sus tonos diversos de celestes.

Luego de ese momento los días transcurrieron en total paz y armonía. Los planes no variaban de ir a la playa de Copacabana y pasar ahí todo el día. Algo que llamó mi atención, otra vez haciendo caso al enano prejuicioso que habita en mí, era que en proporción por cada persona de color había cuatro “blancos”, todo lo contrario al ideario del brasilero común que tenemos. Además, también llamó mi atención que por lo general las personas de color se encuentran trabajando en las playas clavando sombrillas, de vendedores ambulantes o de mozos en algún parador. Y son contados los casos de los denominados “blancos” realizando este tipo de tareas.

Uno de los días decidimos hacer la típica excursión al Cristo Redentor. La escultura se encuentra en el cerro Corcovado a 710 metros sobre el nivel del mar y está ubicado en el parque nacional de Tijuca. Luego de realizar esa parada en una de las siete maravillas, el tour continuó por la ciudad de Río de Janeiro. Allí nos topamos con un barrio llamado Santa Marta. En realidad allí lo llaman favela, lo que aquí sería una villa o barrio humilde. Santa Marta es famosa debido a qué allí se filmó una de las sagas de Rápido y Furioso y otras películas ambientadas en la zona. La guía nos explicó que esas favelas estaban pacificadas y por eso el tour podía realizarse allí, dado que se habían erradicado a gran parte de las bandas narcotraficantes. De todas maneras una imagen me impactó al llegar al puesto desde donde observaríamos al barrio en plenitud. Había un control de la policía militar dispuesto a entrar en el barrio fuertemente armados con esas escopetas que uno sólo ve en las películas de Rambo y vestidos de camuflaje como si fuesen a una expedición al desierto. Pudimos parar unos minutos pero nos apuraron a volver a la combi que nos llevaba dado que era inminente la posibilidad de una balacera y que por lo general esto podría sostenerse muchas horas. Recuerdo que en ese momento me pregunté “¿Así se pacifican las favelas?¿Qué pasa con quienes viven en el barrio y no son parte de las redes delictivas?¿Cómo es posible hablar de paz a punta de pistola?” No permanecimos mucho más allí porque el viaje continuó.

Más tarde ese día quisimos conocer la noche carioca y nos dirigimos a Lapa. Una zona muy parecida a San Telmo donde los lugares bailables se encuentran pegados unos a otros, dónde la gente utiliza la calle como pista de baile y donde la samba y los ritmos tropicales son la banda sonora del lugar. Recuerdo que me asombró un puesto para ir al baño en una plaza y los carritos de expendios de bebidas alcohólicas en una estación de servicio. Al terminar la noche decidimos tomar un taxi que nos devuelva a Copacabana. En esta ocasión el conductor era un poco más parlanchín y se llevaba mejor con el español. Entre charlas de Pelé, Maradona, Messi y Neymar nos comentó que difícilmente pueda volver a su hogar esa noche. Nos contó que la policía militar había irrumpido en el barrio, lo tenía aislado y llevaban casi seis horas de enfrentamientos armados. Cuando la curiosidad al escuchar su relato nos invadió le preguntamos “¿Dónde vivis?” y él nos contestó “En Santa Marta”.

Del carioca (término que se usa para describir al habitante de Río de Janeiro) cabe rescatar su simpatía, algo típico de todo brasilero según pude constatar con otros que viajaron a otras regiones; su calidez y su capacidad de trabajar. Es imposible pasarla mal en Río ya que hay actividades variadas y a toda hora. Se nota que hay un porcentaje de esa población con conciencia social y luchando activamente. Nunca dejamos de cruzar paredes con inscripciones que digan “¡Fora Temer!” que pocos meses atrás había arrebatado el poder a Dilma Rouseff. Incluso coincidimos con una marcha de mujeres que fue imponente en volumen y en valor simbólico.

Pero es una sociedad muy desigual dónde la redistribución de la riqueza está muy marcada. Se puede ver en la avenida que costea la playa de Ipanema. De un lado se observan los penthouse lujosos y sin cortinas que permiten ver como viven los que más tienen, cruzando la calle hay gente que duerme en la vereda y rebusca en la basura algún bocado que le haga pasar el día. Allí radica uno de los grandes problemas que tiene Brasil y que pueda extrapolarse a toda América Latina. La desigualdad genera violencia.

Hoy conocimos la noticia de que el golpista Michel Temer decidió realizar una intervención militar en Río de Janeiro alegando la violencia que se viven en las favelas. Pero como no se puede ya creer en las casualidades debemos creer que se debe a una movida de adoctrinamiento al mensaje crítico que se dio masivamente en los últimos carnavales, y además, a apagar la insurrección contra el gobierno de una sociedad hastiada por tanta marginación y pobreza. “Esto traerá indefectiblemente más violencia contra la población de la favela, más jóvenes negros muertos y una gran cantidad de abusos cometidos por las fuerzas armadas siendo juzgados por la justicia militar, cuyos tribunales están compuestos por otros militares. Además de una falsa sensación de seguridad para las clases más altas que van a pensar que “las cosas han mejorado”´declaró en su Facebook Marielle Franco qué es socióloga y legisladora del Partido Socialismo y Libertad (PSOL).

He vivido la experiencia de Río y la he vivido plenamente. Viajé con temores y volví con certezas. Entre ellas la de volver lo más pronto posible. Y tan así me lo tomé que cuatro meses después estaba viajando nuevamente. Río de Janeiro es la perfecta definición de Latinoamérica, se contraponen una belleza natural inconmensurable y la calidad y calidez de su gente, un faro cultural de los más imponentes de la región, y el mundo, con la corrupción de sus dirigentes y la escasa participación institucional de un estado que no da abasto a las necesidades de su pueblo. Hoy se decidió dar un paso más contra las clases populares y el clima social en la que otrora fue la capital del imperio portugués está muy caldeado.

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