ENAJENACIÓN PRIVADORA DE LAS TIERRAS

Por Federico Firpo

No importa cuando… hoy de pandemia, ayer de conquistas, algunas cosas parecieran no haber cambiado con el paso de los Siglos. Los eternos, pero de muy pocos, desiertos argentinos, una y otra vez estarán a la orden de lo que el perro patrón aúlle.

Argentina, posee una extensión territorial de aproximádamente dos millones ochocientos mil km2 (2.780.000, para mayor exactitud), de la cual, solamente se encuentra ocupada menos de la décima parte, es decir que, más del noventa por ciento (90%) de nuestras tierras siguen de momento vacías. Sin embargo, existe en el país un déficit habitacional poco proporcional con la realidad de tierras sobrantes, o sea, montones de gente sin tierras para montones de tierras sin

gente, algo parecido a lo que sucede con el hambre, en el país de las vacas que al mundo entero ha alimentado. En estos momentos, mientras algunos presentan los escritos que avalen la firma de una nueva Ley de Tierras, en lo concreto, la marca de quien define el destino de la tinta, no se ha manchado nunca (aun) con el barro. Para muchos ni tierra, ni comida, pero para pocos casi todas las tierras creadoras de casi todas las comidas. De esto también hablamos cuando discutimos la forma en la que se distribuyen las riquezas.

El grito arrodillado para la llegada del Rey de quienes sí deben sentir angustia, pero por cada vez que al ancestro han intentado remover con negociados a ultranza del viejo mundo, dejando en esas ajenas manos el regalo de los mas preciados territorios para quienes en ellos ni siquiera vivirán, mas sí, a través de ellos nos vivirán y entre piscinas de riquezas extraida del mineral, y otras fuentes, se regodearán. Será trascendental aquí el furor del peso de una República, escondiendo la figura que detesta todo lo patriótico, empezando por sus funciones, en democracia, negadoras de todo Congreso. Y el Poder, por el cual detentan sus caprichosos arrebatos dueñeriles descartables, no importa cuándo, seguirá entre sus abusos.

Invocadores y parafraseadores permanentes de las palabras de Jose de San Martín, quienes, en los hechos, lejos de reconocer a los ayer denominados poblados indígenas, en tanto marcadores del rumbo continental que permitiera el cruce de Los Andes, han sido, en realidad, fieles postores del legado de Rosas, Sarmiento y Roca. Las vías del ferrocarril, la centralización de la producción con el Puerto en Buenos Aires, la campaña del desierto y la Sociedad Rural autoabasteciéndose con la sangre de nuestros Pueblos Originarios, son la huella que el tiempo nos ha dejado. Allá surgía la Historia, acá la siguen matando.

La megaminería y la razón de la discordia interpueblerina, el trabajo y el progreso para el sustento de lo extraído, terminando por depositar al avión, nuevamente, en su casa matriz. El señor de las ovejas, el apropiador del lago escondido y a fin de cuentas, las fuerzas protectoras de la propiedad privada, no importa cuando, besándoles los pies, para quienes nos dirán que tierras sobran… pero solo para sus negocios. Ni hablar de lo lejos que hemos quedado de aquel precepto que dice que la tierra es de la mano que la trabaja. El siempre expreso titular de “la inseguridad por la toma de tierras”, despojando la noticia de todo posible análisis, arrollará el impacto justificador que legitime el palazo a los desposeídos. El ataque de a quien todo le sobra servirá pués, para, desde la comodidad de su genético gran sillón, gritarnos una vez más: “nosotros somos los dueños”. Y en amor a su republiquita, volverán a dejar tirados a los niños de quienes no hayan corrido con iguales fortunas. Así otra vez, quedando estas extensiones a expensas de la próxima quema intencional, en vistas de una futura venta regalada, para su posterior destrucción.

Si a aquellos héroes que, desde los conocimientos ancestrales de las tierras, acompañando el cruce de los Andes, para la posterior Independencia Argentina, nada quieren reconocer, imaginemos, por un instante, lo que pensarán hacer de quienes, con sus familias en la intemperie glacial, han puesto en evidencia la cantidad de tierras de nadie, en un desierto de país con gente que, no importa cuándo, no tendrá siquiera donde caer viva.

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