FILOSOFÍA Y PEDAGOGÍA

Por Ernesto García

 La concepción imperialista de la historia no sólo ha dejado consecuencias políticas pedagógicas. Prácticamente la totalidad de los textos históricos fueron escritos desde la perspectiva de los países imperialistas. Son textos que ven el desarrollo de la historia universal, en su mayoría, desde la óptica de los imperios. La historia del mundo no sería sino la historia de la expansión colonial, que tiende a ser abstracta y unilateral; cuando los filósofos europeos decían universal o humanidad esta quedaba reducida a sus propios mares. La Modernidad no significó lo mismo en Europa y en América, en el mejor de los casos fuimos y somos hijos ilegítimos de la Modernidad. Sin embargo, supimos apropiarnos de los conceptos de autonomía, libertad, igualdad entre otras tantas categorías que, reconocemos, surgieron a la luz de las revoluciones burguesas.

La figura de Simón Rodríguez (1769-1854), generalmente asociada sólo en referencia a la figura de Simón Bolívar, oculta su labor en América Latina para la construcción de una nueva sociedad. Mientras Bolívar batallaba en los campos de guerra para lograr la libertad política de las colonias americanas; Rodríguez, a través de su labor educadora, también libró otra batalla donde la espada era reemplazada por el arma de las ideas. La enseñanza que impulsó Simón Rodríguez no parte de la paz, ni de la igualdad republicana, sino de la guerra independentista y de las desigualdades de castas. Creó sus textos para concretar la instrucción de la “parte del pueblo que no sabe”. La obra en común, de ambos, fue formar.

Sin juzgar las prácticas pedagógicas desde una tiranía ideológica y conceptual que impone cada presente, es necesario contemplar la historia por el lado oscuro que hasta ahora ha permanecido oculto y ver la historia desde la óptica de los colonizados. La posibilidad de una historia realmente humana debe llevarnos a ver claramente la pre-existencia de una conciencia que se profundiza y desarrolla continuamente y apunta a una resolución verdadera y real de la historia de la humanidad, de una historia plenamente humana. Dicha historia propiamente humana, es la historia de los colonizados, que plantea que el sujeto popular latinoamericano es el sujeto llamado a terminar con la opresión.

Se hace necesario crear una filosofía situada en los sujetos populares latinoamericanos y en su liberación; una filosofía propia y descolonizada que, al mismo tiempo, dé cuenta de las distintas concepciones de la historia. La historia de los historiadores oficiales ha tratado de ignorar el dolor y el sufrimiento de las luchas por la liberación en América Latina, de ocultarlos detrás de la objetividad científica, de la objetividad valorativa.  Es necesario abandonar ese criterio de objetividad y tomar un criterio de objetividad más realista, donde la verdadera realidad, el problema real y urgente de América Latina, la lucha por la liberación, sea el eje central y el hilo conductor para interpretar la historia del mundo. Junto con las luchas de liberación se plantea también un problema epistemológico-político del presente. Si hay un presente, no comenzó ayer, tenemos que tener un criterio objetivo. El cual sólo se lo puede definir en términos de revolución anticolonial, de revolución anti imperialista.

La filosofía europea es una abstracción. La filosofía latinoamericana debe ser el pensar de un sujeto construido a partir de una afirmación constante de su propia subjetividad, así como de su mundo a través del cual se objetiva. Crear una filosofía que no se ocupa del Ser sino del modo de ser un humano determinado en relación con aquella objetivación. La idea que nos debemos proponer es la de repensar América Latina no solo por un interés academicista o contemplativo sino para aportar políticamente a los cambios que están ocurriendo hoy en Nuestra América. Reflexionar sobre las potencialidades de nuestro propio pensamiento en un nuevo intento de descolonización latinoamericana. Para ello, debemos partir del sentimiento de una diversidad, del hecho que nos sabemos o sentimos distintos.

La descolonización es un proceso histórico que solo puede ser comprendido en la medida en que se discierne el movimiento historizante que le da forma y contenido. El colono y el colonizado se conocen desde hace tiempo. Es el colono el que ha hecho y sigue haciendo, hoy, al colonizado. La descolonización afecta al ser, modifica fundamentalmente al ser. Introduce al ser un ritmo propio, aportado por los nuevos hombres, un nuevo lenguaje, una nueva humanidad. La descolonización realmente es creación de hombres nuevos. El hombre se convierte en el proceso mismo por el cual se libera. La odisea latinoamericana no parte de una cuestión ontológica o metafísica sobre el Ser, sino sobre el pueblo o los pueblos, de muchos, de los pobres y oprimidos en plural.

El gran problema radica, nos dice Freire, en cómo podrán los oprimidos, como seres duales, inauténticos, que alojan al opresor en sí, participar de la elaboración de la pedagogía para su liberación. La pedagogía del oprimido que no puede ser elaborada por los opresores, es un instrumento para este descubrimiento crítico, el de los oprimidos por sí mismos y el de los opresores por los oprimidos, como manifestación de la deshumanización. En tanto marcados por su miedo a la libertad, se niegan a acudir a otros, a escuchar el llamado que se les haga o se hayan hecho a sí mismos, prefiriendo la adaptación en la cual su falta de libertad los mantiene en la comunión creadora a que la libertad conduce. Quieren ser, más temen ser. Son ellos y al mismo tiempo son el otro yo introyectados en ellos como conciencia opresora. Su lucha se da entre ser ellos mismos o ser duales, entre desalinearse o mantenerse alienados. Entre seguir prescripciones o tener opciones. Entre ser espectadores o actores. Es tener en cuenta todas estas cosas para poder crear una pedagogía y una alfabetización crítica.

El nuevo escenario en América Latina nos permite recuperar el potencial que tienen las tradiciones populares de la región. Es necesario comprender el fenómeno de la doble explotación que se manifiesta en las privaciones económicas y en la ausencia de relatos y nombres propios en tanto seres sociales identificados. Se trata de una lucha hermenéutica por el sentido, al tiempo que nombrar es apropiarse de los espacios de las historias. Para ello, en sociedades tan desiguales como las nuestras se necesitan combatir ciertos mitos: el mito de que el orden opresor es un orden de libertad; el mito de que todos pueden llegar a ser empresarios siempre que no sean perezosos; el mito de todos a la educación; el mito del heroísmo de las clases opresoras como guardianas del orden; el mito de su caridad y generosidad; el mito de que las élites dominadoras son las promotoras del pueblo; el mito de que las rebeliones del pueblo son un pecado contra Dios. De lo que se trata es de entresacar, desalojar, destronar, expulsar los conceptos, las creencias del discurso del Amo, y en ese vació como tarea nos queda apropiar, crear, inventar nuevas realidades y nuevos conceptos, crear una cultura práctica y teorética. Superar la situación opresora implica el reconocimiento crítico de la razón de esta situación, a fin de lograr, a través de una acción transformadora.

Es necesario aportar las luchas por la recuperación de los símbolos, de los nombres y de las historias, es decir, la descolonización. Sabiendo que descolonizar es un hecho individual y colectivo, donde confluyen saberes y conocimientos teóricos y prácticos. En este sentido, la tarea de la descolonización puede bien realizarse potencialmente en la escritura de textos, en la acuñación de discursos, en la propagación de relatos originales, en la construcción de nuevas aulas, en los barrios, en los movimientos sociales.  Es necesario alimentar un proceso de descolonización pedagógica permanente. Una pedagogía del oprimido que busque la restauración de la intersubjetividad, la pedagogía del hombre.

La independencia política necesita completarse con la económica, y la formación para la vida requiere el significado y la proyección de una educación liberadora. La criticidad en la educación, el rechazo a una enseñanza memorística e imitadora, la vinculación entre la educación y el trabajo. “Educar no es lo mismo que instruir, la función educadora requiere de sujetos críticos, no conformes con todo lo que se les enseña”. Otro pilar fundamental que debería estructurar la base de toda educación latinoamericana es la innovación. No imitar a las viejas sociedades europeas, impidiendo la posibilidad de creación propia. La educación, para Simón Rodríguez, no es la simple transmisión de conocimientos, no es la aprehensión teórica de las cosas. En su concepción pedagógica está implicada la educación para el trabajo.  Una convergencia entre lo teórico y lo práctico. La educación en el trabajo tiene por finalidad dar a los alumnos una herramienta con que defenderse en la vida, mediante la adquisición de una habilidad especial de tipo artesanal.

Es necesario rescatar el elemento autóctono, nuestra idiosincrasia nativa, colonizar al país con nuestros propios habitantes. La mayor fatalidad del hombre, en el estado social, es no tener un común sentir de lo que conviene a todos. Y esto solo lo puede remediar una verdadera educación social. Para tener nuevas repúblicas y verdaderas sociedades, es necesario emprender un proyecto educativo diferente. La independencia política no basta sin emprender una independencia económica y cultural. Es necesario hombres nuevos para construir un nuevo orden social. Este es el gran papel de la educación. Sin una educación popular, no habrá verdadera sociedad. Esta debe incluir a todos, debe ser nueva, original, debe terminar con toda dependencia y la importación de ideas y productos. Debe ir contra el individualismo y proponer la sociabilidad como su fin esencial. Sociabilidad como proyecto social, como asociación de los hombres que tenga como fin la satisfacción de las necesidades.  El fin de la escuela debe ser hacer a las personas sociales, que vivan en comunidad. La nueva educación debe buscar el aprecio al trabajo y tener siempre presente, frente a los principios capitalistas, que lo importante es el hombre y no la producción. Que cada hombre y cada mujer tenga la posibilidad de producir lo necesario para satisfacer sus necesidades privadas y para reconocerse en los demás. Una real autonomía productiva.

Es necesario apoyar un proyecto político pedagógico que tenga como base la educación popular. Sin educación popular no habrá verdadera sociedad. Un proyecto que contemple la autoridad pública, libertad de expresión, el derecho de ciudadanía, las luces, las virtudes y la colonización del país por sus propios habitantes ya que sin esto la política y la economía se vuelven heterónomas.  Hombres y mujeres que lean para criticar, y no citen sino con lo que la razón aprueba, que tengan ideas adquiridas y sean capaces de combinarlas, formar planes, que tengan ideas propias, planes originales. No hijos de la imitación, sino obras de reflexión. Porque leer también es un acto filosófico que no se limita a la interpretación sino a la comprensión en el sentido humanista y filológico de la palabra. Leer es compartir el relato, la leyenda. Leer es resucitar ideas sepultadas en el papel. Leer no es estropear palabras para ganar tiempo, sino para dar sentido a los conceptos.

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