BUCEANDO EN LA RED

Por Ernesto García

El desarrollo y la importancia de las tecnologías y, en particular, el papel que las tecnologías de la información y la comunicación tienen en las sociedades modernas, han abierto amplios y variados debates. Hoy, las limitaciones del acceso a internet de los sectores más vulnerables en el contexto de pandemia han dejado al descubierto las carencias de muchos hogares poniendo en evidencia y acentuando aún más las desigualdades sociales.  Actualmente, solo un 53% de la población mundial tiene acceso a internet. Las últimas cifras de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU), a fines de 2019, muestran que, a nivel global, solo 53,6% de la población (4.1 billones de personas) tiene acceso a internet, mientras que 47% (3,6 billones) aún se encuentra desconectada. Estos datos reflejan una “alarmante brecha digital”, una desigualdad que se hace notoriamente más profunda en los países empobrecidos. En África Subsahariana, por ejemplo, el 89% de los alumnos no tiene acceso a ordenadores de uso doméstico y el 82% carece de acceso a Internet, unos 199 millones. En total, unos 242 millones han sufrido el impacto de la COVID-19. Sin embargo, estas desigualdades no están solo relacionadas con el lugar de origen, sino también con otras variables como la clase social.

Hace un mes La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) advirtió sobre la falta de acceso a internet de sectores vulnerables durante la pandemia. La Resolución 206 de ese organismo con sede en Washington D.C., Estados Unidos, indicó que, “en el contexto de pandemia, el acceso de las personas a una internet de calidad adquiere una centralidad insoslayable”. En este sentido, “En el marco de su Sala de Coordinación y Respuesta Oportuna e Integrada a la crisis en relación con la pandemia”, las dependencias de la Organización de los Estados Americanos (OEA) consideraron que esa carencia “limita el ejercicio de derechos fundamentales”, ya que “afecta de forma diferenciada a comunidades indígenas, afrodescendientes, mujeres, niños, adolescentes y personas mayores”. La brecha digital refuerza las desigualdades preexistentes que sufren esos grupos, ampliamente documentadas. En América, casi un 23% de la población no cuenta con acceso a internet, con distintos niveles según país, subregión y comunidad. Asimismo, en América Latina y el Caribe se calcula que al menos 300 millones de personas no tienen acceso, encontrándose los mayores índices de desconexión principalmente en países de Centroamérica, el Caribe y América del Sur.

En este contexto, es importante no perder de vista que la tecnología ha sido y sigue siendo utilizada como instrumento en procesos de colonización de formas y modos diversos, según las sociedades, los momentos de la historia y las diversas esferas de la vida económica, política y social, encubriendo nuevos procesos colonizadores y apropiaciones privadas de espacios públicos, soberanías políticas y derechos colectivos. El espacio público, aunque contenga parte de la naturaleza en estado puro como el éter, no es un ámbito natural sino un constructo político-social históricamente condicionado que está fuertemente mediado por la tecnología desde los orígenes de la modernidad. Este mismo proceso de colonización, no ya solo territorial sino hegemónico-cultural abre disputas económicas, jurídicas y políticas.

Las tecnologías de la información, a la que se les puede incluirle el adjetivo “digitales”, en primer lugar, designan a un conjunto de tecnologías que son pasibles de ser readecuadas y reprogramadas por usuarios y por los Estados. Dichas tecnologías se utilizan en el espacio público material (como el éter, los cables, las fibras ópticas) y lo ocupan bajo diversas formas de propiedad con sus respectivas restricciones o accesibilidad según quiénes la detenten. En cuanto al desarrollo de las actuales tecnologías digitales y su relación con el espacio público, el subsuelo urbano, su espacio aéreo cercano y el éter están siendo apropiados mediante hechos de fuerza consumados a espaldas de los ciudadanos.

Hasta la emergencia y posterior masificación de las hoy llamadas TIC (tecnologías de la información y la comunicación), la propiedad del soporte físico se confundió con la propiedad de los contenidos y con el monopolio del mensaje, ocultando las condiciones desiguales en materia de infraestructura y relaciones de propiedad en los distintos países. La ciudadanía se encuentra sometida a la absoluta monopolización y ausencia de alternativas de elección en materia de proveedores de medios y contenidos. El proceso de digitalización de la cultura y la comunicación, de los contenidos audiovisuales y su acceso no elimina la naturaleza finita y concentrada de los medios físicos de distribución, ni menos aún la naturaleza compleja de las estructuras de propiedad sobre las que reposan las diferentes partes constitutivas de su puesta en funcionamiento concreta.

En el caso de Internet, ésta sólo puede darse a través de dos medios: cables o el éter.  El éter es el espacio público por definición, único e indiviso (sólo divisible a través de licencias públicas) y las diversas variantes de cableado. Estos últimos, si bien no monopolizan el espacio público, lo influyen, apropian parcialmente y resultan prácticamente inflexibles a la competencia. Estos procesos de concentración de capital terminan absorbiendo la muy escasa concurrencia capitalista potencial, producto de la debilidad del Estado, el cual no interviene fuertemente con leyes antimonopólicas. Por otro lado, existe una percepción generalizada en el imaginario colectivo sobre las tecnologías de la información y la comunicación que ocultan tanto los intereses y flujos económicos, las transformaciones con sus alcances y límites y, fundamentalmente, los conflictos y disputas de intereses que se abren bajo el desarrollo de las nuevas tecnologías, y en particular, en el uso de Internet.

Bajo la arquitectura de Internet se pueden distinguir cinco niveles o capas, que permiten develar los distintos elementos y actores que la componen, superando la mirada que interpreta a esta red como un ente monolítico. Estas capas son: Infraestructura, Hardware, Software, Contenidos y Red Social. Sus distintos niveles exhiben regulaciones jurídicas, propiedades económicas y dinámicas sociológicas sumamente diversas, siendo el nivel de la Infraestructura, probablemente el más opaco de los cinco. Aunque en los niveles de la infraestructura y el hardware se mantuvo e incrementó la producción privada, dicho desarrollo generó que el control de esos procesos quedara en manos de las empresas privadas.

El nivel de la Infraestructura es el más básico y el que suele olvidarse con mayor facilidad. La misma está compuesta por una serie de artefactos sumamente costosos que sólo pueden ser instalados, mantenidos y renovados con enormes sumas de capital. La infraestructura incluye ante todo cables submarinos y satélites para transmitir información digital de manera intercontinental. Pero, naturalmente, incluye también los tendidos de fibra óptica que llevan la información dentro de los continentes. Las principales redes de este tipo, verdaderos pilares de Internet, suelen conocerse como backbones. En segundo lugar, tenemos el nivel de lo que denominamos Hardware. Este incluye a las tecnologías digitales necesarias para unir a cada uno de los nodos de Internet, pero también para almacenar la información circulante. Distintos tipos de máquinas, en cuyo escalón más básico podemos situar a las computadoras, actúan como servidores de las empresas que proveen Internet (ISP) o de las que almacenan los datos de las distintas compañías. El nivel del Software, es el que suele asimilarse a Internet, y a su vez, es el nivel más heterogéneo. En efecto, para que la infraestructura y el hardware funcionen, una multitud de programas, de complejidad variables, han de prestar sus servicios. El cuarto nivel, el de los Contenidos, es aquél con el que interactúa todo usuario de Internet. Refiere a los textos, la música, los videos, las fotos, los datos y toda forma de Información Digital que puede utilizarse on line o descargarse. Finalmente, está el nivel denominado Red Social. Evidentemente, Internet no funcionaría si no hubiera sujetos que hagan uso de ella. Esta necesita de usuarios portadores de saberes motivados a producir contenidos: redactar blogs, subir música, ofrecer sus programas. Pero también son necesarios usuarios portadores de roles especializados: moderadores, organizadores de foros, etc., que crean comunidades virtuales o redes sociales y de empresas que conforman y explotan esos colectivos.

Podemos ver así que la arquitectura de Internet está compuesta por varios niveles que tienen características disímiles y que, por ende, resisten simplificaciones homogeneizadoras y en donde la ausencia de cualquiera de estos niveles o la incompatibilidad entre ellos harían que Internet, sencillamente, no funcione. Por otro lado, pensar a Internet como una multiplicidad horizontal y no como una estratificación vertical sería negar el amplio conjunto de interacciones verticales entre sus componentes. Si nos detenemos en una de sus capas podemos ver que la Infraestructura, tiene la particularidad de exhibir rasgos opuestos a los de las otras capas, mostrando una concentración altísima, integrado exclusivamente por actores capitalistas, organizada de manera vertical y cuyo funcionamiento es prácticamente desconocido para el gran público. Aunque la privatización en el nivel de Infraestructura siempre estuvo latente, la propiedad de los soportes físicos siempre fue privada.

Los tendidos submarinos de fibra óptica, los backbones continentales y los satélites pertenecen a unas pocas empresas que oligopolizan la circulación de los flujos de información digital. Y mientras se celebra el hecho cierto de la expansión democratizante del extremo de la red social o de la capa de los contenidos, a la vez que se afirma la efectiva potencia de los millones de usuarios para superar determinadas instancias regulatorias, la infraestructura de Internet es propiedad de un puñado de empresas capitalistas. La idea habitual de un ámbito horizontal, sin control, con una multiplicidad de actores involucrados en modo alguno describe la concentración en el nivel de la infraestructura y oculta el verdadero funcionamiento de Internet. La infraestructura es un punto crítico no sólo porque los tendidos y satélites no son tantos, sino ante todo porque es dominada por unos pocos proveedores privados que controlan los tendidos de fibra óptica submarina (en su construcción y operación), en las comunicaciones satelitales y en los backbones continentales.

Por otra parte, una revisión crítica de las formas organizativas de la vida política, económica, comunicativa y social resulta tan indispensable como la de la producción y distribución de las tecnologías. Muchas invenciones y sistemas técnicos importantes en nuestra vida cotidiana conllevan la posibilidad de ordenar la actividad humana de diversas maneras. Conscientemente o no, deliberada o inadvertidamente, las sociedades eligen estructuras para las tecnologías que influyen sobre cómo van a trabajar las personas, cómo se comunican, etc. ya que en los procesos mediante los cuales se toman las decisiones sobre estas estructuras, las personas terminan distribuyéndose en diferentes estratos de poder y en diferentes niveles de conocimiento, por mucha libertad de elección que exista cuando se introducen por primera vez instrumentos técnicas o sistemas particulares. Los cambios iniciados a mediados de la década del setenta y que llegan hasta nuestros días, con la entrada en la escena social y productiva de las tecnologías digitales, dieron comienzo a una tercera revolución tecnológica que modificó el tipo de relación entre sujeto y objeto sobre las relaciones de producción.

Teniendo presente la dicotomía entre posesión y desposesión de recursos productivos, como así también, tomando en cuenta las propiedades distintivas de regulación sobre dichos recursos y recurriendo a la noción de acceso, podríamos develar el carácter conflictivo de la nueva estratificación social que se va estructurando bajo el denominado capitalismo informacional.

Hoy, en el ámbito capitalista, las actividades económicas más rentables se concentran en la forma excluyente de propiedad intelectual, pero, además, las mismas son de lo más diversas: la industria de los medicamentos y la biotecnología, la industria de contenidos audiovisuales y de la música, la producción de software y servicios informáticos, todos estos, rubros productivos que se funden en la capa de capitalistas informacionales; constituyendo la fracción hegemónica del capital durante este período. Por otro lado, surge también un grupo de trabajadores cognitivos que pasan a constituir la fracción de clase de trabajadores informacionales. Esto es, trabajadores que laboran ahora con un bien informacional secundario –un pc, un Smartphone, laptop o similares- y cuyo principal output en el proceso productivo es un bien informacional –es decir, que producen básicamente información-, pero, además, primario -es decir, un bien hecho puramente de información específicamente digital. La utilización de dicha tipologización nos permite abordar a las clases sociales en relación a la totalidad capitalista, en el ámbito en la cual aquellas se gestan, mueven y luchan por los recursos escasos, tomando en cuenta no sólo la propiedad privada física, sino también la propiedad intelectual, en tanto éstas constituyen las regulaciones que sobre aquellos operan.

Por todo lo dicho, y aunque la lucha política, continuaría jugando un rol como estímulo para la innovación técnica, cultural y productiva de las sociedades, lo que importa no es la tecnología misma, sino el sistema social o económico en el que se encarna. Aquéllos que no han reconocido aún los modos en los que las fuerzas sociales y económicas dan forma a las tecnologías no han ido mucho más allá de cierto determinismo. Las innovaciones tecnológicas, las elecciones respecto al equipamiento material, la inversión de capital y los hábitos sociales que tienden muy pronto a estabilizarse, se asemejan a los decretos legislativos o las fundamentaciones políticas que establecen un marco para el orden público que se perpetuará a través de las generaciones. Por esta razón, a las tecnologías deberíamos concederles la misma cuidadosa atención que a las reglas, los papeles y las relaciones en la política. Estos elementos que unen o dividen personas dentro de una sociedad particular no se construyen sólo por medio de las instituciones y prácticas políticas. Si examinamos los patrones sociales incluidos en los ambientes de los sistemas técnicos, podemos darnos cuenta de que algunas invenciones y sistemas se hallan ligados casi de forma invariable a modos específicos de organización de autoridad y poder. Y aunque la evidencia disponible tiende a confirmar que los sistemas tecnológicos más sofisticados son de hecho altamente compatibles con un control de la gestión jerárquico y centralizado, la cuestión más interesante, no obstante, tiene que ver con que si este patrón centralizado es o no en realidad un requisito de tales sistemas. El asunto depende en última instancia de nuestro juicio acerca de qué pasos, si es que hay alguno, es necesario dar en las operaciones con ciertas tecnologías particulares, y qué requieren tales pasos, si es que requieren algo, de la estructura de las comunidades humanas.

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