WARISATA: TRABAJO, TIERRA Y CULTURA

Por Ernesto García

La reivindicación social del indio, la incorporación de la masa indígena a la “civilización” americana, levantándola del estado de servidumbre y postración en que aún se encuentra es un hecho que bien podría tratarse desde una pedagogía latinoamericana. Las condiciones que han prevalecido hasta hoy, desde el tiempo de la conquista y como herencia del coloniaje, son intolerables para el sentimiento de justicia y solidaridad humana. Esa reivindicación ha de producirse, creando, en las regiones donde el elemento autóctono predomina como potencial humano, modalidades y estilos propios, originales. Ese es el resorte capital del problema del indio, en relación con la cultura de América Latina. En este sentido la experiencia de Warisata abrió un camino que se nutrió de la tierra, sus hombres y mujeres, sus niños y niñas como de ideas que brotaron de este nuestro suelo.

La convergencia entre las ideas educativas del maestro venezolano Simón Rodríguez y el intelectual y líder político cubano, José Martí, aunque entre ambos medie medio siglo, se da en que ambos estuvieron convencidos  de que en Hispanoamérica había que reformar la educación  de raíz a fin de ponerla a tono con las necesidades de las nuevas sociedades que nacían con la emancipación del dominio colonial español, no solo en lo metodológico, sino también en la adecuación para solucionar los problemas del Nuevo Mundo anquilosados por la enseñanza escolástica y religiosa que se mantuvo durante muchas décadas. En el legado ideario pedagógico de ambos pensadores sobresale una constante, la preocupación por la educación en América Latina.

Producto de la conquista y la colonización se desarrolló una cultura de fuerte influencia europea, en la que se intentaba ocultar y callar los rasgos autóctonos de los pobladores originales y de otros grupos étnicos traídos por la fuerza, la necesidad o el engaño. El convencimiento de que era necesario aceptar esta realidad transcultural para poder crecer como pueblos, es el nexo común entre Simón Rodríguez y José Martí.

En los años 1930, en Bolivia, se creó el proyecto de la Escuela Ayllu de Warisata. Este proyecto educativo planteó un sistema de aprendizaje que respetaba los modos de socialización andina (Ayllus) y fracasó no porque no fuera exitoso, sino porque fue saboteado por constituir un peligro para el sistema feudal imperante en la época. El aporte del modelo educativo de la escuela Warisata para la educación rural en los Andes fue aplicar de manera práctica las ideas de estos grandes pensadores y comprendió que los niños entran a la escuela no solo para aprender aspectos técnicos y saberes petrificados en el proceso de enseñanza. De esta manera, el ideario y la práctica docente desarrollados por Simón Rodríguez a principio del siglo XIX, frente a la resistencia conservadora del clero y la educación escolástica, fue la de combinar la enseñanza con el trabajo, promoviendo escuelas técnicas y agrícolas que facilitasen el desarrollo de nuestros países dentro de un proyecto de educación popular que diera unidad a los conocimientos de carácter práctico y manual. Esta experiencia, como en Rodríguez, cuestionaba la educación especulativa, no enraizada en lo concreto y que no permitía lograr los objetivos que necesitaba la educación. También denunciaba a su modo a los mercaderes de la educación, que hacían negocio con la actividad educativa. Simón Rodríguez, abogó por una enseñanza pública, mixta y laica, por poner a las sociedades latinoamericanas sobre nuevas bases.

Es a Martí a quien le corresponde abogar, a fines del mismo siglo, por la necesidad de una segunda independencia en la que los pueblos se hicieran dueños de sus destinos. Esa segunda independencia, ese proceso de descolonización en las comunidades andinas de Latinoamérica a través de la educación, tomando como ejemplo paradigmático el caso de la Escuela Ayllu Warisata, que surgió en Bolivia en los años 30, supo conciliar escritura, oralidad, naturaleza, agricultura y arte sin alterar las costumbres de la comunidad rural y comprendió que la educación puede ser una herramienta de descolonización si se entreteje con otras herramientas de aprendizaje propias de una cultura. Fue una obra comunitaria en la que los comuneros aportaron terrenos, material y mano de obra. El valor pedagógico de este proyecto radica en que respetó las estructuras sociales andinas como el ayllu y la minka y hubo participación de todos los comuneros.

Warisata estaba conformado no sólo por profesores sino también por “maestros” de labores productivas, músicos y poetas. El Consejo de Administración de la escuela estuvo integrado por autoridades comunales, quienes siguieron las normas tradicionales de la comunidad para tomar acuerdos y hacerlos cumplir. Se concibió a la escuela-ayllu como un centro de educación del indio en el altiplano paceño, cuyo modelo debía servir para los demás puntos de la república de Bolivia. La base de su originalidad residió en la integración del trabajo con el estudio y en la adaptación de las instituciones culturales nativas a la experiencia esencialmente ajena a la escuela. Esta propuesta educativa incluía, por ejemplo, el taller de artes plásticas, los programas especiales en los que se intercalaban charlas educativas con poesía, canto y teatro. Así mismo, se organizaban juegos deportivos, en las actividades agrícolas participaban los padres de familia y principalmente los alumnos de la escuela y en los tiempos de cosecha todos los miembros de la comunidad ayudaban en la recolección de frutos producidos por la escuela.

Esas ideas y propuestas que denunció y planteó José Martí a fines del siglo XIX: unidad de los pueblos latinoamericanos como base para el desarrollo socio cultural de nuestros países, la necesidad de elevar el nivel de educación del indio, dignificarlo, aprender de él y ponerlo en condición de participar activamente en la sociedad; la enseñanza y desarrollo de las ciencias y los avances técnicos como necesidades para crear sociedades prósperas; cuidado de lo autóctono en lo cultural y educativo, como base de la independencia; denuncia de la asimilación acrítica de las culturas ajenas y otros aspectos puntuales de la cultura, la educación y la política, eran los ecos que sonaban en las gargantas, en los pasillos y muros de Warisata. José Martí, testigo de la gran revolución educacional que provoca el desarrollo industrial del capitalismo del siglo XIX, impulsa el aprendizaje rápido de las nuevas tecnologías y las ciencias, observando y divulgando todo aquello que pueda servir en el avance de los pueblos de América Latina. Aplaude la introducción de los nuevos conocimientos y métodos, pero advierte en la necesidad de no dejar vacío de espiritualidad ese conocimiento y aboga por un humanismo frente al maquinismo y al pragmatismo burgués.

En este sentido los principios universales del modelo de Escuela Ayllu Warisata: la liberación, la organización comunal, la producción comunal, la revalorización de la identidad cultural, la solidaridad y la reciprocidad, siendo la comunidad el sustrato de todos ellos; el anhelo de aprender como forma de reivindicación de los derechos de los indígenas y la defensa de las tierras comunales; la organización comunal, el autogobierno y organización del núcleo de la Escuela ejercido por el Consejo, Parlamento Amauta, con disciplinada dirección logrando el éxito en cada una de sus decisiones instituciones; la producción comunal como estrategia educativa productiva del aula, taller y sembrío para desarrollar industrias, cooperativas, ferias y empresas agropecuarias, dirigidas al autoabastecimiento de la escuela, mejorando las condiciones y calidad de vida; la revalorización de la identidad cultural,  reviviendo todo lo que significaba la cultura andina, protegiendo los valores morales, éticos, estéticos, religiosos, ecológicos, idiomáticos y patrimoniales; una estructura basada en los fundamentos de una herencia de varios siglos atrás que demostraba que tales conocimientos, eran actuales y productivos nutrió a hombres, mujeres, niñas y niños de la experiencia Warisata.

La solidaridad y reciprocidad como clave del éxito de la Escuela Warisata fue la colaboración y compromiso comunal en las actividades escolares sin diferencias sociales de tipo étnico o económico. Guiadas a través de instituciones tutelares ancestrales, produciendo relaciones de intercambio tanto económicas como éticas de y hacia los miembros de la comunidad, logrando la prosperidad y expansión geopolítica del campo hacia la ciudad, la nación y Latinoamérica. En la Escuela Ayllu Warisata se practicó una normativa comunitaria, porque el pensar andino va siempre unido al actuar. El aprendizaje va de la mano con la vida y la identidad cultural.  La solidaridad y reciprocidad son elementos que logran la unión o integración de la comunidad a la vida social, el pensarse de manera comunitaria como partes de un todo, como característica de la lógica andina, al contrario del pensamiento occidental que se piensa de manera individual.

En Warisata no había vacaciones escolares, se trabajaba todo el año, en consonancia con el calendario productivo de la comunidad, y las labores no terminaban pasado el mediodía, como se acostumbra en los sistemas escolares, porque siempre había alumnos y maestros trabajando aún llegada la noche. Esto sucedía porque Warisata no era solamente una escuela de niños. Allí, junto los pequeños de Jardín y los de la sección Elemental, concurrían los jovencitos de la sección Vocacional, y, finalmente, escogidos entre los mejores, los de la Profesional, una de cuyas secciones era la Normal, de la cual egresaron maestros rurales que dejaron huella en muchos lugares del gélido altiplano boliviano.

Al igual que José Martí, que reivindicaba su pertenencia a estas tierras de “Nuestra América”, exalta las potencialidades socio-culturales de sus pueblos mestizos y basó su proyecto emancipador en lo autóctono, en el conocimiento de las virtudes propias de los pueblos y la imbricación de los avances científico-técnicos de su época. Ideas semejantes a las de Simón Rodríguez, pero en un momento de mayor desarrollo del capitalismo y de mayor amenaza de penetración imperialista, pero ambos confiados en que el triunfo de los pueblos estaba dado por el desarrollo de la educación y cultura, su unidad y solidaridad. Así Rodríguez y Martí fueron los precursores de las pedagogías latinoamericanas, sus ideas permanecen vivas, permanece la idea de humanidad extendida a todas y todos, ciudadanos y pueblos, una pedagogía propia, auténtica, una pedagogía que contiene también alegría. A partir del modelo educativo Warisata podemos concluir que cada comunidad debe encontrar el mejor método de aprendizaje de acuerdo a sus propias necesidades y costumbres locales, apropiarse de ella, y usarla como herramienta de descolonización.

El problema del indio, incorporado este desde la Independencia, es el problema del sometimiento de la población nativa obligada a hablar la lengua de la conquista y sometida a las normas y sus usos desde el coloniaje. No por ello deja de ser también el problema general de toda la masa proletaria, en este caso de la masa rural, dado que su mayor parte pertenece a la población campesina. El indio, no es solo ese esplendor legendario de su tradición autóctona, el colorido original de sus costumbres, sino aun en la propia miseria, ha sido y sigue siendo, tema de literatura nativista o divagaciones filantrópicas sentimentaloides. Pero no se ha movido mucho por levantarlo de su condición. Ello significaría la revisión de los viejos privilegios sobre los que reposa gran parte de la estructura social latinoamericana. Redimir al indio implicaría una revolución fundamental en la economía, como también en las pedagogías, y en los prejuicios de una sociedad que se halla establecida sobre la servidumbre física y moral del indio. Suprimir el trabajo servil del indio, en la agricultura, en el pastoreo, en las minas, en las labores domésticas derrumbaría todo el orden económico y social de gran parte de Latinoamérica. Esa fue la misión de Warisata.

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