POESÍA COLOMBIANA EN ARGENTINA: LA PARRANDA POÉTICA

Por Verónica González

Entrevista a Liliana Velandia Calderón.

 

Julio del 90

tengo un año bajo el signo cáncer

recuerdan mis padres lunes 1PM

ascendente escorpio

traigo un dios en la mano

parece espejo

déjenme remojada en agua fresca

todavía no aprendo que nací

denme tiempo

 

Liliana Velandia Calderón.

 

Hablar de poesía en estos tiempos sigue siendo un acto revolucionario, que resiste a todo lo que se pretende anestesiar desde un capitalismo que arrasa lo singular y desestima la ternura como un valor ineludible.

El arte como un modo de transformar el mundo y lo cotidiano; como una forma de resistir a los embates de la vida cuando se vuelve incierta y el camino se desdibuja.

El arte que rescata la cultura y las costumbres de los pueblos, que siguen dando batalla más allá de la bala que los mata.

Hace casi 6 años, Liliana, con su Bucaramanga (Colombia) en la piel, decidió hallar el lugar que, finalmente, la nombre y apostó por su residencia en la Argentina. El principio no fue fácil pero decidió dar batalla y así estudiar lo que soñaba.

Estar lejos de tu país de origen duele, las marcas de tu gente merodean en tu pelo y te despeinan, los olores impregnan tu garganta hasta que el llanto explota. No hay olvido, sólo un intento de conservar recuerdos y la fuerza para encontrar un futuro con alas.

Por este motivo, es imprescindible que seamos concientes de este proceso de desarraigo que sufren cada une de les migrantes, para que estemos ahí cuando nos necesiten; para entender que se trata de un duelo por el país que, aunque no está perdido, deben dejar atrás.

Liliana creó junto a otres compañeres “La parranda poética”, un ciclo de música y poesía colombiana acá en Buenos Aires, donde comparten poemas pero también la alegría de saberse cerca de la cultura de su pueblo.

Fue de ese modo que la conocí, sin saber que hoy Colombia estaría atravesando una de las situaciones más tristes de su historia; sin saber que iban a estar asesinando hermanes y niñes descaradamente; sin saber que la angustia de Lili sería aún mayor en este día.

Quería que nos cuentes ¿cómo fue venir a vivir a la Argentina desde Colombia y hace cuánto estás acá?.

Fue emocionante porque no había salido de Colombia antes. Con el tiempo entendí que mi destino era venir a Argentina en 2015. Llegué a Ezeiza en agosto y por suerte me recibió un joven actor que conocí grabando un cortometraje en Bucaramanga, Árnold Ortiz. Ya casi cumplo 6 años como migrante.

¿Qué fue lo que te llevó a migrar? ¿Viniste sola?

Te cuento que viajé sola. Primero hice Bucaramanga – Bogotá, me quedé una semana con un amigo y luego sí di el gran salto Bogotá – Buenos Aires.

Tenía 25 años cuando recibí la noticia de que había sido aceptada en la Maestría de escritura creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y era mi segundo intento de migración. Dos años atrás había aplicado a una beca de la OEA para ir a Brasil, pero no fui seleccionada ya que no hablaba portugués. En medio, acepté hacer un postgrado por una falsa beca que luego se convirtió en un crédito condonable, me retiré de esa maestría académica por maltratos del director, quien además era el Decano de la Facultad de Ciencias Humanas. Pero también confirmé que disfrutaba más hacer, crear, escribir, que analizar y estudiar las artes.

Como la mayoría de colombianes profesionales, migré porque hacer un postgrado en Colombia, es empeñarle el alma a un banco, el Icetex o una universidad. Sé de profesionales que se han suicidado ante el agobio de las deudas que les trajo intentar hacer un posgrado.

¿Cómo fue este proceso, Lili? ¿Lograste encontrar contención en Buenos Aires?

Creo que uno idealiza mucho la migración cuando no la ha vivido. Pero la solución no es que otro te cuente para tomar esa historia de brújula. No es una experiencia transferible, porque la historia de migración de cada persona es única. Sí es clave saber que llegás a reinventarte, que transitarás varios duelos y que en todo proceso migratorio debes conocer el contexto y las reglas socioeconómicas del país al que llegás. De cualquier manera, hay que tener plan A, B, C y D. Sobre todo contar con personas que te contengan hace la diferencia.

Mi proceso migratorio empezó desde antes de venir, ya me sentía extranjera en mi propia ciudad, necesitaba salir para ver si existía eso que llaman “mi lugar en el mundo”. Luego de ahorrar, sacar pasaporte y comprar el tiquete, llegué y al mes ví que las cuentas que había hecho en marzo ya no me servían en agosto. No pregunté, sólo supuse que en Argentina los aumentos no eran anuales como en Colombia sino semestrales o que a lo sumo, en lugar de ajustar precios en enero lo hacían en julio.

El siguiente mes gasté aún más de lo presupuestado, con el cambio de presidente ví cómo el dólar se elevaba -algo que no había proyectado- y que empezó a dificultar mi permanencia en la maestría. Te cuento que al ser estudiante extranjera me cobraban la mensualidad en pesos, pero tarifado en dólares. Recién ahí salí de mi fase turista, saqué cuentas y percibí que a ese paso mis ahorros no durarían los seis o siete meses que yo planeaba sino tres o cuatro, la búsqueda de trabajo tendría que ponerse agresiva y urgente.

Un amigo de mi amigo Arnold dejó libre una habitación en San Telmo y ahora estaba ahí completamente sola lidiando con la realidad. La angustia creció, pasé de la euforia a la inestabilidad. Si bien, por guía de mi amigo yo agilicé desde Colombia el turno para tramitar residencia temporal y en septiembre ya obtuve la Residencia Precaria con un cuil y permiso para trabajar, nadie me llamaba para una entrevista.

Acá confieso que los trabajos que busqué los dos primeros meses eran afines a mi perfil profesional, como profesora o redactora. O como vendedora, en última. En el sector gastronómico no buscaba porque eran horarios rotativos incompatibles con la maestría y trabajar en limpieza me parecía decadente, ya mucho se había esclavizado mi madre limpiando casas para que yo fuera profesional. Y cómo decirle a ella que había llegado a otro país para hacer lo mismo en lugar de ejercer la profesión que me ayudó a sacar adelante. Me aterraba.

Para ese momento aquella fría habitación en San Telmo era todo lo que tenía (30 días de alquiler), y mi identidad basada en mi formación profesional e intelectual se derrumbó. Entré en crisis, me deprimí. Falté una semana a clase, no comí y lloraba todo el día cuando no estaba dormida. Tampoco le decía a nadie por todo lo que estaba pasando, no veía salida. El siguiente lunes desperté con muchísima hambre, me comí lo que quedaba de un dulce de guayaba y pensé: gastaré hasta el último dólar pero no dejaré de ir a estudiar, completaré el cuatrimestre, si al final de mi pobreza no consigo trabajo vendo mi computadora y me regreso.

Pero no regresaste y continuaste estudiando. ¿Qué recordás de esa época?

Esas horas con María Negroni, Guillermo Martínez, Liliana Heer, Teresa Arijón, Bárbara Belloc y Alejandro Tantanian eran salir del mundo real, mi viaje hacia prácticas de escritura, recorridos literarios que no conocía y maneras de vivir la escritura creativa. Escuchar a mis compañeros, de quienes aprendí el valor que acá le dan a la literatura nacional y a les contemporáneos.

Recuerdo que cuando volví la siguiente semana fue una sorpresa ver que algunes me preguntaron por mi ausencia. Ahí abandoné la idea de que moriría y nadie se daría cuenta, a nadie le importaría. Fue un nudo que se soltó, y lo pude hablar con una compañera que me salvó: Eva Gasteazoro. Migrante como yo, su historia iluminó conflictos que yo vivía. Su primera migración se dio entre Nicaragua y Estados Unidos cuando tuvo 19 años y ahora estaba jubilada con una carrera como actriz, bailarina y performer en Estados Unidos. Pero ella me dijo una frase que me sacó el prejuicio de trabajar en otras áreas, “el artista debe saber que necesita dos trabajos: uno para comer (el que sea, no importa desde que pague las cuentas) y otro para vivir, el más importante porque es tu razón de ser”.

También dejé de guardar silencio por miedo a que desde Colombia me juzgaran, fracasar no era una opción, como si la vulnerabilidad fuera una derrota.

La plata de mis ahorros se acabó y ahí dejé el ego de lado, estaba dispuesta a trabajar en lo que fuera. Le pedí a mi amigo plata prestada para pagar el alquiler, racioné la comida que inteligentemente me había traído de Colombia y empecé a cubrir turnos en una cadena de solarium. Conocí muchas chicas migrantes, dejé de autocompadecerme para ver que existían historias mucho más duras que la mía y cuando se presentó la oportunidad de trabajar cuidando a un adulto mayor acepté sin dudarlo, a pesar de ser un trabajo mal pago, sin franco y sin cargas sociales.

 ¿Qué cosas, situaciones y/o personas te ayudaron a sobrellevar ese momento?

Arnold Ortiz es el joven que aunque menor que yo me animaba a no rendirme, me prestó plata para pagar el alquiler de tres meses mientras empezaban a pagarme en Medidom, la empresa de internaciones domiciliarias para quien trabajé durante dos años. Reconocer que había dolor al bajarme de la etiqueta de profesional, volver a mis inicios laborales sin obra social, aportes jubilatorios y pago digno me hizo percibir lo enraizado que tenía el sistema capitalista. La universidad me había dado un ascenso económico, pero nunca había dejado de ser obrera. Recordé lecturas universitarias, me sacudí y me sigo sacudiendo. Fue como volver a nacer, darme cuenta de que soy mi lugar en el mundo y la casa que soy para mí me la llevo a todas partes. Empecé a encontrar los corazones argentinos con quienes podía ser ese bichito que cambiaba de piel, a contarle a mis amigas y familia en Colombia por todo lo que estaba pasando. Mientras tanto la poesía y un diario canalizaban todas las grietas que se me abrían en esa metamorfosis.

Ya en el 2016 me sentía otra persona, el poeta Damian Lammana compañero de la maestría, me invitó a leer en el ciclo Poesía en la Terraza, en el Conti. Volver a la escena fue un alivio inmenso. Sentí que empezaba a pertenecer, ya no era más una hoja al viento. También me enamoré y mi pareja fue un gran refugio, aunque ya llevaba un año en Argentina, cada tanto lloraba en las noches. Incluso fui al psicólogo por recomendación suya, porque nadie te dice que atraviesas duelos cuando migras y que necesitarás una red de contención.

La parranda poética

«El arte es lo que resiste: resiste a la muerte,

a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza».

Gilles Deleuze.

Contáme un poco, Lili, ¿cómo fueron tus primeros acercamientos a la poesía?

Cuando era niña la conexión se dio mirando por encima y por dentro de todo. Amaba subirme a los árboles o la azotea de casa para observar todo desde otras perspectivas. Seguramente también influyó que haya ido a un Jardín infantil de pedagogía Montesori y que frente a mi casa tenía el monte. En mis cuadernos escribía pensamientos, un poco animada por dos poetas que mi papá tenía en su humilde biblioteca: Rubén Darío y Mario Benedetti. También la manga Candy-candy me motivó a llevar diarios románticos de mis pequeños dramas, entonces mi manera de relacionarme y lo que veía terminaba en la escritura. Es hasta séptimo (segundo año de secundaria) que soy consciente de lo que venía cultivando íntimamente. Cuando la profesora de Español nos dio poesía y figuras literarias, yo escribí sin mayor dificultad un poema usando todas las figuras literarias de esa clase. La profe quedó tan contenta y maravillada que me pidió escribiera otro poema para el periódico escolar.

Lili no sólo encontró su lugar en el mundo sino que facilitó un lugar para otres, como un modo de intercambio y de resguardo de su cultura y sus raíces; un compartir entre colombianos que vivieran en Argentina y tuvieran alguna relación con el arte.

Logró construir su propia red de contención y de resistencia puesta en un ciclo maravilloso llamado “La parranda poética”.

¿Cómo fue que surgió la idea de hacer “La parranda poética»?

Mi idea inicial fue buscar y encontrar poetas colombianes migrantes en Argentina, y surge después de dar un taller de poesía performática en el Museo de inmigrantes. Al taller van dos colombianos y una colombiana, se hacía en dos sábados para que el último fuera una muestra. Al siguiente sábado vuelve solo uno de los tres y lee el poema que compuso dentro del taller. Ese joven es Jorge Andrés Fonseca, nos quedamos charlando una vez doy por terminado el taller.

Ahí sé que es boyacense, que cursa una maestría en la UBA y que está escribiendo poesía. Para ese momento yo sólo conocía a un poeta colombiano migrante en Argentina y Jorge me cuenta que él conoce a dos: Luis Pabón y Nanda Álvarez.

La siguiente semana le conté mi idea a Jorge, quería que emprendiéramos la búsqueda para crear un ciclo que uniera la poesía colombiana y latinoamericana con parte de nuestra identidad colombiana: la fiesta, el baile como manera de resistir.

Cabe decir, que por mi forma de ser habría tardado mucho en pasar de la idea a la acción, pero Jorge se entusiasmó tanto con la idea que la hizo suya. Enseguida se puso la 10 y empezó a hablar del proyecto con sus amigos, uno de ellos le dio el nombre al ciclo. El poeta chileno Diego Alfaro Palma dijo lo que ustedes quieren hacer es una Parranda poética, y quedó.

 ¿Cuál era el objetivo que los movilizaba? ¿Quiénes participaron y te ayudaron en el armado?

El objetivo era conocernos entre los y las poetas migrantes, ser un escenario para descentrar la natural hegemonía de poesía argentina, darle vida a un ciclo diferente para que personas que buscan fiestas colombianas se acercaran a la poesía y bajáramos a la poesía de su Olimpo.

Además de Jorge, en el camino de la convocatoria y búsqueda de poetas conocimos a una pareja de editores: Malu y Luis Fer, de Derrames editora, también colombianos migrantes con quienes nos aliamos para en cada ciclo editar un fanzine con poemas de los participantes. Jorge se armó un equipo de amigos con conocimientos en edición de video y sonido, con quienes empezó a trabajar la postproducción audiovisual de los ciclos.

Ahora quisiéramos editar una antología con los y las poetas que encontramos, aunque algunos han regresado a Colombia y otros tienen un pie allá y otro acá.

¿Cómo afecto la pandemia en el ciclo?

La pandemia fue demoledora para el ciclo porque estábamos buscando una nueva casa para Parranda poética, un lugar que aceptara nuestros dos ingredientes más fuertes: poesía y baile. Pero no es lapidaria sólo porque ahora la capacidad de los espacios culturales esté reducida sino porque “Parranda poética” implica movimiento del cuerpo y proximidad. Además, estuvimos atravesando situaciones personales y emocionales muy fuertes tanto Jorge como yo. No teníamos cabeza ni corazón para otra cosa que sobrevivir. Entonces, pensamos que una manera de no dejar morir el ciclo era abrir el muro de Facebook, por el momento el único espacio de encuentro, para que quienes quisieran compartir una lectura, reflexión o baile lo hiciera.

Luego, un día con una amiga poeta hablábamos de la impotencia que teníamos, nos ayudábamos en medio de semejante emergencia mientras conocíamos más y más necesidades. Esa semana ví la convocatoria de la Asociación de mujeres colombianas en Argentina (AMCA) que estaban armando mercados para familias que se quedaron “varadas” en Argentina o que al trabajar en el sector gastronómico perdieron el trabajo en la fase 1 de aislamiento.

Le pregunté a Jorge si le parecía organizar un ciclo virtual para ayudar a difundir esa colecta solidaria y si aprovechábamos la virtualidad para invitar a poetas migrantes en otros lugares fuera de Argentina. Le gustó la idea, hablamos con la directora de AMCA y nos pusimos a trabajar en la organización.

El 7 de junio del año pasado se dio una conversación e intercambio poético muy nutritivo entre Roxana Crisólogo, peruana migrante en Finlandia; Ana Arzoumanian, argentina hija de migrantes armenios; Diego Alfaro, chileno migrante en Argentina que retornó justo antes de la pandemia y Eduardo Bechara, colombiano, viajero e hijo de migrantes. Fue en vivo, pero sigue colgada en el muro.

 ¿Tenés contacto con otras organizaciones y/o colectivas?

Sí, aunque no directo, por redes sociales o por compañeros que sí lo están. Organizaciones civiles, políticas, feministas y ciudadanas en Colombia, Chile, Perú y Argentina. Pero no tengo la energía para estar de forma activa en nada, siento que cada vez todo me cuesta más. Mis últimas colaboraciones vienen siendo en la revista de poesía y cultura La Primera Vértebra, la estuve coordinando junto a Camila Albertazzo mientras la directora Teresa Orbegoso no se sentía bien. Y en la colectiva feminista Sangría, pero la cotidianidad está implicando grandes luchas o resistencias políticas, emocionales y económicas para todes, así que cuesta mucho construir fuera de ella.  

Raíces de la resistencia

 A la exiliada:

Acaríciale los vientos

Bésale las miradas

Abrázale las ausencias

Lleva una patria a cuestas.

 

Liliana Velandia Calderón.

Los movimientos migratorios siempre se orientan hacia la búsqueda de un futuro mejor, rodeado de posibilidades y también de desajustes emocionales.

“Nadie te dice que atraviesas duelos cuando migras”, nos dice Lili y es un proceso doloroso llevarlo a cabo, más allá de que los sueños se realicen, la patria camina a tu lado en los exilios para recordarte de dónde venís, qué detalles extrañás y a quiénes amás.

Volviendo un poco a Colombia ¿Hay algo que extrañes y recuerdes especialmente? ¿Volviste alguna vez?

En estos casi seis años fui dos veces. La primera vez fuimos de vacaciones con mi pareja (Nicolás Barrasa), aproveché para que se conocieran con mi familia. Aunque él ya había visitado algunas ciudades de Colombia, no conocía Bucaramanga y su área metropolitana. La segunda vez que fuimos fue en 2019, fuimos a casarnos así que mis suegros y cuñada conocieron un poquito más de Colombia. Extraño los vínculos, porque por más que estés pendiente de las personas que quieres, por Whatsapp y videollamadas, a veces hace falta el abrazo o la risa. Yo le decía a mis amigos de acá y a la familia de Nico que ahora con la Pandemia (y su aislamiento fase 1) nos podían entender a les migrantes. Aprendemos que para estar o que estén no es indispensable el cuerpo, pero cada tanto se extraña la posibilidad del encuentro presencial. Lo otro que extraño bastante, aunque cada vez menos dado que se comercializan más son las frutas. Mis dos nostalgias más fuertes son la guanábana y el lulo.

¿Cómo son tus redes de contención ahora, Lili?

Ahora y desde hace casi cinco años mi esposo es pieza fundamental, que los dos estemos en la búsqueda artística es un gran respaldo. Al principio de nuestra convivencia tuvo la inteligencia emocional para acompañar mis duelos y no ha dejado de creer nunca en mi potencial. Luego está su familia, mis suegros y cuñada. Mis amigues de la Maestría son un regalo hermoso en esta carrera de escritores. Pero desde Colombia también recibo apoyo de mi hermana, mi madre, mis amigas de la UIS que son como mis otras hermanas. Cami en Chile, Tere en Perú también me hacen el aguante cuando me adentro en mi caparazón.  

Dada la situación crítica y urgente que está viviendo tu país ahora, me gustaría que nos cuentes cuál es el reclamo principal del pueblo colombiano.

Ustedes saben que quien manda es el poder económico que se legitima a través de dudables democracias con la publicidad de los grandes medios de comunicación. Pues en Colombia la economía es terrateniente, feudalista, ganadera, extractivista y narcotráfica; que paga votos con un billete o un plato de comida, presiona poblaciones (con armas en la mayoría de los casos) y engaña a la clase media con la mentira de que los políticos de centro-izquierda van a expropiarles el carrito de helados, el taxi o la quinta para que mejor voten por ellos: los patriotas políticos de derecha que bajo el ala del Uribismo han logrado cobijarse todas las ratas (con el perdón de los roedores). ¿Qué les ofreció y sigue ofreciendo el Uribismo? «Mano firme y corazón grande», mano firme con les trabajadores que dejaron de ganar horas extra los feriados o con les estudiantes que cada vez luchan por un cupo en las universidades públicas o se endeudan en las universidades privadas, pero cuando el hambre acosa ni siquiera es una opción seguir estudiando. Ahí los jóvenes aprovechan lo que a su alrededor les ofrecen: ser policías, seguir en el Ejército después de prestar el servicio militar obligatorio, entrar en las redes de microtráfico de drogas, robar, sicariar, revender productos en la venta ambulante, aprender un oficio como ayudantes para un día ser mecánicos, albañiles o lo que salga. Mano firme con los guerrilleros, campesinos, indígenas y todo «mamerto» que medio les suene a comunismo, socialismo o medioambiental. Sí, también a líderes medioambientales amenazan y matan. Pero corazón grande con las multinacionales, con los árabes y canadienses que quieren explotar el oro de los páramos, con los narcotraficantes, los Ardila-Lulle y los Sarmiento Angulo, con los grandes ganaderos y los multimillonarios. Ellos evaden impuestos, tienen paraísos fiscales y pretenden que el pueblo acepte sumiso una reforma tributaria y al sistema de salud que le traería a las clases medias más pobreza, y a los pobres más hambre.

Yo invito a que la comunidad internacional siga pendiente de lo que pasa en Colombia, que quienes tienen el privilegio de ser o tener amigues periodistas, defensores de los DDHH, en los cuerpos diplomáticos compartan lo que sucede en Colombia. Siempre cuestioné cómo era que Chile y Argentina habían tenido que sufrir dictaduras, si vinieron periodistas a ver qué era lo que pasaba con las juntas militares y creo que no tenían Internet para evidenciar la barbarie en tiempo real, tampoco había la conciencia de que somos parte de una Latinoamérica unida en historia y diversidad. Presionemos a las distintas democracias para que no toleren la militarización del territorio colombiano, para que el gobierno de Iván Duque respete la vida y el derecho a la protesta, para que no declaren Estado de sitio (lo que quiere el Uribismo) y se sienten a dialogar con les organizadores del Paro, así como con congresistas y senadores de los partidos de oposición.

Arthropoda

que nadie se atreva a ponerle miedo en la llaga

a veces nacen mariposas

brota

y renace el fuego

se queda suspendida

con los oídos tapados

esperando la hora

del poema que la nombre.

 

Liliana Velandia Calderón.

Los artrópodos (Arthropoda, del griego ἄρθρον, árthron, «articulación» y πούς, poús, «pie») constituyen el grupo más numeroso y diverso del reino animal. Están dotados de una enorme plasticidad en sus articulaciones y, durante su crecimiento, son capaces de cambiar el exoesqueleto viejo por uno nuevo, lo que se conoce como muda.

Su poemario Arthoropoda desarma el mundo para volver a escribirlo desde lugares nuevos que la habitan y nominan.

Ella, la poeta colombiana que aletea en Buenos Aires, se sostiene de múltiples luchas y se transforma en cada acto para vivir.

¿Qué gestos, personas, cosas te inspiran a escribir, a crear?

Un poco todo: los vínculos, la identidad, la naturaleza, el lenguaje, la soledad… pero con más fuerza temas socio-políticos: ¡La vida misma! Antes de la pandemia había decidido darle cabida al amor en mi escritura. Más que nada porque había congelado un libro que vengo escribiendo desde que vine a Argentina, va sobre la maldad de la que se nutren las infancias y luego replican. Pero pandemia. Así que la realidad me dijo: termina de una vez ese libro y deja de tenerle miedo al dolor. Y digamos que lo terminé, pero siempre puedo volver a editar mientras no esté publicado.

Si te pregunto ¿qué significa la resistencia para vos? ¿Qué imagen y/o palabra se te viene a la cabeza?

Creo que la resistencia es nunca perder la esperanza, parafraseando a Eduardo Galeano es conservar el fuego de la utopía para avanzar. A veces ese fuego se mantiene bailando, amando, dándole alimentos a una familia que lo necesita, escribiendo un poema, dando una clase, escuchando una lucha, sumando el cuerpo y la mente en todo aquello que nos haga avanzar hacia un mundo un poquito más justo y empático.

¿Cuáles son tus sueños y proyectos, Lili?

Me gustaría que mi primer libro, Arthropoda, tuviera una edición colombiana. Poder concretar y publicar la Antología de poetas colombianes migrantes en Argentina. Que la policía dejara de ser el comando de perros furiosos de los poderosos y tuvieran consciencia de clase, que fuéramos menos nacionalistas y más transnacionales. Y mi sueño más grande que cayera el capitalismo y el patriarcado. 

Por último, quisiera agradecerte y ofrecerte este espacio para dejar un mensaje a todas aquellas personas que están del otro lado leyendo esta entrevista.

Muchas gracias a tí, Vero, por el espacio para viajar a bordo de mí misma y mi historia. Una con muchos privilegios, porque hay miles y miles de migrantes que huyen sin nada en los bolsillos, todo por salvar sus vidas. Espero que cualquier persona migrante en el mundo sepa que no está sola, creo que en el fondo pensaba en la Parranda poética como ese refugio de alegría, poesía y hermandad latinoamericana para acompañarnos. Y si alguien siente que no puede con su proceso migratorio y está leyendo esta entrevista no tenga pudor en escribirme, en lo que pueda intentaré ayudarle.

Deleuze decía: “La tristeza, los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia de obrar. Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en sus esclavos. […]

No es fácil ser un hombre libre: huir de la peste, organizar encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación. Convertir el cuerpo en una fuerza que no se reduzca al organismo, convertir el pensamiento en una fuerza que no se reduzca a la conciencia”.

La parranda poética es una trinchera para resistir, que favorece el encuentro a través del arte, que apuesta a la libertad de ser en otro país sin olvidar las raíces ni la alegría que tanto caracteriza al pueblo colombiano y que hoy pretenden arrasar.

Resistir aún en las peores condiciones sin dejar de apostar a la ternura, a los lazos que nos mantienen ligados a les otres, para entender que migrar implica un desarraigo, un arrancar la capa de tu piel para dejarte en carne viva durante un tiempo, hasta que vuelve a crecer y se hace fuerte.

Liliana de Bucaramanga te acuna con su tono danzarín en un colchón de nubes y espuma para que saltes de su mano, para encenderte de poesía y de música mientras disfrutás la guanábana y el lulo mirando el monte, arriba de la azotea de su casa.

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