No debo ser al único que le pasa.

Por Nedima

¿A quién le puede interesar como comienzan mis mañanas?
Lo primero que hay que hacer, pa’ que arranque la mañana, es agarrar y despertarse.

Personalmente, recomiendo hacerlo antes de la mitad del quinto sueño. Cosa de influirse una pequeña esperanza artificial
de que continúe, la siguiente vez que se apolille, dotándose, así, de un incentivo pa’ volverse a dormir.

Un cacho de estrategia pa’ mantener un hábito saludable de descanso, don.
Con la experiencia que tengo, es fácil quitarse la lagaña. Piense que me vengo despertando, ya, hace 44 años sin parar.
Al principio costaba, claro… pero le agarrás la mano enseguida.
Eso sí, lo que no es moco ‘e pavo es despabilar a la pava cuando no se quiere levantar, si me perdona el juego de palabras.
Yo sin un mate no arranco, y hay veces en las que esta guacha se va de joda, volviendo a cualquier hora, acá a casa; claro, después, a la mañana, no hay quién la saque de la pieza.

Un día ya eran las dos y media de la tarde, y me cansé. Como hacía mi viejo cuando no me levantaba pa’ dir al colegio,
agarré y le eché agua.
-Dale que tengo que ir a laburá’- le dije, en la ocasión.
¡Para qué… un escándalo me hizo la plateada!
Su tapita plástica punzó, mientras le temblaba de la bronca, fulguraba en tonos aún más rojizos e incluso me pareció,
viéndola tan caliente, que no iba a hacer falta ponerla en la hornalla pa’ que hirviese el agua.

-Que’sto no puede ser; que ahora me hirviera el agua Magoya-aunque sabía que justo ese día no estaba él. Raro…
-Que ojalá me agarrara cagadera-y no sé cuántas otras cosas, sobre la pava que me paveó, chifló, en la ocasión, la
metálica.

Agua, lo ques agua, de todas formas, le iba a echar. No nos olvidemos de que estamos hablando de una pava. El tema es
la actitú, yo sé que fue eso lo que la enojó. La manera, digamos…
Bue, cuestión. Agarro y me levanto…»Agarro», sí.
¿Cómo hago, si no? Por su peso no me deja salir de la catrera, el tipo. Nicanor es simpático pero tiene esa manía, un
cacho molesta, de ponérseme encima de la panza en las mañanas, impidiéndome que abandone el sobre.
Los caracoles no suelen ser así, es un caso raro este. Por lo general se hospedan una temporada en mi patio, siguiendo su
camino al poco tiempo sin que nadie los retenga.
A éste, se ve, que algo le gustó de mi ranchito y bueno… se aquerenció.
Lo más probable es que su misión haya sido acompañar en sus soledades al primer viejo empleado de la ERNHyA que se
le cruzase por el camino. Según parece, no tengo muchos compañeros de rubro por el pago…

En lo que respecta al cumplimiento de sus comitivas, estos moluscos son sensacionales.
También, con lo que cobran…Es de los pocos gremios dentro de la Intendencia Sub-Herbácea que están, dentro de todo,
bien pagos. La gestión del Partido de las Lumbrices no está dando los frutos esperados, me cuenta Nicanor, las veces que mateamos.

Resulta que no manejan bien la economía, como todo aquel que ha querido gobernar esta tierra. Nunca mejor dicho,
tratándose de lumbrices.
Hubo una época en la que las empresas Ersas competían contra, incluso, el Sultanato Anto-Lepidóptero.
Después de que los Bichos-Bolita se sindicalizaran y se adueñaran del transporte de semillitas y colillas de cigarro, las líneas fórmicas fueron cerrando y, con ello, muchos hormigueros, panales, madrigueras y etcétera, fueron desapareciendo.
Hoy en día, inclusive, es verdaderamente raro cruzarse con algún etcétera, por los patios.

Para aquel que no lo sepa- nadie nace sabiendo- los habitantes Sub-Herbáceos se denominan a sí mismos como Ersos,
debido a las gotitas de rocío que bañan todas las mañanas la parte de los patios que les corresponde y en la que viven
hasta, como es sabido, veinte centímetros por debajo del nivel del pasto. Todo en honor a la Diosa Griega Ersa, la cual es
la personificación del rocío y la directora de la Asociación Amigos del Palo Borracho.

Los pasos fronterizos en las cortezas de los árboles son fáciles de esquivar, paralelamente. Es tan sencillo como, a la hora de seguir el camino vertical trazado en algún tronco, rodear al susodicho en lo ancho hasta llegar a la antípoda del peaje
arbóreo, y proseguir la subida lo más bien. Ante esto, el tráfico ilegal de margaritas y frutitas de paraíso no se hizo
esperar. Es más, hay quienes peyorativamente afirman, que se pudo haber invitado solo, pero no nos metamos en chusmeríos.

Yo me río a veces, cuando el viejo Nicanor se pone furioso al hablar de la pequeña política de su país chiquitito. Si
supiera que un caracolito no debería preocuparse por otra cosa que de ser feliz; si recordara que el Ente Creador de Seres
Vivos nos hizo solamente a nosotros, los Humanos, con la tarea de angustiarnos y crearnos problemas…
Hablando de eso; le sigo contando cómo hago para sacármelo de encima de la cobija de piel de tapir en las mañanas.
Piel de tapir, sí.
Piense, aparcero, ¿De dónde vienen los Tapires? De lugares cálidos, naturalmente.
Dígame: acaso con sus cueros, estos bichos ¿Sufren el calor propio de donde viven?
Por supuesto que no.
Qué mejor que la pilcha de un animal que habita las selvas más calurosas y lluviosas del planeta, pa’ dormir en esta zona
donde- y usté lo sabe bien- lo que mata, es la humedá’.
Déjeme proseguir, chamigo; lo agarro de su caparazón emparchada con pedacitos de lona y arpillera, al Nicanor, y lo
pongo en un aspa del ventilador de techo. Esto, claro, como broma, al Loco, que en seguida se arroja abriendo su
paracaídas nacarado.
Hay veces en las que, a algún abogado o psicólogo sin vergüenza, de esos que viven saliendo de abajo de las baldosas de
mi pieza, le aplasto los dedos, sin querer. De todas formas, en seguida suelen disculparse y meterse pa’dentro otra vez.
Y aquí llegamos a lo más curioso de mi relato: al levantarme, no me dan ganas de hacer pis.
Yo entiendo que no me crea al no notar ninguna extravagancia en mi persona, pero es cierto, hombre.
Es más; una vuelta me tomé tres chocolatadas seguidas, a ver si así me meaba en la cama como todos mis compañeritos
de primaria, cuando era un nene. Adivine qué; me levanté con sed.
Josecito, mi compañero de banco por esos tiempos remotos, me decía como un logro que ya hacía tres años de la última
vez que se había hecho pis encima. Sin mediar palabra, le pegaba y me iba. Él sabía que me moría de la envidia cuando
me contaba que se pillaba como todos los demás.
No me vea como a un niño violento, de todas formas. Era un pendejo desinteresado, vago y para nada entusiasta por
conocer los misterios de la vida; como los Benteveos, los que así y todo son venerados en el mundo entero.
Sin embargo todo cambió cuando empecé a ratearme del segundo grado del colegio primario, con dos compañeritos más:
José Bilar, el de recién y Epíteto Barrena, otro pelafustancillo.
Juntos conformamos, por un lado, el inicio de la lista (Arena-yo-, Barrena y Bilar).
Gracias a eso nos hicimos amigos; el primer día de primer grado, la señorita Etimología (que, graciosamente, daba
matemáticas), dijo:
-Arena…-presente, dije, en un suspiro.
-Barrena…-acá, contestó quien luego sería mi amigo.

-Bilar…-todavía no estaba, pero llegó un ratito después, en el momento en que Epíteto y yo ya charlábamos sobre aquello
que luego descubriríamos que nos interesaba a los tres:
El sentido intrínseco de las cosas y de las acciones humanas, y si este se relaciona con el que las personas les damos.
Suena difícil, y lo era, pero se puede resumir muy bien en preguntitas tan tontas y simples como:
¿Pa, por qué tenés que ir a trabajar? ó ¿Por qué me tengo que bañar?, por ejemplo.
Nuestros años previos en el jardín nos habían defraudado a la hora de hallar respuestas a estas incógnitas y para nueva
sorpresa, en el primario, no encontramos más que nuevas desilusiones. Nadie tomaba nuestros planteos con la seriedad
que merecían
En la institución estaban todos muy ocupados practicando algo llamado «caligrafía» o aprendiendo a sumar.

No era para nosotros.

Fue tan así que, al mismo tiempo, nuestro trío comenzó a ser denominado con el simpatiquísimo título de:»Los tres Rompepelotas», tanto por compañeros de nuestro primer grado, como por gente de otros cursos y, en especial,
por docentes, que no dejaban pasar oportunidad alguna de alabarnos con él.
Con solemne irreverencia, llevamos como un estandarte esa consagración, más que como un insulto vil, como una
declaración de intenciones.
Hubieron muchos intentos de aplacar nuestra curiosidad: por ejemplo con la utilización de cálculos matemáticos que
nosotros, voluntariosos, nos apresurábamos en resolver. Claro, al haber sido perversamente disfrazados de peticiones de ayuda, provenientes de algún tal Juan, nuestro impulso primero siempre iba a ser el de intentar dar una mano; Solían constar de un sujeto (Juan) el cual buscaba aclarar cuántas naranjas le quedarían, si a su quinteto inicial le quitaba dos de ellas. Aún hoy no habría consenso dentro del grupo sobre el resultado, si no nos hubiéramos decidido a abandonar el sistema educativo, que no se molestaba en evacuar nuestras dudas, sospechamos, porque les daba miedo respondernos.
Años después, en un bar, concluimos que Juan, definitivamente, era un seudónimo de alguien más. La opción más
probable de todas las barajadas, fue que habría de tratarse de la Señorita Etimología; con la madurez que traen los años, terminamos por comprenderla, es más que lógico que a una profesora de matemática le diera vergüenza necesitar de la ayuda de sus propios alumnos, para poder ir a la verdulería sin comprar cosas de más. Pobrecita, incluso llegué a
enternecerme por esa vieja maestra orgullosa a la que le pesaba admitir que la suma y la resta le costaban.
Recuerdo haber propuesto un brindis por Ña’ Etimología, en la ocasión…
Me fui al carajo, ¿En qué estaba? Creo que por la parte en la que estoy por salir de mi habitación.
Y bueno, naturalmente, abro la puerta y voy a la cocina (notará que no voy al baño a mear, ya ve que soy sincero, como el
doce o el veintitrés, caballero).
Algo que me llama la atención es que mi puerta persiste en su rechinar matutino, a pesar de que no hay oportunidad en
que no le ponga aceite, para calmar sus quejas. La puerta de mi pieza consiste en nada menos que una sábana adherida al
marco, en su extremo superior, por dos tachuelas. De ahí que me extrañe que suene al abrirse.

Igual, el sonido es simpático; hasta me parece reconocer una melodía distinta cada vez que me embarco en un nuevo día, en su quejido.

Un día me rechina un cachito de algún viejo vals, otro me deleita con un tango orillero de esos del tiempo ‘e Ñaupa, como
me gustan a mí- ya me conoce, mi puertita querida-, algún fin de semana me sorprende con algún chamamé. Una vez,
estuve meta entrar y salir de la pieza hasta las diez de la mañana cuando se le dió por rechinarme «A los jóvenes de ayer»,
completo.
Cada tanto me gusta hacerme el distraído, fingiendo que no me doy cuenta, y encarar pa’ la parte del pasillo en la que el
techo goza de un aujero considerable, del que se asoman los tentáculos, violetas, rojos y lilas, de un pulpo amigo, que
vive en la techumbre de paja de mi rancho, junto a las vinchucas que me cobran el alquiler. Son unas cuantas, creo que conforman una familia o al menos una sociedad, ya que cuando llegué a esta tapera, hace veinte años y pico, había un
cartel que rezaba: «Alquila- Vinchuca Hnos.- Inmobiliaria.»
Junto a ellas estaba, desde antes de que llegara yo, el mentado pulpo a quien siempre me olvido de preguntarle su nombre
y el que, en esas veces en que me hago el boludo y me apoyo en uno de sus tentáculos viscosos, no deja pasar chance de estrujarme en un caluroso abrazo fraternal.

Que no me acuerde de pedirle su nombre no debe ser tomado como una demostración de que me cae mal o algo por el estilo; todo lo contrario.
Me resultan tan interesantes nuestras charlas cuando vuelvo de laburar que, simplemente, me pierdo en nuestras
cavilaciones y me olvido de ese detalle. Sé que no debo ser al único que le pasa que conecta tan bien hablando con
alguien, que simplemente se olvida de la más elemental de las formalidades o de las más simples cuestiones.
Casi siempre inicia estas conversaciones el propio cefalópodo, preguntándome sencillamente qué hice ese día en el
trabajo. Yo laburo en la ERNHyA, como mencioné hace un rato, la Empresa Reguladora de Nidos de Hornero y Afines.
Si le digo la verdad, no es una labor muy entusiasmante. Es de gran importancia el control en las construcciones de estos
pájaros; imagínese lo que sería si se desplomara, sobre una tierna familia de aves, el techito cóncavo de su propio hornito, por la culpa de un negligente empleado de la Empresa. Pero los Horneros son buenos albañiles; es muy raro encontrar errores de diseño en sus confortables niditos. El último plano que me extendió un pájaro de esos, que recuerdo que tenido algún error importante, fue el de uno que quería hacerse la vivienda sobre el caño de escape de un fitito, en Villa
Dilema.
-Vea, Isidro…- le dije al furnárido, en la ocasión-El nido: una pinturita.
Es un claro ejemplo de la excelencia pal diseño de hornitos que distingue a toda su especie aviar.
Eso sí, el lugar que eligió pa’ construirlo, aunque calefaccionado, como bien se preocupó por explicar en el rótulo del
plano que tengo en mis manos, es, cuanto menos, riesgoso. Piense lo que ocurriría si, en el peor de los casos, el conductor
llegase a chocar, o a agarrar un bache demasiado rápido. Por favor, reconsidere el terreno donde ha de instalar su nido…-
Sentencié, no sin remordimiento, al ver la carita de desconcierto del pajarito, en la ocasión.

Al final lo convencimos entre cuatro para que lo construyera sobre un farol de la plaza principal de la localidad, ya que a
la noche, al ser farolas a kerosene, se calentaban de la misma forma que’l caño de escape.

Ahora que lo pienso, peor ha de ser trabajar en la AENCa, la Agencia Emprolijadora de Nidos de Carancho.
Todo aquel que haya visto un nido de estos gauchitos, habrá notado que, prolijos, lo que se dice prolijos, no son. La
verdad no entiendo por qué existe esa Agencia, debe ser un lavado ‘e guita.
Suelo desayunar algo más que solo mate, lo primero que encuentre en la cocina. Si se preguntaba la razón de que les
faltaran pedazos a las patas de las sillas, con curiosas formas de mordidas y marcas de dientes, pues, ya ha obtenido
respuesta.

¿Nunca oyó hablar de la Termita de Zona Sur? Un apodo que me han puesto los dueños de los tenedores libres del centro
del pueblo. Los carpinteros no me pusieron apodos, por si se le ocurrió pensarlo; ellos directamente me putean.
Y bueno, después del desayuno, si me sobran unos minutitos antes de que se haga la hora en la que salgo, escucho lo que sea que esté sonando en la radio, como pa’ cortar un cacho con la monótona sencillez de la simple vida que llevo en este
rincón del mundo, hasta que oigo el trino del pájaro campana con cola de plata que me indica que está por aterrizar, en la
parada a unos veinte metros de mi rancho, el globo aerostático línea A (de Airostático), que tomo para ir al laburo, como todas las mañanas.

FIN.

Deja un comentario

Descubre más desde comunicación popular

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo