Por Hugo Gancia.
Foto gentileza de Diana Mandagaran
Arrecia un ser
hecho de capital, con pies de barro.
Se presentó hace siglos allá por el Caribe
y desde entonces la vida está en peligro.
Tenochtitlán y el Potosí lo conocieron.
Un continente entero supo de su avaricia.
Él le llamó «recurso» a nuestros bienes, que no son de nosostros, sino de quienes nos sucedan.
Él hizo del metal la mercancia
y con engaños nos dijo que era buena.
Él comerció con aves, con árboles, con tierra,
con hombres y montañas.
Lo que no pudo mercar
hoy lo envenena.
Cómo pretende envenenarte a vos, hermano Río,
Que por milenios albergaste vida
y hartas veces tu cauce generoso
desbordaste en muestra de ímpetu y coraje.
Hoy te nutren con heces y con todo desecho.
Intoxican tus aguas, te socaban el lecho.
Rectifican tu paso, para que seas vertedero
y arrastres las miserias de los almaceneros.
Sin embargo acá estamos, Compañero.
No se aflija tu alma, hemos venido
a exorcizar demonios centenarios,
a salvarte las aguas y el espíritu.
