El bochornoso final del clásico platense fue tan solo el corolario del triunfo de un discurso: ganar a cualquier precio. El peligro de convertir un partido de fútbol en una cuestión de vida o muerte ha ocupado un nuevo escenario: el campo de juego. Por Diego Ferraro
En nuestro país, ese discurso ha ido descendiendo eslabón a eslabón. Empezó donde siempre comienza a instalarse: en los medios de comunicación. Inmediatistas, urgidos de criticar a todo aquel que no sea un triunfador, sabiendo que las polémicas generan más ruido que las victorias mismas, generan un ambiente caliente constantemente en torno de un partido, un torneo o una situación “tambaleante” de un director técnico. Desde luego no son los medios los únicos responsables; la vida moderna es rápida, urgente, no hay tiempo que perder, y esto se traslada a todos los ámbitos. Los hinchas, alimentados de esa comidilla, reclaman victorias o resultados cada día con más urgencia; los dirigentes han perdido la compostura y no bien se ven apremiados por los resultados y la locura de sus socios y simpatizantes, lejos de poner paños fríos, cortan cualquier tipo de proyecto de trabajo con tal de acallar las voces. Solo un puñado de personas faltaban caer presos de esta locura: los protagonistas del juego; y de varios años a esta parte, lo han hecho.
Hagamos tan solo un recorte de los partidos de este verano. Previo a la gresca del final del partido, en el mismo partido entre pinchas y triperos, Pereyra, jugador de Estudiantes, le provocó conmoción cerebral al lateral de Gimnasia Facundo Oreja, al pegarle una patada en la cabeza en una pelota intrascendente en la mitad de la cancha. Se juega permanentemente con los codos sin siquiera sentir miedo de lastimar al rival, como pasó el pasado viernes cuando fue expulsado el uruguayo Diego Rodríguez en el clásico de Avellaneda. O se reacciona desmedidamente ante una derrota en un partido que no tiene nada en juego, como cuando semanas atrás Sebastián Blanco le arrojó una trompada a su marcador en el clásico barrial entre San Lorenzo y Huracán, enojado por el resultado adverso.
Capítulo aparte para el superclásico. De la Sudamericana 2014 a la actualidad, hemos visto patadas, gas pimienta, gestos a la tribuna, expulsiones, tumultos y más patadas. River goza de su momento venciendo en momentos importantes a su rival siendo traicionero con su historia, imponiendo respeto a golpes y sacando pecho de no ser gallinas. Y Boca puede perder en el resultado, pero de ninguna manera queda bien ante su gente que pierda en el terreno de la violencia, por lo que en los dos cruces veraniegos sus jugadores estuvieron más preocupados por mostrar como “se la bancan” que por vencer el arco de Barovero.
Con tal de ganar, se han terminado los estilos: a River no le ha importado ganar a lo Boca, en Independiente se aplauden jugadores rústicos que tan sólo 30 años atrás ni siquiera hubieran podido calzarse la camiseta del rojo, Boca ha pasado sus últimos 5 años festejando el descenso de River más que títulos propios, San Lorenzo idolatra al técnico que le dio la ansiada Copa Libertadores pese a haber hecho papelones enormes contra rivales de menor envergadura y de ser ultra conservador; los ídolos son los que meten, y ya no los que juegan. La propia selección es un ejemplo: ponderamos a Mascherano, enorme jugador y de un corazón gigante, pero fundamentalmente un metedor y un corredor, pero criticamos a Messi porque no aparece en momentos importantes (si, eso decimos).
La cultura del triunfalismo trae estas desgracias. El fútbol ya no es un espectáculo en nuestro país, y la importancia del triunfo o de bancársela es más importante que cualquier firulete o que entretener a aquel que esta mirando un partido, en busca de una linda jugadita o una linda pared, como decía Eduardo Galeano. Desde el domingo, Mariano Andújar para más de uno debe ser más héroe por las trompadas que pegó que por haber obtenido la Copa Libertadores en 2009 con el pincha.
Y así el fútbol se nos muere. En el exitismo, en la ceguera de no poder premiar con un aplauso al que juega lindo porque tiene otra camiseta, en andar pensando más en la desgracia ajena que en la alegría propia. Ojalá lo podamos hacer renacer, porque en los que seguimos y amamos este deporte también está sacarlo de este pozo. Que le mantengan el respirador artificial, y que cuando mejore, aprendamos de los errores.
Campeón puede salir uno solo. Pero si el fútbol vuelve a ser un espectáculo y no un escenario que todo vale para no ser catalogado de perdedor, podemos ganar todos.
