ABRAZO URGENTE A LA UNIVERSIDAD PÚBLICA

Por Juan Alberto Pérez

Ya pisaban las seis de la tarde en este lunes gris de agosto cuando me encontraba marchando por la calle Roque Saenz Peña, con dirección a la estación Bernal del ferrocarril Roca, que hace el tramo Constitución-La Plata y viceversa. Caminaba esas veredas, en un lento andar junto a la caravana que intentaba visibilizar la situación actual de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), y de las universidades públicas nacionales; y mientras lo hacía un sentimiento de nostalgia comenzó a recorrerme. Recuerdo como si fuese hoy el primer día en que caminé por esa misma calle. Tenía dieciocho años y decidí anotarme en la UNQ, en la carrera de Licenciatura en Comunicación Social. La elegí un poco desde el desconocimiento, entonces yo deseaba estudiar periodismo deportivo pero las escuelas privadas eran muy caras para mis posibilidades económicas. Y las puertas a ese futuro que soñaba me las abría la educación pública, una universidad pública. Era toda una novedad en ese momento el acceso a ese lugar; en mi familia, mis hermanas y yo, somos la primera generación que va a una universidad, y que finalmente logra graduarse.

Seguía la caminata que aunaba desde jubilados hasta nenes en brazos, estudiantes actuales con graduadas y graduados, docentes con la gente que hace el mantenimiento, con los administrativos y administrativas, en fin toda la comunidad universitaria. Y mientras ese escenario se desarrollaba, entre cánticos y aplausos, entre algún bocinazo de un automovilista fastidiado y el devenir de los vecinos del Barrio Parque en Bernal, pensaba en aquél día que entré por primera vez a la universidad pública. Recordaba mi asombro por los espacios verdes de la UNQ, por las aulas nuevitas, por el color rojo de sus bancos y por el naranja de los pisos. Recuerdo la cafetería de la universidad, punto de encuentro de todos. Recuerdo imaginar que estaba en una de esas universidades que uno ve en las películas, y que están en algún país de los que se creen más “estirados” y desarrollados. Recuerdo pensar “¿Cómo puede ser que esto sea gratis?”, después el tiempo, y la universidad, me enseñó que nada es gratis, y lo que uno aprende gracias a la oportunidad que te da la educación pública de alguna manera hay que devolverlo, aunque menos no sea, abrazándola cuando te necesita.

Hoy las universidades nacionales necesita de todos. La defensa de la educación pública tiene que ser realizada por toda la comunidad, hasta los que eligen llevar a sus hijos e hijas a lugares privados, porque la educación pública garantiza el acceso a un gran número de personas que sin esta oportunidad jamás podrían hacerlo, como me pasó a mí.

El gobierno adeuda el 25% de los fondos para gastos de mantenimiento de las universidades. En el caso de la UNQ esa cifra, que ronda los 11 millones de pesos, termina afectando las posibilidades de quienes tienen que formarse allí. No hay presupuesto para las necesidades básicas como insumos de higiene, materiales de construcción y cosas mínimas indispensables para la actividad diaria. En dos años las universidades nacionales dejaron de recibir 1400 millones de pesos por la falta de ejecución del presupuesto de los Ministerios de Desarrollo Social, de Trabajo y Modernización. Esto es en una situación crítica para el devenir de estas instituciones y, fundamentalmente, de los alumnos que allí concurren y quienes ahí trabajan.

La marcha continuó hasta dar una vuelta que la puso en ojos de quienes circulaban por el paso nivel de las vías que permite el cruce al centro de Bernal, y esencialmente de quienes vienen de la Capital Federal desde la autopista por la calle Espora. Fue imposible no cruzarse con algún viejo/a compañero/a, algún docente, o simplemente con alguna de las tantas personas que día a día uno se encuentra en la cotidianidad de la vida universitaria. Y eso es algo que también enseña la universidad pública; el encontrarte en un ámbito donde sos recibido siempre con brazos abiertos, siempre con una mirada desde la paridad. Son tantas imágenes que llegaron a mi mente que lograron abstraerme de lo que me llevo hasta ahí. Y es imposible olvidar que cuando el mundo me daba la espalda, en los momentos en que parecía que afuera no servía de nada; que el laburo no estaba, la plata no alcanzaba y las ilusiones se frustraban, en la universidad encontraba la contención que necesitaba. Allí uno se siente el mejor compañero, el mejor alumno y es valorado como persona antes que como un número. Eso es el valor fundamental de las universidades públicas como la UNQ, la UNAJ o la UNDAV. La formación profesional es importante, pero la formación como persona lo es más.

Ya el cielo comenzaba a despachar sus primeras gotas, la poca iluminación natural de la tarde se había retirado y los faroles con luz anaranjada pintaban a la columna que ingresaba a la calle principal de la UNQ para el momento final de este abrazo simbólico. El mismo que tuvo lugar a la mañana en la Universidad Jauretche de Florencio Varela, y más temprano a la tarde en la ESET de la UNQ. El discurso que se brindó desde el escenario que explicitó la critica situación de las universidades nacionales tuvo su correlato en un fuerte aplauso de las cientas de almas que acompañaron. La tarde había terminado, la jornada era historia y me encontraba recorriendo de vuelta el camino que me trajo hasta acá con una frase en la cabeza del siempre necesario Ernesto Guevara, y que ilustra el horizonte de las y los miembros de la comunidad universitaria “Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro”.

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