Por Juan Alberto Pérez

El presidente electo Alberto Fernández se reunió esta semana con los principales dirigentes de la Confederación General del Trabajo y llamó a una vez más a la construcción de un gobierno de “unidad nacional”. Entre las expresiones del flamante presidente esgrimió “El movimiento obrero será parte del gobierno nacional que se instalará en Argentina a partir del 10 de diciembre”. Ahora la pregunta que subyace es ¿Quiénes son los referentes de este movimiento obrero que serán de importancia para el próximo gobierno? La foto responde un poco esta incógnita. Y esto dispara otro interrogante ¿No hubo dirigentes que representaron el movimiento obrero que han sido participes necesarios para que el macrismo pueda llevar adelante las políticas que desarrolló?

En la sede de la calle Azopardo se realizó el plenario de la CGT que convocó a los principales líderes del movimiento obrero, al presidente electo y referentes del espacio político triunfador en las últimas elecciones del 27 de octubre, y contó con sorpresas como la aparición luego de años de distanciamiento con la conducción cegetista del líder de Camioneros, Hugo Moyano. En dicho plenario uno de los secretarios generales de la confederación, Héctor Daer, manifestó que “somos parte del gobierno que viene”.

Sin embargo, el mundo obrero en sus bases ha dado muestras en estos últimos 4 años de una disconformidad con la conducción de CGT que ha dado las posibilidades al gobierno de Mauricio Macri de desarrollar su política de ajuste al bolsillo de les trabajadores y que generó cientos de miles de desocupades y pobres. Hay un descontento generalizado con la actitud de la institución de la calle Azopardo ya que se ha mostrado reticente y tardía para activar un plan de lucha activa en los peores días del macrismo. Un paro nacional con movilización que nunca llegó es la deuda pendiente de estos dirigentes que por el contrario en muchos casos desfilaron por la Rosada para negociar los dineros de las obras sociales con sus representades como moneda de cambio.

La fallida marcha del 7 de marzo de 2017

El punto más álgido en esa relación fue el 7 de marzo de 2017 cuando en un acto masivo se le exigió a la conducción el llamado a un paro, y al no haber precisiones por parte de los dirigentes se generó una bronca que terminó en desborde y la imagen del palco principal prácticamente tomada por los militantes y el atril revoleado por los aires.

La resistencia al macrismo estuvo en las calles. Organizaciones sociales, sindicatos combativos y cientos de miles de militantes que no profesan el armado burocrático de la CGT han sido los principales actores que dieron lugar para que la sociedad reflexione y de el golpe electoral al gobierno de la Alianza Cambiemos. No hubiese existido posibilidad de terminar con el proyecto neoliberal de Mauricio Macri si no se daba esa batalla en las calles en momentos concretos como la marcha contra el 2X1, contra la reforma previsional, por la ley antidespidos y por la emergencia alimentaria. A todas estas citas la CGT le dio la espalda y nunca llamó a manifestarse con desición y masividad a las políticas de avance contra los derechos del pueblo del gobierno.

El sindicalismo dialoguista con Macri

La situación social y económica que enfrentará el gobierno que asume el 10 de diciembre es crítica. Hay cuatro de cada diez argentinos que se encuentran bajo la línea de la pobreza, el hambre arrecia sobre la población y hace estrágos fundamentalmente en niños y niñas; ser jubilado o jubilada en el país es sinónimo de padeciemiento, dado que no pueden acceder con sus ingresos a la alimentación mínima necesaria, a los remedios e incluso a un techo digno; la desocupación llega al 10% de la población y afecta principalmente a los y las jóvenes de nuestro país. En materia económica hay un problema grave con el endeudamiento al que sumergió Macri al pueblo; la inflación llega al 54% y da de lleno al bolsillo de la gente; la industria en Argentina está famélica y miles de Pymes han debido bajar las persianas; y los grandes ganadores de este modelo son las empresas energéticas y los banqueros.

Todo este entramado hizo necesario una unidad política electoral amplia para garantizar la derrota del modelo neoliberal. Ahí estuvo el valor de la decisión de Cristina Fernández de Kirchner al dar el paso al costado y abrir el paso a Alberto Fernández, una figura que permite la convergencia de diferentes espacios que con la ex presidenta no hubiesen querido saber nada. Sobre todo para garantizar la futura gobernabilidad. Es comprensible en este contexto que el electo presidente deba sentarse a dialogar con todos los actores de la economía para desarticular una bomba a punto de estallar. Claramente la intención identitaria del peronismo es transformadora y no revolucionaria, en este marco hay que entender el análisis de estas palabras. Sin embargo, la llamada unidad y la convocatoria a cierta participación debería tener algunos límites. No da lo mismo que aquellos que han coercionado para favorecer un tranquilo pasar de Macri por el gobierno ahora se sienten a la derecha de un presidente que ha sido electo fundamentalmente por una población que está harta de estos que ahora le acarician la espalda. Desde el punto de vista político es entendible la actitud de Fernández para abrirse al diálogo, aunque no deja de ser criticable que se le dé protagonismo al los que ayudaron a que se apliquen las medida que mataron el bolsillo y las ilusiones del pueblo.

Párrafo aparte para lo que corresponde a la militancia sindical. El verdadero cambio debe ser endógeno en el movimiento obrero. Una renovación dirigencial y una democratización de los sindicatos urge cada día más. Se imprescindible construir un sindicalismo del siglo XXI que sea defensor de los derechos de les trabajadores, que bregue por las igualdades y las equidades que los diversos sectores sociales demandan y fundamentalmente termine con el sistema clientelar y meseánico de cooptación de los gremios para que sea una fuerza de verdadera representación popular.

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