Escrito por MELINA SÁNCHEZ @nuestrasvocesimportan123
Arte por Martín Vera @veramartin77
En Nápoles sacaron a pasear una de las estatuas del Diego por toda la ciudad…
Diego, además de ser un ídolo profundamente incorrecto, era el más argentino de todos los ídolos, el más universal de ellos, indudablemente y mal que les pese a muchos, además el más latinoamericano. Aunque se nos enseñe lo contrario casi siempre, las mitologías fundacionales de las grandes culturas (las de todas las culturas) están plagadas de dioses imperfectos. En la nuestra, la contemporánea y apenas centenaria mitología argentina, D10S está al lado de Perón, Evita y El Che. Tiene peculiaridades de superhéroe porque, como obrero de la pelota, supo darle su vida, literalmente a la maquila del fútbol y darse, ofrecer su vida en ofrenda al pueblo futbolero. Y si bien también carga con otras características perturbadoras, inaceptables, olvidables, imperdonables, repudiables… ninguna de ellas, sin embargo, tiene la condición de negar el arte dionisíaco —lo pondremos en esos términos— de Diego. Y es que no caminarán ellas por calles atestadas de fanáticos mientras pasean en algún país lejano, ni tendrán la suficiencia de hacer que miles/millones del tercer mundo lloren porque finalmente se le ha ganado, en algo, aunque sea en una cancha, al imperialista Reino Unido, no sabrán ellas de política, ni imitarán ellas la foto del Che, fumando habanos que les haya regalado Fidel. No, nunca. Solamente Diego tuvo esa capacidad, se colaba por los intersticios del gol en escenas que históricamente le habían sido siempre negadas a su gente.
Cuando Diego murió en medio de una pandemia dantesca, y de un padecimiento personal cruento que quizás algunos de su entorno creyeran tantas veces castigo correctivo al D10S descarrilado, por la adicción y las “malas costumbres”, de inmediato, como a lo largo de toda su vida, fue un acontecimiento: la gente común se largó cristianamente a la calle, y peregrinó sus exequias. Habitualmente se vincula en los mundiales de fútbol a «los argentinos soberbios» a estas señas: clasemedia, blancos, porteños, fresa —como dirían en México—… El fenómeno de los funerales de Maradona desbordó absolutamente cualquier cosa esperada por los analistas sociales. Este era un dolor que no se podía vivir frente al televisor, que necesitaba expresarse en colectivo, y que hasta hoy es de esa manera que se vive, de ninguna otra. Llorar a lágrima suelta, para los hombres machistas del fútbol, no fue esta vez una vergüenza. Todo en su funeral era político: en el mejor sentido de la palabra, los cabecitas peregrinaron desde las orillas hacia el centro político de Buenos Aires, efectivamente, la Casa Rosada y hasta la tomaron por un momento, una vez más nos regalaba el Diego una pieza literaria como diamante en bruto que difícilmente se les hubiera podido ocurrir a Borges o a Cortázar.

Desde esa opinión pública clasemediera, blanca, latinoamericana, un poco envidiosa también, por qué no decirlo, cada vez que la Selección mayor argentina vuelve a ganar… fueron muchas las muestras de descontento del feminismo frente a las de amor al ídolo y dolor por su fallecimiento. No faltó tampoco el destrato del capitán de los Pumas, ¡no olvidar!, a quien otrora nuestro D10S generoso y prole fuera a alentar como lo que era, el ídolo máximo del deporte más popular del mundo y de Argentina, pero, además, el líder natural de un gremio de deportistas argentos que no existía en los papeles, pero en su amor por la camiseta, sí… Al rugbier agrandado lo ubicaron en el mapa los All Blacks, racializados del otro lado del mundo, ídolos indiscutidos de ese deporte que, en nuestro país, por el contrario, está muy asociado a la clase acomodada y a la violencia sobre las vidas de pibes como Fernando, vale decir, parecidos a Maradona, pero que en tierras maoríes está inevitablemente unido a la resistencia indígena.
Hay una cosa como de odio a los argentinos poco latinoamericanista condensada en ese odio a Diego, siempre desde ciertos sectores no populares de la sociedad, paradójicamente de parte de los sectores que no se identifican para nada con la propia gente de sus pueblos: los que hincharon por Francia en el mundial, que venían envalentonados desde el funeral de Diego con cancelarlo postmortem, y trasladaron ese odio, a cuentagotas, dos años después a Messi, y a cada uno del resto de los jugadores argentinos… allí persiste un tufillo racista que sale de una olla que nunca se termina de destapar… Como si porque Maradona fue machista, no lo hubieran sido también el Che, Mandela, Fidel, Pelé, Evo, Foucault… Negando así que no era político (jamás se había postulado a un cargo, ni en la FIFA), ni escritor, ni se había ganado el Premio Nobel, era futbolista no más, y el mejor en eso. Pero además hay en esa visión sobre Diego y sobre la Argentina, por ende, un odio de clase mal direccionado. En días del mundial, cuando el partido Argentina vs México, por ejemplo, leía en el muro de alguien que hinchaba por México, porque, según su opinión, ese partido era algo así como «un combate contra el racismo» y que por eso «toda Latinoamérica» estaba con la selección mexicana (tuvo muchos me gusta ese posteo), como si de verdad en esa coyuntura y en esas redes, nos hubiesen odiado. Reforzaba alguien abajo: «Si gana Argentina, gana el racismo». El técnico de México, como los de toda Latinoamérica, era un argentino, había un argentino inclusive en la selección mexicana —¿en el banco de suplentes?—. Y si hay algo que Maradona no representa justamente es a esa pequeña porción de la sociedad argentina que les genera repulsa, contradictoriamente, quizás porque se quieran parecer a ella. Maradona era villero, hijo de migrantes, cabecita y, además, desde hace un par de años probadamente afrodescendiente, es decir, de las capas sociales más discriminadas por las clases pudientes. Y una de las tantísimas cosas que logró en eso de inigualable que tenía, fue unir, aunque sea en el fútbol, dos sectores que son como el agua y el aceite. Maradona es el producto argento más parecido al resto de Latinoamérica, que reconoce como suyo —por primera vez— esa parte racista de la Argentina negadora, blanca, sojera, que poco tiene que ver con el origen de ningún futbolista. Se deben desconocer además otros índices bastante obvios, entre ellos, que Maradona no fue casi a la escuela y que aun así fue maestro, que Diego a nadie le aconsejaba que cometa sus errores sino por el contrario que no la prueben nunca. Diego es la voz de quienes pocas veces tienen voz en este país racista: los negros y las negras tenemos la vida que Maradona tuvo en Fiorito, y soñamos con mucho de lo otro que le pasó.

Como aquello que se esconde bajo la alfombra, lo que hace unos años se escondía bajo la alfombra y ahora los anuncios oficiales quieren volver a esconder bajo la alfombra: lo raro, lo gay, lo bisexual, lo negro, lo impropio. Una de sus novias lo acusó de ser gay, más tarde la prensa amarillista agiornó sus prejuicios históricos y dijo: fue un precursor en todo sentido, refiriéndose a su rumoreada bisexualidad. Maradona, a quien le dolió ser humano más que a nadie, se erige como D10S y la pregunta por el origen, la mejor lograda, porque a él llevan todos los caminos pobres y él recorrió todos esos caminos.
En Argentina, pensadas desde una mirada blanca, las categorías negro e indio fueron intercambiables durante mucho tiempo. Lo indígena aparecía como visiblemente negro, el insulto negro de mierda, dicho sobre todo a los indígenas y a sus hijos mezclados, evidencia lo anterior. Por su parte, la cuestión negra, aparece invisibilizada, se guardaba bajo la alfombra. Es famosa la frase de uno de los presidentes argentinos más tristemente célebres, Carlos Menem, que dijo: en Argentina no hay negros, es un problema brasilero, en una charla en la Universidad de Maastrich (Holanda) en 1993, enfatizando en las raíces europeas del país (1). Esta invisibilización es la que se repite cuando, por ejemplo, se afirma sin fundamento que en la Selección Argentina de Fútbol —masculino— no hay negros en el artículo de Erika Denise Edwards en The Washington Post (2), desconociendo, por caso, que Diego Maradona fue descendiente del esclavo negro Luis Maradona (3), y que a su vez tiene sangre guaraní, como él mismo lo confirma, y como puede verse en cualquiera de los registros del periodismo sobre el origen correntino de los padres de Maradona y el vínculo de estos con el Río Paraná, emblemático del pueblo guaraní (4). Los pueblos eligen el matiz que quieren recordar de sus ídolos y su trascendencia no soporta contenciones ni alambrados.

* Artículo publicado con anterioridad en «El Coloquio de los Perros»
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