A CAPEAR EL TEMPORAL

La selección Argentina en sus horas más difíciles en la clasificación para Rusia. Un equipo que no aparece, individualidades en baja y la presión de los opinólogos de siempre. Por Juan Alberto Perez.

Nos encontramos en una época en donde todo el mundo puede opinar de cualquier cosa y tiene las cajas de resonancias necesarias para generar ruido. El impacto de internet, acompasado por la explosión de las redes sociales, hace inevitable que cualquier de nosotros se exprese ante cualquier tema y pueda ser oído (o leído) por miles de personas. Y si alguno tiene cierta fama o exposición mediática la atención probablemente se multiplique por cien. Por eso cada tema que surge día a día cuenta con la mirada crítica(?) de cientos de miles de opinólogos y pseudos especialistas. Esto llevado al mundo del fútbol se potencia de una forma inigualable. Todos creemos que sabemos, incluso más que los que están dentro de un campo de juego o los que conviven con los protagonistas a diario. Todo se mediatiza y todo está en debate.

Y usted, lector de este (otro opinólogo), se preguntará ¿a qué viene esta suerte de reflexión sobre algo que es remanido y conocido hasta el hartazgo? Resulta que como usted debe saber la situación del seleccionado argentino de fútbol de cara a las eliminatorias para el mundial de Rusia en 2018 parece que se complicó. Porque si venía el equipo sumando puntos con lo justo pero en una posición expectante, en las últimas cuatro fechas todo se derrumbó. Esto, sumado a las derrotas obtenidas en las tres finales seguidas que jugó, generó un cóctel letal en el que no quedó títere con cabeza. Desde que Argentina cayó en la primera final en Chile por la Copa América, se empezó a mirar con cierta saña a los futbolistas. La “bendita” opinión pública -siempre instigada por los medios de comunicación- cayó en lugares comunes como fracaso, decepción y empezó este tufo a fin de ciclo de varios jugadores. Y cuando un año después se volvió a perder otra final, contra el mismo rival y por la misma competición, estalló todo por los aires dejando graves secuelas, como la renuncia del mejor juador del mundo (aunque regresó), la salida del entrenador y la caída de la dirigencia de AFA, que a decir verdad cayó por sus propios errores y defectos en la administración que por lo deportivo estrictamente.

Cuando Messi hizo este amague con bajarse, como sólo Lionel los puede hacer, parecía el apocalipsis de fútbol argentino. La gente en las calles manifestaba su pesar, lloraba por la salida del ídolo, y los periodistas imploraban por la figura a la que cierto sector castigó incanzablemente por no ser “el maradona del siglo XXI”. Además, se pedía, y aún se sigue haciendo, la cabeza de otros futbolistas. Que Agüero no sirve más, que Di María ahora es un jugador caprichoso y ni hablar de Higuaín que por errar algunas situaciones de gol -claves en los momentos deportivos- al que mínimamente se le pide la erradicación de la nacionalidad argentina del pasaporte.

Estos resultados, malos por cierto, ante Venezuela, Perú y Paraguay acentuaron profundamente la discusión. Se le pide al entrenador que pase la escoba. Una fuerte renovación que se fundamenta básicamente en el sentimiento de intolerancia por no poder conseguir levantar un trofeo. Porque es bien cierto que Argentina jugó muy mal y que hay futbolistas que -por lo menos en su proceso en la selección- han mostrado de lo peor que pueden hacer. Sin embargo, la barrida a esta altura y en las condiciones es contraproducente y poco fundamentada. Por eso es importante apelar a la reflexión de una de las mentes más importantes del fútbol argentino, como lo es Marcelo Bielsa, quién entiende que “las operaciones y los cambios se hacen en la victoria, no en la derrota. La adversidad es el momento de observación de las cosas”. Un paso apresurado en este momento es un error, y un error en esta instancia puede ser fatal para las aspiraciones argentinas de llegar a la Copa del Mundo.

Si bien se pide a gritar cambios, la pregunta que surge a priori es ¿Quién entra por los que se va? Porque Argentina tiene históricamente una cantera de futbolistas muy buenos, pero nada asegura que los que entren por los Higuaín, Agüero o Di Maria puedan sobrellevar la presión de la camiseta y lo que significa jugar para la Selección. Así mismo, el recambio que se puede encontrar para algunos puestos es de jugadores muy jóvenes que están haciendo sus primeras armas en el fútbol europeo -y también en el argentino- y les falta asentarse para demostrar sus verdaderas caras y ser los mejores jugadores que pueden llegar a ser. Durante muchos años se escuchó que la maduración de los futbolistas comienza a los 26 o 27 años. Entonces Dybala, el nombre más pedido, que lleva un puñado de temporadas en Italia que le bastaron para ser adquirido por la Juventus, sólo tiene 23 años y está en plena demostración de la clase de jugador que puede llegar a ser. Ángel Correa, que es quizás una de las maximas promesas, tiene 21 años y le cuesta asentarse en el Atlético de Madrid aunque es tenido mucho más en cuenta esta temporada. O el caso de Lo Celso o Cervi que tuvieron buenas actuaciones en Central en muy pocos partidos, pero aún es prematuro cargarles la responsabilidad de que sean los estrategas de la selección nacional. Los jóvenes deben ser el apoyo de los jugadores de experiencia, tal vez el primer recambio para darles fogueo, pero no se los puede tirar de lleno a jugarse los porotos en Brasil o frente a Colombia porque quizás de fogueo se puede pasar a llamas que terminen consumiendo las expectativas de estas promesas.

Otra cuestión central en el análisis de la situación está en ¿Qué se pretende de la selección?¿Cuál es el objetivo?¿A qué juega? César Luis Menotti hablaba que para la Argentina “la obligación no es ser campeón del mundo, tu obligación es saber cuál es la idea de juego”. Y eso es una verdadera cuenta pendiente. ¿Cuál es la línea de juego de la selección?¿Es lo mismo Sabella, Martino o Bauza? Son preguntas que constantemente merodean pero no se responden. Y aquí esta el meollo de la cuestión. Argentina colectivamente no tiene funcionamiento. No hay un equipo que contenga los momentos de opacidad de los grandes jugadores y que respalde sus momentos de esplendor. Le sucede a Messi. Cuando Lionel está en sus mesetas futbolísticas -que son muy pocas por cierto- el equipo no está y se depende de una patriada de Mascherano o la pericia de Romero para los penales. Pero no se arma funcionamiento colectivo, hay poco juego asociado, poca inteligencia para entender los momentos de los partidos y saber donde se debe parar el equipo. En definitiva, son cuestiones ligadas al vaivén de la andanada de técnicos que desfilaron los últimos años que no han tenido el tiempo necesario de un proceso mundialista de cuatro años para establecer un estilo y una forma que no dependa si o si de las aventuras individuales de los futbolistas.

En fin, es un momento de profunda confusión marcada por el bajo nivel de los futbolistas, la falta de ideas estratégicas y colectivas, sumado a la presión constante que es víctima la selección. Menudo trabajo le espera a Bauza que deberá preparar un equipo para noviembre para enfrentar a un Brasil en recuperación y a una Colombia inestable. Deberá primar la razón por sobre todas las cosas para armar un equipo que capee este temporal y ubique a Argentina nuevamente en donde debe estar.

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